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EGM.
septiembre 2015 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 17, septiembre 2015.

PALLARÉS MORENO, José, Cuaderno del cerco de Lisboa. Ilustraciones de Julia Lillo García. Dauro. Granada, 2015. 57 páginas.

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Bonifacio Valdivia Milla

 

Aunque no siempre suceda así, solemos esperar la segunda publicación de un autor para corroborar la satisfacción que nos deparó la lectura de su primera. Sabíamos que la escritura de José Pallarés no se había detenido ni postergado y deseábamos tener en nuestras manos más pronto que tarde los versos impresos de este su nuevo poemario, que ha publicado ahora la editorial granadina Dauro. Y, efectivamente, lo mejor de los poemas de este Cuaderno del cerco de Lisboa es que de poco discurso necesitan, porque ante cualquier lector estos versos se bastan por sí solos, como sucede con la mejor literatura.Y eso es así entre otras cosas porque José Pallarés nos regala con un conjunto de poemas muy depurado, fruto sin duda de un largo proceso de reflexión sobre su escritura, en una arquitectura plenamente armada, resultado todo ello de un cuidadoso empeño tan sabio como entrañable por parte del autor.

Ante todo coincidimos con lo que ha sabido escribir en la contraportada de la publicación Rafael Juárez, con tanta mesura como capacidad de sugerir al lector aquello sobre lo que sostiene el libro. Sí, José Pallarés sabe, porque lleva toda la vida enseñándolo, lo que es un poema, pero más aún él y Rafael Juárez conocen lo que vale una vida, un itinerario como éste por el que transita en el libro.

Ese cuidado profesoral y particular se constata desde el mismo título. José Pallarés mantiene el acierto de la denominación de «cuaderno», que ya utilizó en su primera publicación Cuadernos de arena, para señalar con tino al lector su idea de la escritura como expresión del tránsito por el mundo que le rodea o visita, al tiempo que da cuenta, toma nota y la ofrece, del devenir íntimo que lo constituye a él como persona, como ser humano en el tiempo y en los lugares en los que vive y con los que vive. Cuadernos, que no diarios sentimentales o melancólicos, en los que se reconoce y en los que nos reconocemos acompañándolo en lo que supone su particular vivir día a día. Cuadernos cuyos poemas son uno a uno y uno tras otro, apuntes de una vida, de una manera de vivir y de una forma de mirar los lugares y los aconteceres íntimos. Cuaderno este de un recorrido en el que el amor y la ciudad se sostienen mutuamente, como veremos.

Pero además sus cuadernos anotan también el itinerario de un enorme lector, de aquel que frecuenta lo mejor de la literatura con devoción admirada y con la sabiduría del que aprende. Algo, más bien mucho, tiene que ver en ello la profesión. A ese afán se debe sin duda no sólo la elección apropiada de las citas literarias bajo las que ampara cada conjunto de poemas o a algunos particularmente, sino la advocación exacta de los autores con los que dialoga como espejos en los que se mira. En este Cuaderno del cerco de Lisboa concretamente, en una actitud en absoluto culturalista, Fray Luis, Góngora, Machado, Quevedo, Saramago, Aleixandre, Miguel Torga o Rafael Juárez sirven al lector como señales que indican de dónde parte y hacia donde apunta, al tiempo que sostienen el sentido de lo que el autor escribe. Así por ejemplo, ya la segunda parte del título (del cerco de Lisboa) no es solamente un homenaje cumplido a Saramago, sino también el fundamento mismo de la voz del libro: el cerco como mirada del que escribe, el cerco como abrazo del amor que se sintió, el cerco como recorrido por la ciudad en la que escribió y a la que amó porque vivió el amor: Lisboa.

No es de extrañar por tanto que esa sabiduría literaria del que lee, escribe y enseña haya hecho llegar hasta el lector un poemario muy bien construido. Al abrigo de dos citas alusivas a la luz como metáfora de la amada y de la vida (una de un magnífico soneto petrarquista de fray Luis de León y otra con el verso final de uno de los sonetos de Góngora dedicados al carpe diem horaciano), lo inaugura un poema a modo de propósito o de síntesis primera: Inmersión de la luz.

La explosión de las formas
calladas hacia fuera,
hacia dentro callada
la explosión de la luz.

 

Después de esa inauguración, plena de sentido y evocación con la antítesis del ámbito de lo exterior frente al de la intimidad, ambos unidos por la paradoja de la explosión callada, el lector se enfrenta a lo que podríamos denominar como una estructura cercada, permítaseme la insistencia.

Un primer epígrafe, De la luz-1, que aparece como primera columna sobre la que se sostendrá el arco central del libro, acoge dos poemas: un soneto, Luz tibia, pero luz, bajo la guía de la cita «Nadar sabe mi llama la agua fría» de Quevedo y Fusión de la tristeza, en versículos con aire asonantado. En el soneto se percibe, para un tiempo ya pasado, la lucha antitética entre lo que evocan los términos penumbra, sombras, silencio, invierno de soledad frente a los de la luz, caricias, abrazo, beso en el campo de batalla delimitado por la llama amorosa que sabe nadar la agua fría de la cita de Quevedo. Las marcas temporales de un invierno que acaba alumbrando primaveras de esperanza y de dicha, explícitas en el soneto, continúan con la del verano del segundo poema de este primer epígrafe, que insiste en ese pasado que fue prisionero de silencios y reproches, de una tristeza que la luz consiguió fundir, como sigue haciéndolo hasta hoy.

Así se abre el libro, ofreciendo claras referencias literarias, temáticas y temporales al lector y así se le aboca también ante el círculo de El cerco de Lisboa: cerco como el abrazo del amor, como el itinerario urbano que nos lo acerca y como la mirada que los abarca desde la voz que te interpela.

Se trata del corpus central del libro formado por 17 poemas que, amparados por una cita de Historia del cerco de Lisboa de Saramago, cita que anuncia el sentido último de todo el poemario, constituyen la introspección en uno mismo y de la ciudad durante un recorrido íntimo y urbano a la vez.

Y, finalmente, ese arco de diecisiete textos descansa y acaba al mismo tiempo en otros dos últimos poemas que, bajo el título de De la luz-2 y a modo de segunda columna, no solamente cierran el libro, sino que concluyen una etapa de la vida y la emplazan hacia el futuro. Sobre todo el último de ellos, Maneras de ser feliz, en el que, a la deuda poética con Rafael Juárez y su Lo que vale una vida, se une el reconocimiento de Pallarés como lector admirado de ese excelente soneto:

Mas prescinde de ellas y quédate tan sólo
con aquellas que valen una vida: el cariño
de la mujer que amas, los hijos, los amigos
y la ocasión propicia para brindar con ellos.
Son razones de sobra para seguir viviendo.

 

Pero toda esta construcción del poemario se sustenta sobre un elemento esencial: la articulación de la voz poética. José Pallarés busca, encuentra y elabora una voz íntima que paradójicamente le permite alejarse de la mera confesión sentimental, de la simple expresión o traslación al poema de un yo melancólico.

En ese proceso de conformación de la voz poética ante el lector partimos, en el primer poema, de la advocación de la Luz como imagen de la amada y de la luz como símbolo del goce vivificante que proporciona lo exterior, el mundo y las maneras de vivir que construimos o que nos vienen dadas. Ambas realidades calladas, aherrojadas por el silencio (elemento muy presente también en la poesía de Cuadernos de arena, su obra anterior). Pero en el segundo poema las huellas del deseo, y al final la misma vida, imponen su ley: la del amor que vence a un invierno de soledad y de frío con primaveras de esperanza y de dicha, así expresado en ese paralelismo antitético.

Tal victoria sucede en un lugar, Lisboa, y en su desarrollo participamos, pero desde dos recursos fundamentales. Primero, esa victoria del amor sobre todos los silencios ya ocurrió; por lo tanto pertenece a la memoria. Y es la memoria de lo que fue, o se deseó que fuera, la que se convierte en voz de los poemas de El cerco de Lisboa. Como voz autónoma interpela y se dirige al tú, al ser humano que recuerda. En la inmensa mayoría de los diecisiete poemas que forman el núcleo central del poemario ese requerimiento de la memoria al tú, a la segunda persona verbal, constituye la encarnación explícita de la voz poética: Tienes en tu memoria, tu memoria te lleva, te muestra la avenida, podrías seguir bajando, te sientas y disfrutas la calma y el silencio, ya has llegado a lo alto, podemos leer poema a poema. José Pallarés logra así, mediante esta suerte de desdoblamiento, mantener la distancia necesaria para huir de la confesión, sin perder la cercanía ineludible de lo realmente vivido, la tensión poética de la verdad de lo sentido sin el estorbo de la impostura a que tantas veces abocan los excesos literaturizadores.

Y en segundo lugar, el recurso del itinerario, del recorrido por la ciudad, en un doble sentido. Uno primero, físico, urbano, tan explícito que el lector puede acompañarlo con el dedo sobre el mapa pero, si conoce Lisboa, lo hará reviviendo sus lugares y compartiendo las sensaciones que la voz poética evoca. Podemos seguir la invitación deleitosa de José Pallarés y recorrer Lisboa desde la plaza del Marqués de Pombal para llegar al mar…/ o al río, que aquí es lo mismo, desviándonos, permitiéndonos el placer del hallazgo de una librería, el sabor de un café, el encuentro con las figuras que pueblan las calles, la invitación de una muchacha a leerte sus poemas o el recogimiento bajo un cedro en el que encuentras por un momento tu abrigo en este mundo:

La medida del hombre.
¡La que acogen y expanden
las ramas de este cedro
sublime y silencioso!

 

Pero, en segundo lugar, ese recorrido es también y sobre todo íntimo, amoroso. La ciudad hizo posible el amor y sólo desde el amor se construye este tránsito por ella. Ella es porque el amor existió y el amor fue porque Lisboa existe. De manera que sólo así

el cerco que trazan
sus brazos en tu cuerpo
delimita perfecto
el círculo gozoso
de la felicidad.

 

Ese es EL CERCO DE LISBOA, un triunfo del amor tan amplio e inabarcable como el río o el mar, que aquí es lo mismo, que sólo sus calles y lugares hicieron posible.

El recorrido de la memoria como voz poemática acaba, pero no termina el libro. Los dos poemas que lo cierran están en el presente y es ahora la conciencia del existir quien toma la palabra para avisarte de que la muerte te acabará cercando también. Y ante esa certeza sólo cabe una advertencia: procura vivir en lo que tienes, en esa otra geografía en la que te has hecho (Procura vivir siempre entre la espuma del mar y los almendros) y quédate con lo que vale una vida.

Tan advertido queda el lector como gozoso por lo que ha leído, en la espera confiada de poder vivir para seguir leyendo, una invitación implícita pero insoslayable a lo largo de todo este libro.

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