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EGM.
septiembre 2010 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 7, septiembre de 2010.

VIVANCO, Luis Felipe (2007): Antología, Edición de Margot Vivanco, Ilustraciones de Gustavo Torner, Madrid, Ayuntamiento, Imprenta Artesanal; y ALARCÓN SIERRA, Rafael (2007): Luis Felipe Vivanco: contemplación y entrega, Madrid, Ayuntamiento, Imprenta Artesanal.

Juan Carlos Abril
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Los centenarios están de moda. Cada año se suceden uno o dos de poetas más o menos relevantes. Es una efeméride señalada con mucha antelación en las agendas de los gobiernos de turno, políticos y gestores culturales. Algunos, incluso, se han convertido en «centenariazos». A veces se superponen varios de estos eventos, que en muchas ocasiones enturbian más que aclaran la obra de un poeta, llegando a obtener dimensiones que ni la justicia literaria ni la del tiempo le podrán otorgar nunca. Pero en general hay que decir que los centenarios, a pesar de esos fallos programáticos en los que suelen incurrir casi sistemáticamente, son importantes para recordarnos que existen también otros autores y obras que merecen la pena ser rescatados. Tienen los centenarios algo de necesario por defecto, a pesar de los excesos que se puedan cometer. No es el caso que nos ocupa, pues realmente se habló muy poco en 2007 del centenario de Luis Felipe Vivanco (nacido en 1907). Homenajearle cuando se cumplían cien años de su nacimiento fue importante para refrescar la memoria histórica y literaria española de la segunda mitad del siglo XX. O incluso antes, como veremos a continuación, ya que Vivanco fue poeta y crítico activo desde finales de los años veinte y principios de los treinta, aunque bien es cierto que el grueso de su obra se encuadra en un concepto demasiado escurridizo e inexacto como el de la llamada «Generación de 1936», que bien acierta a criticar y «censurar» Rafael Alarcón Sierra en las primeras páginas de su estudio (p. 10).

Luis Felipe Vivanco es un poeta poco leído, poco recordado a no ser que se encuadre en una suerte de inercia onomástica junto a Luis Rosales o Leopoldo Panero, a los que se suele unir Dionisio Ridruejo. Sin embargo Vivanco —su segundo apellido es Bergamín, sobrino carnal de José Bergamín— posee una magnífica Antología de versos, como viene a refrendar esta edición lujosa llevada a cabo por la Imprenta Artesanal del Ayuntamiento de Madrid. Junto a esta selección de su obra poética, se edita también aparte un estudio de más de ciento cincuenta páginas, muy riguroso en datos y conclusiones, titulado Luis Felipe Vivanco: contemplación y entrega, como viene acostumbrando a publicar el profesor Rafael Alarcón Sierra, quien con una prosa amena nos desvela los entresijos del poeta y de la historia literaria de la época de una manera didáctica y muy legible. En suma, muy recomendable. La Antología nos ofrece una sucinta y primorosa recopilación de un poeta de calidad y de altura, pero que sufrió demasiado en su propia biografía una coyuntura doble, la política e histórica española, y la estrictamente individual, ya que está traspasado de una religiosidad que a veces entorpece demasiado el conjunto de su obra. El volumen se presenta en un estuche de tela y es una joya bibliográfica, un estuche que encierra los dos libros que hemos citado en la ficha, ambos maravillosamente editados, con una tipografía envidiable, un papel excelente y un gusto poco frecuente para cualquier degustador de libros. Y esto es muy de señalar. El único «pero» de este excelente estuche es que no se encuentra en librerías y que su precio, de encontrarlo, es prohibitivo.

Luis Felipe Vivanco se alió con el bando fascista en los años de la Guerra Civil, y aunque luego fue paulatinamente distanciándose de la política oficial, nunca pudo sacudirse del todo ese sambenito. Por otro lado, una profunda religiosidad tiñó sus versos —en multitud de ocasiones— de referencias a Dios y de una trascendencia que a las claras hoy día quedan trasnochadas, al menos en poesía (porque la religión se ha reducido al ámbito de la conciencia). Recapitulando: Vivanco tuvo un halo de poeta oficial (ciertamente merecido y conscientemente buscado), cantor de las hazañas del ejército franquista, pero también poeta católico y profundamente religioso que iba a juego con la moral conservadora del régimen, si bien eso no impidió que a partir de la segunda mitad de los años cincuenta, con las primeras protestas estudiantiles y agitaciones sociales, criticara de manera velada al Opus Dei. Hay que pensar, por concluir este apartado, que Vivanco fue siempre íntimo de Dionisio Ridruejo, y que al calor de la trayectoria polémica y sobre todo coherente del amigo, fue él también desarrollando sus propias inquietudes ideológico-políticas. Recordemos, además, que el liberalismo de Luis Rosales siempre estuvo igualmente solapado por las circunstancias, y que también al granadino le fue casi imposible sacudirse los marbetes con los que se le tildó, siendo un extraordinario poeta. Aún así hay poemas memorables y Luis Felipe Vivanco es un poeta por descubrir, que ofrece mucho más de lo que en principio se espera de él. Su herencia antoniomachadiana le dará un carácter descriptivo a la narración, sencillo pero que oculta tras la mera enunciación de los lugares o las cosas, una mirada contemplativa, meditativa, una reflexión sobre el hombre en el tiempo mucho más compleja de lo que parece en un coup d’œil. En este sentido, sus libros más conseguidos de esta estética son Continuación de la vida (1949) y El descampado (1957), libros que poseen una palabra que va recorriendo paisajes y recuerdos, meditaciones y viajes, y que se leen con mucha naturalidad y frescura, proporcionando gratas sorpresas, por reconfortantes.

Por otro lado, existe un Vivanco muy interesante que es el menos celebrado o conocido, el menos citado o leído, esto es, el Vivanco vanguardista e irónico, pero de una vanguardia altamente creativa con un componente crítico mordaz o satírico y unos versos con una carga y densidad ideológica muy destacable. Es la otra cara del personaje, esa cara que a poco de indagar en él nos llama la atención de manera poderosa y nos habla de alguien que ha pasado por la historia literaria sin hacer ruido, pero con una sabia conciencia creativa, dejándonos una obra que hay que leer y valorar. De hecho, como decíamos, Vivanco comenzó a escribir poemas a finales de los años veinte cuando la llamada deshumanización del arte tocaba a su fin y cuando la rehumanización apuntaba a convertirse en la piedra de toque de las letras españolas de los años treinta y cuarenta. Una rehumanización entendida por cada quien a su modo, claro, pues el garcilasismo cuajará de manera más clara tras la Guerra Civil, con un culto al soneto sobre cualquier otra forma poemática, sobre todo en los que se quedaron en España. Se mezclan en sus primeras composiciones ambas corrientes, predominando la netamente vanguardista (Memoria de la plata), y precisamente ésta será la que rescatará en su último libro de poemas, publicado de forma póstuma (Prosas propicias).

Y poco más, pero para terminar esta somera recensión, y aunque no tenga nada que ver con el volumen reseñado, habría que destacar la figura de Luis Felipe Vivanco como crítico literario y su famosa Introducción a la poesía española contemporánea, un manual imprescindible para cualquier estudioso de la literatura española del siglo XX, que lejos de ser una aportación personal o sesgada a los estudios literarios es un riguroso y objetivo compendio de análisis y opiniones de primera mano y totalmente autorizadas. Los lectores y estudiosos de la literatura española esperamos desde hace tiempo que se complete la publicación de sus Obras completas, interrumpidas por Trotta en los años noventa.

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