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EGM.
marzo 2011 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 8, marzo de 2011.

VILLENA, Luis Antonio de (2010): Dados, amor y clérigos. El mundo de los goliardos en la Edad Media europea, Sevilla, Renacimiento.

Juan Carlos Abril
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Se ha reeditado felizmente, después de más de tres décadas de su primera impresión, Dados, amor y clérigos. El mundo de los goliardos en la Edad Media europea, un libro en el que sin renunciar al rigor académico o científico se ofrece un vitalista, habilidoso y atractivo panorama de lo que significó el goliardismo en el siglo XII. En efecto, sin escatimar referencias a libros importantes, artículos decisivos y crítica alrededor del tema central, se evita ese lenguaje casposo del que suelen adolecer la mayoría de los ensayos de este tipo de materia, lo cual se agradece mucho.

Los goliardos, que nacieron en París y se extendieron por las ciudades escolares del norte de Francia, irradiando su desenfado y rebeldía al resto de Europa, han estado considerados históricamente marginados no sólo porque su producción literaria se realizó en latín, con lo que eso significó en un momento en el que éste había dejado de hablarse, aunque veremos algunos matices al respecto, sino sobre todo porque fue una poesía y un movimiento que nació al mismo tiempo —coetáneamente— que la lírica provenzal de los trovadores. Pero por encima de cualquier otra consideración, por su temática. Una temática contracultural, como bien reza un capítulo de este libro (pp. 155-158), o subterránea, utilizando otra palabra del mismo género, que también vendrá conectada con la denominada poesía de la experiencia (pp. 66-76) y que, dicho sea de paso, cuando se escribió este ensayo, en 1977, todavía no había gozado del esplendor que tuvo en las dos décadas posteriores.

Pero vamos a tratar de explicar un poco más todo lo que rodea al movimiento goliárdico, aunque quien quiera ahondar en cualquiera de estos asuntos deberá acudir al libro que reseñamos, que es la fuente de la que vamos a extraer todos los detalles que citemos. Y habría que recordar, haciendo un inciso, que en algunos de los libros de poemas Luis Antonio de Villena, andando los años, iremos descubriendo a un personaje misterioso, mitad monje y mitad libertino, un trasunto ficticio y culturalista del sujeto verbal, que se encuentra conectado con muchos de los planteamientos de este volumen. Es curioso: nos faltaba este eslabón que, tras su lectura, ata algunos cabos sueltos que habían quedado por ahí, dispersos en otras lecturas del mismo autor, en su poesía.

Como decíamos, el latín en la Edad Media se hallaba en una peculiar situación (p. 142), ya que aunque no se hablaba sí que se usaba como lengua literaria y como vehículo cultural, lingüístico y cohesionador de una comunidad extensa de hablantes y escribientes que recorría todo el viejo continente, e incluso más allá. Era, en cierto sentido, una lengua viva. Seguramente se habría cambiado la acentuación tonal que le era propia por la de intensidad, la nuestra, pero la gramática y las estructuras básicas se habían mantenido, perviviendo a lo largo de los siglos y, más aún, incorporando neologismos y adaptándose a las necesidades nuevas (p. 143). Poseía una utilidad específica y una cuantiosa extensión geográfica y humana, en cuanto a su uso. Pocos siglos después, la irrupción con el Renacimiento pleno del latín clásico, una lengua libresca que rescatará a Virgilio y a Horacio, acabará arrasando con esa lengua de cultura que se había mantenido entre las comunidades de estudiosos, fundamentalmente clérigos (con lo que eso significaba de amplio espectro de personas de diferentes estratos y sustratos sociales, económicos y culturales), la Respublica clericorum (ibíd.). Es el latín medieval, por tanto, la lengua dinámica en la que fueron escritas las canciones y poemas goliárdicos, y este latín será abolido por el humanismo, en la búsqueda de una perfección y vuelta al mundo clásico grecolatino que nunca se pudo producir sino en el plano teórico. O sea, que si el latín ya comenzaba a dar signos de inaccesibilidad para la gran mayoría de los estudiosos y estudiantes que no fueran estrictamente eruditos, con la irrupción del purismo humanista se le dio la estocada definitiva que lo acabó separando —esta vez ya por completo— de esas capas escolares que lo manejaban todavía con cierta soltura.

Pero cuando hablamos del siglo XII solemos atender sobre todo al nacimiento de la lírica provenzal de los trovadores, conectándola con el origen de la intimidad y la poesía occidental tras el largo parón altomedieval, conocido como Edad Oscura. La lírica provenzal es el aire fresco que vinculará a la Edad Media con la modernidad, otorgando por extensión a las lenguas vernáculas carta de identidad y madurez. El provenzal, por cierto, es una lengua que hoy todavía se habla —digamos que se chapurrea, muy desestructurada y contaminada— en algunos pueblos y familias del mediodía francés. Aunque la más brillante de todas las manifestaciones del siglo XII es la provenzal, no habría que olvidar las producciones de la lírica galaico-portuguesa y de los minnesänger alemanes. Precisamente en uno de los capítulos más extensos de Dados, amor y clérigos. El mundo de los goliardos en la Edad Media europea, titulado «La poesía de los goliardos y el nacimiento de la lírica europea» (pp. 159-182), se da buena cuenta de las relaciones entre estas tres manifestaciones y la cultura y poesías goliárdicas, hallando

[c]oincididencias temáticas y culturales, influencias de vida y de estilo, en momentos en que la cultura europea se siente (y es) universalista, pero distancias también geográficas y de modo, que hacen, quizás, que cada coincidencia en detalle deba ser un ejemplo tratado —sin olvidar el conjunto— cuidadosa y aisladamente (p. 182).

Sin embargo, es la propia idiosincrasia del movimiento goliárdico la que lo ha mantenido —y le seguirá manteniendo— en un lugar apartado del canon, aunque bien es cierto que será revisado algún día, a tenor de la calidad y la importancia de su producción literaria. Y resumimos la temática goliárdica también con las palabras de Luis Antonio de Villena, que es

la incendiada o despreocupada alegría del amor —físico, normalmente—, que puede combinarse con la llegada de la primavera, adornada de frondas, o la súbita aparición, en los campos, de una gentil pastora. La sátira contra la corrupción y la desmesura de los vicios del clero —aunque, a menudo, por detrás, se oye una risita cómplice—; la alegría, la bebida y el juego en el nunca bien visto ámbito de la taberna, donde la libertad alcanza su voz más alta, y puede el brazo, si los dedos le dejan, ceñir a la ramera; y, como flotando, por encima de todo, la Fortuna con su rueda, regidora de los cambios y privanzas del mundo, de la suerte y de la desgracia, pero mudable […] (p. 116).

El canto del amor físico estará por completo contrapuesto a la idealización del amor cortés, propio de la lírica provenzal, pero en general estará contrapuesto a cualquier convención literaria e ideológica de cultura oficial, hasta casi hoy mismo. La reivindicación de esa otra cara del amor, en su sentido explícitamente carnal y más material, será tabú, y la cultura y literatura goliárdica de hecho ha sido un persistente tabú, definida casi como un borrón o desliz en la Historia (que es a su vez la historia de la oficialidad). Quizá lo que ha supuesto su ostracismo de manera más clamorosa fueron sus ataques a la Iglesia y al clero, sobre todo al clero rico, ése que amasaba el poder secular y que en breve, ya en el siglo XIII, los condenó, prohibió, vetó y persiguió hasta la extinción. Una de las técnicas más fecundas goliárdicas y, en general, de toda la tradición carnavalesca medieval del mundo al revés (recordando el magnífico libro de Mijaíl Bajtín La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento), que conectaba de un modo u otro con las saturnales romanas, eran los contrafacta, por los que utilizando conocidas canciones religiosas, se les cambiaban las palabras claves y se insertaba el nuevo contenido, que solía ser de carácter satírico o abiertamente obsceno. Los goliardos, con sus anárquicas maneras, son vivenciales y, por consiguiente, no utópicos (p. 67): una tradición que ha persistido (llamada en cada época de una manera distinta, y que incluso en algunas no dejaron huellas, al ser borradas por la oficialidad), y que conecta con el sentir más popular o sencillo frente a la Norma, el rigor de lo impuesto. Quién sabe si hoy en día todavía permanecen esos tabúes y prohibiciones a la hora de que no se haya vuelto a revisar el canon. De todas maneras, Dados, amor y clérigos nos demuestra que vivimos en una coyuntura en la que se puede reivindicar otro sentido de la literatura y, sobre todo, de la vida, a través de un epicureísmo activo. Porque si en algo se diferenciaban los goliardos de la sociedad de su época era en su concepción de vivir, de cómo gastar el tiempo, sin pensar en el mañana, siempre en absoluto presente, un presente continuo, si se nos permite el símil gramatical. No podía ser más necesaria la reedición de este libro en una época que se preocupa demasiado por las hipotecas y poco por disfrutar de lo que tenemos, volviéndonos seres insatisfechos y en perpetuo deseo. Una pizca de goliardismo, sólo un poco, y cambiaría el mundo.

Sea como sea, Dados, amor y clérigos. El mundo de los goliardos en la Edad Media europea es un excelente volumen que reivindica la literatura y el movimiento goliardo ahora, con la falta que hace. Los aires de liberalismo que insufló este movimiento a la cultura oficial, nobiliaria y sacralizada, hoy en día son los que nos permiten poder seguir leyendo esta poesía con absoluta actualidad, en un contexto que no se nos cae de las manos. Una «Antología goliárdica» (pp. 187-244) completa el volumen, con una selección de las mejores poesías, en latín y español, excelentemente traducidas, donde se recogen, entre otras perlas cultivadas, algunos fragmentos de los Carmina Burana, los famosos poemas musicados por Carl Orff. En fin, un volumen de referencia para los amantes de la literatura románica, cuando ésta era universal, pero sobre todo de la literatura que ha pervivido, con lo difícil que es eso. Hay libros de poesía que con apenas una década ya no se pueden leer, pero esta antología no sólo nos deleita como si se tratara de un libro actual, sino que se aprende de ella porque acoge textos fundamentales —y no oficiales— de poesía intemporal. Un libro inexcusable en cualquier estantería que se precie.

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