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EGM.
septiembre 2013 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 13, septiembre de 2013.

Talese, Gay (2012): Vida de un escritor. Traducción de Patricia Torres Londoño, Madrid, Alfaguara.

David Carrión Morillo
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Si uno no conociese otras obras de Gay Talese, podría pensar, dado el título de este nuevo libro del autor norteamericano, que se trata de la autobiografía de un escritor al uso, aunque sería más apropiado, una vez leído el voluminoso libro, tildarlo de ensayo sobre periodismo travestido de literatura. Por ello, si uno espera ser absorbido por los deseos y pasiones más profundas del alma de Talese se sentirá defraudado, ya que el ilustre periodista proyecta su saber hacia fuera de su persona, centrando su atención, casi de modo exclusivo, en sus contemporáneos o en los hechos acaecidos en la convulsa sociedad norteamericana desde la segunda mitad del siglo pasado hasta la actualidad. Apenas se puede encontrar introspección en la mirada de este autor, que se encuentra mucho más interesado por los acontecimientos que suceden a su alrededor que por los que le pudiesen acaecer a él. En ese sentido, haber ejercido el periodismo en The New York Times le ha dejado una impronta que, por muchos libros de ficción o literatura que pudiese escribir, sería muy difícil logar eliminar.

De modo paralelo a la narración, asistimos al derrumbamiento de la ética en el mundo contemporáneo o, por lo menos, al quebranto de esta disciplina fundamental para la supervivencia de la civilización. No deja de resultar sumamente curioso que las esperanzas que se levantaron a partir de los años sesenta no se hayan cumplido en absoluto; tal vez porque las abstracciones no pueden cumplirse. Es indudable que el mundo, en términos generales, ha progresado: hay más igualdad legal, ha habido multitud de avances científicos y la tecnología ha mejorado extraordinariamente, convirtiéndose en accesible para casi todos. Junto a esto, hay un individualismo exacerbado, una tiranía de la opinión pública y una asfixiante competitividad. Al menos, ésa es la sensación que uno tiene al leer a Talese, quien describe la mágica manera en que la sociedad moderna ha sido capaz de llenar las alforjas del individuo con más libertades, más derechos, incluso con más dinero; a la vez que ha sido capaz de vaciarlas de sus principios morales, su integridad y su antigua lealtad.

En esa línea, el caso de la segregación racial de Alabama se convierte en un auténtico paradigma. Talese, que había estudiado allí periodismo, describe la época de aquel movimiento de derechos civiles que surgió para reivindicar la igualdad de los negros frente a los blancos en los Estados Unidos. No hay que olvidar que, en gran parte del sur de esa nación, muchos de los crímenes quedaban impunes si se cometían sobre un negro —término empleado por el propio autor—. Esto motivó una respuesta pacífica a través de ese movimiento por los derechos civiles cuyo líder principal era Martin Luther King. Una de las manifestaciones que querían llevar a cabo partiría del diminuto pueblo de Selma a la ciudad de Montgomery, así que Talese acudió a Selma para cubrir la noticia —de hecho, fue su último encargo en el Times—. Pese a que la manifestación fue declarada ilegal, también transcurrió de modo pacífico, por lo que no se puede entender que, tras haber lanzado botes de humo, la policía cargase brutalmente contra hombres, mujeres y niños. Más que las crónicas de los periodistas, lo que causó estupefacción y vergüenza fueron las imágenes grabadas que se mostraron en los televisores de los estadounidenses, provocando de manera directa que la afluencia a las siguientes manifestaciones fuera mucho mayor, incluyendo a ciudadanos blancos. Ello probó la superior repercusión de las imágenes frente a la palabra. Al final, el presidente Johnson aprobó poco después la Ley del derecho al voto, que completó la Ley de derechos civiles que él mismo había firmado en 1964, consiguiendo extender la igualdad legal a todos los grupos que no la tenían, incluidos los ciudadanos negros.

En 1990, veinticinco años después, se quiso llevar a cabo la conmemoración de aquella manifestación en Selma para protestar por la falta de derechos de los ciudadanos negros. Una de las líderes de esta nueva manifestación era Rose Sanders, una abogada que había sido ya activista en la Universidad de Harvard. Sus métodos no se parecen a los utilizados por sus antecesores, pues no duda en mentir, en fingir y en acusar injustamente a la policía de haber recibido malos tratos y de haber sido violada. Su actitud se muestra repulsiva si la comparamos con la de la inspiradora de aquel movimiento por los derechos civiles, Rosa Parks, quien no le dejó su asiento a un blanco en un autobús de Montgomery, por lo que fue condenada por conducta desordenada y violación de la ley local. Esa diferencia tan abismal entre una y otra actitud hace que la conclusión a la que llega el autor a través de uno de sus entrevistados no deje de ser paradójica: los manifestantes de 1965 fueron liderados por “pastores”, al contrario de los manifestantes de 1990, que fueron liderados por “abogados” (p. 302).

El caso del matrimonio Bobbitt también subraya la desintegración moral de la sociedad en los últimos tiempos. Como se recordará, este asunto fue de manera masiva tratado por los medios de comunicación no sólo de Estados Unidos sino de todo el mundo. Básicamente, el origen de la controversia fue la amputación, mientras dormía, del miembro viril de John a manos de su mujer, Lorena. Esta situación se transformó en un espejo en el que pudimos ver reflejados muchos de los males de la sociedad contemporánea occidental. John, que tenía problemas para hablar, había sido miembro del Cuerpo de Marines y era una persona de carácter violento, lo que se agravó cuando fue despedido del ejército y se convirtió en otro desempleado más con trabajos ocasionales duros y mal pagados. Lorena, de origen ecuatoriano y criada en Venezuela, tenía antecedentes penales por robo, siendo una persona ambiciosa y por completo materialista que, como recalca Talese, al conocer a John vio la posibilidad de ser norteamericana de pleno derecho. Aunque ninguno de ellos fuera un ángel, pues ambos presentaban personalidades problemáticas, esto no puede tener como consecuencia la ridícula absolución de Lorena por la justicia norteamericana. Lorena, entre otras razones, alegó que John la había violado la noche en la que le cortó, con un cuchillo de cocina, el miembro más preciado por su marido. En el juicio se demostró que, si bien había tenido relaciones sexuales con John esa noche, no había sido forzada. Pero eso no se tuvo en cuenta; la decisión parecía estar tomada en un juicio cuyo veredicto ya lo había dictado la opinión pública, de la que el jurado tan sólo fue altavoz. Por eso mismo, no sorprende leer el alegato inicial que realizó la abogada de Lorena, Lisa Kemler, transcrito literalmente por Talese:

La evidencia mostrará que, en su mente, ella [Lorena Bobbitt] sentía que no podía escapar de su pene, que eso era lo que le causaba el dolor más grande, el temor más grande y la humillación más grande. Y yo les aseguro que, al final de este caso, ustedes llegarán a una conclusión, y esa conclusión es que una vida es más valiosa que un pene (p. 428).

El libro manifiesta, en definitiva, un gran desencanto de su autor con la evolución de la sociedad norteamericana, aunque por los datos, detalles y comentarios que nos ofrece, resulta totalmente comprensible. Como última conclusión, ilustrando su admiración por la inmigración de sus padres y sus abuelos, se puede degustar su crítica demoledora del fútbol:

Es posible que el fútbol sea el deporte más popular del mundo, que haya contado en el pasado con la participación de reconocidos millonarios como Pelé y Maradona y que a veces aparezca personificado por chusmas de apasionados fanáticos que empiezan a armar alborotos en las graderías y luego corren enloquecidos por las calles de las ciudades en las cuales sus adorados equipos se enfrentaron a un odiado rival, pero los muchos millones de extranjeros que vinieron a Estados Unidos y se asentaron durante los siglos XIX y XX no lograron que este deporte se asimilara con ellos en la cultura imperante norteamericana. Habían dejado el fútbol en sus antiguos países, tal como lo hizo mi padre, abandonándolo en manos de parientes masculinos que, como de alguna manera sugería mi padre, eran vagos de pueblo y candidatos a prisioneros de guerra (p. 44).
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