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EGM.
marzo 2010 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 6, marzo de 2010.

Sexo, drogas recetadas y rock & roll: Happy Pills, de Gabriella Campbell

Mamen Cuevas
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Esbozar un comentario sobre el primer libro de poemas de Gabriella supone para mí un problema ético. Una servidora tiene que hacer un arduo ejercicio de distanciamiento para ser justa con la obra y la autora, más que amiga y casi alter ego, pues dicha obra forma parte de mi vida como cada minuto que hemos vivido juntas.

El prólogo corre a cuenta del poeta cordobés Marco Antonio Raya, gran conocedor de la persona y del poemario, quien intenta definir, si es posible, lo que significa Happy Pills en el mundo poético actual. Subraya unos elementos imprescindibles para entender la literatura de la poeta anglo-malagueña: ciencia ficción, pulsiones sexuales y la belleza diluida en onírica confusión. Con una frase de este preámbulo poético define muy bien el señor Raya lo que es la poesía de Miss Campbell: “Porque no se puede saber la belleza de una piel hasta que no es mancillada por tu mano.” Ése es el trasfondo poético de este conjunto de canciones dispares y enmarañadas en perfecto orden inglés que esconden un ritmo interno meditado bajo una máscara de velocidad futurista y caótica.

La infancia de Gabriella Campbell en la Pérfida Albión juega un papel primordial en esta obra, puesto que desde el título en lengua inglesa, pasando por las múltiples palabras diseminadas por los versos y las referencias culturales presentes, nos obligan a contemplar el poemario como fruto de su dicotomía existencial entre dos aguas: las del grisáceo Támesis y las del celeste Mediterráneo. Las técnicas literarias, a su vez, son deudoras de las innovaciones surrealistas, de la poesía de Leopoldo María Panero, del lenguaje informático, de la estética burlesque y de la debilidad carnal: cambios tipográficos, referencias a elementos electrónicos conjugados con preciosismo decimonónico y declaraciones de vulnerabilidad. La sintaxis pretendidamente confusa surge para desafiar al protagonista de cada poema a enfrentarse a los propios miedos internos, ésos que frenan las pulsiones y nos hacen a todos, muchas veces, rozar el patetismo.

Si abrimos las primeras páginas observamos que, tras una disculpa al lector por lo que va a ver a continuación, la autora pone el viejo tocadiscos, pincha la primera canción de la Cara A y nos advierte de que es el resultado propio de una mezcla explosiva de pastillas, hormonas y desarreglos emocionales. Estas piezas musicales van adentrándonos en el mundo de No Felicidad que distorsionan los fármacos (en el Track 2, Happiness, nos dirá: “Víctor Sherbasky quiere sentir dolor, miedo, pena / pero no puede”) a través de su espejo de Alicia, una puerta a sus fantasías sexuales, sociales y metafísicas con aspecto de caprichos mundanos.

Poco a poco seguimos escuchando canciones del poemario hasta que nos detenemos en la que ocupa el séptimo lugar de esta Cara A, presentado como una suerte de No Ars Poetica la cual, no obstante, nos da claves para entender el bilingüe y complejo universo de la autora por medio de no-razonamientos, de pensamientos ligados a la tierra y a la carne de donde proceden todos los versos. En sus propias palabras, “como aceptar la normalidad” y no pretenderla.

Y con más ejemplos de esa lucha entre el Dolor y el No Sentir ( = Felicidad impostada) llegamos a darle la vuelta al vinilo, a la Cara B. Esta parte del poemario es sin duda la más femenina en sentido académico: comienza con una reflexión sobre los monstruos sociales que coartan, aún hoy, la libertad del deseo en las mujeres y con una intro en la que nos incluye en la cuarta oleada de feministas. Gabriella, ducha en esta materia tras sus años de estudios y su interés por tales teorías, describe a la chica del siglo veintiuno como producto de un engaño bien perpetrado por los artífices de la mal llamada liberación de la mujer. No podemos ser como nuestras madres y no conseguimos ser como Ellos, así que “sólo podemos medicarnos y discutir”, en sus propias palabras.

Durante los siguientes cortes del disco femíneo nos va mostrando pequeños testimonios erótico-amorosos, definiciones sexuales poco comunes en distintas voces poéticas y transmutaciones en personajes amargados por la No Felicidad (como el cliente de una prostituta en “Livid_o”), la duración de un coito como medida del tiempo, la definición de la nueva Mujer Independiente y Moderna (“Leia 2.0”) o la bella declaración de amor final (“Brindis con ron y té”) que cierran un círculo del infierno personal de la autora.

Tras esta primera escucha entendemos que Happy Pills, ese disco retro-pop ofrecido por la editorial Alea Blanca, se halla a medio camino entre las moradas de Euterpe y Erato. Música y sexo por encima de todas las cosas, y todos los versos. Quien lo lea se percatará de que hay descender, y mucho, para encontrar el significado total de cada metáfora, de cada analogía, pues la superficie de Gabriella Campbell no se encuentra en los castillos construidos en el aire por las princesas sino en los orgasmos confusos padecidos por las mujeres que se sienten diosas encadenadas a los fármacos de la felicidad.

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