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EGM.
marzo 2014 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 14, marzo de 2014.

MUÑOZ AGUIRRE, Juan Manuel (2009). Un alma aparte, Madrid: Castalia Ediciones, Colección Albatros. XI Premio Tiflos de Novela.

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Juan Carlos Abril [*]

Juan Manuel Muñoz Aguirre, nacido en Madrid en 1959 y conocido sobre todo como poeta desde que en 1986 publicara Omnia, al que han seguido Adiós, dijo el duende (1991), y Hacia el viaje (2006), realizó alguna incursión en prosa pero de escasa tirada y en catálogos inencontrables. Con Un alma aparte, la obra con la que ganó el XI Premio Tiflos de Novela, sin embargo, se descubrió como el auténtico narrador que es, confirmándolo años más tarde con el volumen de cuentos Ligeramente a la izquierda (2013), con el que consiguió asimismo el XXIII Premio Tiflos de Cuento, y que también comentamos en estas páginas de El Genio Maligno. Revista de humanidades y ciencias sociales.

Un alma aparte podría enmarcarse primeramente en el género epistolar, y a partir de esas idas y venidas de cartas las historias de amor y desamor cruzadas, pero no es sólo eso. Novela histórica también, estructurada en el tiempo a lo largo de tres meses, octubre, noviembre y diciembre, coincidiendo con el otoño del año, y de igual modo cada uno de estos meses divididos en tres partes sumamente calibradas, lo que suele ser, por cierto, una de las constantes de todos los libros de Muñoz Aguirre: su arquitectura perfecta o casi perfecta. Meses que relatarían la historia de la historia contemporánea, la de Julia y Vidal, puesto que la de Vivant Denon sucede a lo largo de toda una vida; y que es asimismo la historia de la Venecia de finales del siglo XVIII y principios del XIX, y de finales del siglo XX. Novela galante, pues no pocos fragmentos de las cartas y del ambiente retratado coinciden con el ambiente que el propio Denon hubiera podido imaginar para su Point de lendemain (traducida al español de forma magnífica por Jorge Gimeno, como Ningún mañana). En ese sentido, se pueden apreciar los guiños hacia el libertinaje y los libertinos, con los que sin duda Denon se identificó en algún momento, llevada a su extremo a través de la sórdida historia sexual de Julia con un desconocido del norte de Europa, al que además roba.

En los dos planos de la narración, que se mantienen secuencialmente durante todo el relato, se van mezclando por un lado la historia amorosa —a lo largo de toda una vida— de Dominique Vivant Denon e Isabella Teotochi, desgranada a través de la historia pública de ambos, y de las cartas que se han conservado de él; y de Carlos Sánchez Vidal, un señor ya casi anciano —maduro: pensionista— y sombrío, llamado a lo largo de la novela sólo como Vidal, con un personaje femenino que firma sus cartas con la inicial B. Vidal va todos los días a un lugar a esperar a esa B., que nunca llega, como la carta del coronel de García Márquez. Y precisamente ahí, en ese lugar al que va todos los días Vidal, conoce a Julia, el contrapunto femenino, una becaria que llega a Venecia para realizar su tesis doctoral y por azar lo conoce —dos españoles en Venecia—, se hacen amigos, y éste la acoge en su casa durante unos meses, estableciendo desde ese inicio una relación amistosa que no pasará de ser sólo eso, una amistad. Por cierto, la casa que habitarán será propiedad de la tal B., si bien esta B. no tiene muchas intenciones de regresar.

Sin ser idénticas historias, pues ni lo pretenden por mil diversas razones, es cierto que ambas, las que se cruzan en el tiempo diacrónicamente y las que coinciden en él en sincronía, poseen un fondo de amor imposible. Un fondo imposible en una ciudad de ensueño, Venecia. La mítica ciudad se convierte en el lugar donde pivotan todas los relatos, todos los asuntos y, fundamentalmente, la historia de Vidal y Julia, quien va descubriendo la «vida» de Vidal —valga la aliteración— conforme va hurgando en el cuarto de éste y curioseando en las cartas que se cruza con B., y que hablan de una pasión con final triste, ya que morirá en las últimas páginas, coincidiendo también con la muerte de Denon. Venecia podría ser igualmente ese otro personaje, actante en toda la novela, por el que se van sucediendo Dogos, invasiones, tomas, guerras, pasiones, salones… y todo ello con la laguna como marco, en un símbolo de la decadencia del esplendor, pero símbolo también de tantas cosas. La muerte de Vidal podría hacerse eco incluso de algunas páginas de Muerte en Venecia. Venecia en toda su magnificencia y miseria, en sus maravillosas y sucias piedras que la sostienen como un icono de la voluntad de la belleza y la atracción —el misterio, su secreto: «nada es lo que parece» (pp. 90 y 102)— que el hombre ha sabido construir en la arquitectura, como espacio urbano.

Las cartas van combinando, como decimos, en secuencias, las dos historias paralelas, lo que aporta dinamismo a ambas diégesis. Si bien durante la mayor parte de la novela hay momentos en que nos interesa mucho más la increíble y admirable historia de Vivant Denon, al final del volumen vamos acercándonos a la de Vidal y al deseo encubierto de Julia por tener una relación con él, de descubrir en él quizá una figura protectora madura que transfiriera lo que su propio padre no había sido. Así, en una conversación que Vidal mantiene con Julia, le pregunta:

—No hablas mucho de tu padre.
—No.
—¿Le echas de menos?
—No. Antes de morir, ya hacía mucho que se había ido; pero me pesa.
—Dime otra cosa. ¿Es ése el motivo?
—¿El motivo de qué?
—De que estés aquí conmigo, de que me escuches y me hagas compañía.
—No estoy buscando un sustituto, si se refiere a eso.
—Sería comprensible. Creo que los psicólogos lo llaman transferencia. (p. 86)

Transferencia o no, realmente los momentos en que Julia se siente atraída por Vidal son varios, como éste, cuando ella piensa: «¿Estás seduciéndome? ¿Estás lanzándome insinuaciones, tú, con tu ropa negra y tus manos grandes y tu pelo canoso y tu sonrisa de hombre de mundo? Lo hacía, sí, pero —como más tarde descubrí— se trataba tan solo de una rutina, de la fuerza de la costumbre.» (p. 54). O en este otro momento también interesante de la evolución de los sentimientos de Julia hacia él:

¿Qué pasaría si una noche cualquier me metiese en su cama? Si entrara […] sin preguntar, me detuviera junto a su cama y me desnudase con naturalidad antes de alzar la colcha y la sábana y tumbarme a su lado? […] Me bastaría con dormir a su lado, hacerme un hueco en su hombro y aspirar su olor […] No es deseo. No es nada. (p. 244)

Julia residirá varios meses en Venecia, la mayoría alojada en la casa de Vidal, y durante todo ese tiempo irá alternando la traducción de las cartas que Vivant Denon envió a Isabella Teotochi, con el ascenso de la Revolución Francesa, el Directorio, el Terror, el Consulado, el Imperio y las campañas imperiales, con la mirada atenta a Vidal, incrementada cuando fisgonea en sus cajas dispersas y va descubriendo restos de su vida pasada, tanto joven como más reciente, y va reconstruyéndola: Vidal, antiguo don Juan, conoce en su madurez a una chica italiana, la misteriosa B., con la que establece una relación tormentosa y apasionada, que va destruyéndole poco a poco. Por otro lado, y de manera paralela, Vivant Denon es un personaje increíble del que en esta novela podemos apreciar su devenir a través de sus cartas. E igual podría decirse de Isabella Teotochi, que además de establecer una relación con Denon, fue un personaje que ha trascendido a la literatura como podríamos rastrear, por ejemplo, en las Últimas cartas de Jacopo Ortis, de Ugo Foscolo. Y poco más podríamos decir, excepto que Un alma aparte nos ha descubierto a un narrador de raza que nos ha entregado una novela que queremos recomendar vivamente, dejando constancia en estas breves notas de lo que ha supuesto su prosa amiga e inolvidable.

Nota

[*] Universidad de Granada

Contacto con el autor: jca@ugr.es

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