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EGM.
marzo 2014 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 14, marzo de 2014.

MORÁBITO, Fabio (2009). Emilio, los chistes y la muerte, Barcelona: Anagrama.

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Juan Carlos Abril [*]

Nada más comenzar a leer Emilio, los chistes y la muerte nos asalta una duda acerca del género de lo que estamos leyendo: ¿se trata de un cuento largo?, ¿una novela corta?, ¿una novela ni larga ni corta, pues consta de 166 páginas? Si atendiéramos a algunos tratados teóricos sobre novelas y cuentos, de entre los muchos que podríamos citar, como Teoría y técnica del cuento, de Enrique Anderson Imbert, o Teoría de la novela, de Enric Sullà Álvarez, nos percataríamos de que nos encontramos ante un relato híbrido, ya que por la extensión no respondería ni a uno ni a otro género. En cualquier caso sí que parece un cuento por la densidad de la narración, la forma en la que se relatan las cosas, el carácter espeso que adquieren las anécdotas, intensificando y sintetizando la diégesis, y dando la sensación de que estamos ante la estructura encubierta de un cuento enmarcado en una distribución narrativa más larga. Esto no es a priori ni mejor ni peor, sino que nos impone una forma de leer distinta a la habitual lectura más «veloz» de una novela, que presenta los argumentos envueltos en pensamientos más extensos, y descripciones prolijas. Quizá sea esa la única diferencia que, como decimos, no suele aportar más que un ritmo de lectura distinto. De lo que no cabe duda es de que, a pesar de que el personaje principal, Emilio, es un niño de doce años, su historia no es en ningún caso una historia para niños, sino que está escrita para un público adulto, si bien es cierto que lo que sucede le podría haber sucedido a cualquier niño de esas características.

Emilio, a sus doce años, empieza a descubrir que ya no es un niño y empieza también a ver las cosas —en general— de un modo distinto. Se rompe el hechizo de la infancia y dan comienzo las inquietudes de la pubertad: el sexo, la muerte, las preocupaciones, los miedos, las responsabilidades… Se ha mudado de barrio a causa de la separación de sus padres y no tiene amigos, por eso acaba visitando el cementerio más cercano, atraído por la muerte propia y ajena, buscando su nombre en alguna lápida con la superstición de que si lo encuentra no morirá. Efectivamente el final de la novela será eso, una suerte de scaramanzia por la que, una vez que encuentra su nombre en un nicho, podrá esquivar la muerte, al caer en un sumidero y correr el riesgo de quedarse atrapado y morir de inanición. Además, su fabulosa capacidad por memorizar nos pone delante de un púber más particular aun. Emilio, los chistes y la muerte es un relato de un niño-púber que se inicia a la vida de los hombres, y la metáfora de los chistes viene a confrontar precisamente el descubrimiento de que ya no es un niño: los chistes estarán representados por un detector de chistes, una suerte de máquina que Emilio lleva por el cementerio, buscando los que recién ha contado alguien, y durante toda la primera parte de la novela funcionará este detector como una alegoría de la infancia, de la credulidad. A partir de la segunda parte de la novela, cuando descubrimos que en realidad la maquinita tiene programados una veintena de chistes, nos damos cuenta del engaño al que está sometido el niño. Y es Emilio en concreto, al final, en la tercera parte, cuando lo descubre en boca de otro niño (un monaguillo, por cierto, un año menor que él pero que tiene mucha más «vida» recorrida), quien no quiere aceptarlo, igual que no quiere aceptar que está dejando la infancia y todo lo que eso significa. Pero no le queda más remedio que afrontar su nueva vida, lo que se le viene encima como a cualquier ser humano, con nuestros traumas y conflictos. Quizás ese final, en el que Emilio coquetea involuntariamente con la muerte, y a punto está de morir, sea una reflexión sobre la delgada línea que nos separa de estar aquí a no estar.

Todo ese ritual de iniciación se entendería también a partir de algunas características fundamentales y definitorias de la novela, como por ejemplo el gusto por lo escatológico y el morbo, desde las primeras páginas en las que aparece el personaje femenino principal, Eurídice, una suerte de mujer fantasmagórica que va pululando por el cementerio en busca del recuerdo de su hijo muerto, orinando y bajándose las bragas, o cuando hay descripciones —breves, como pinceladas— sobre el chorro de los meados u otros detalles. Las relaciones incestuosas, homosexuales, coprofílicas incluso, parece que van a darse en cualquier momento. Eurídice, así, una mujer mucho mayor que Emilio, siente atracción o parece que siente atracción por Emilio, de apenas doce años, y lleva a cabo acciones extrañas, como dejarse chupar los senos, pellizcar, dejarse ver desnuda por el niño, desnudarse. Y podríamos seguir dando ejemplos. Los triángulos amorosos son diversos, divertidos, chocantes y de lo más sorprendentes, y casi todos los personajes están enredados entre sí, los niños incluso sienten atracción entre ellos mismos, el monaguillo con el cura, etc.

Volvió a sonreír, un poco cohibida, se miró los tobillos, girando el empeine, y dijo:

—¿A ti también te gustan?
—Mucho —dijo, sin dejar de mirarlos.
—¿No querrás besarme también los tobillos? —Se compuso las gafas sobre la nariz con un gesto brusco.—Me encantaría.

Ella sacudió la cabeza y, para disimular su rubor, miró de nuevo a ambos lados del camino:

—Aquí nos pueden ver.
—Podemos ir a la hondonada de la otra vez.
—No.
—Sólo un beso —dijo él.

Se retocó otra vez las gafas, repentinamente seria, echó otro vistazo en redondo y volvió a mirarlo:

—Uno solo.
—Quítate las medias.
—¿Estás loco? ¿Cómo quieres que me las quite?
—Atrás de esas plantas nadie te ve. —Y le indicó los arrayanes.
—¿Y si pasa alguien?
—Me pongo a silbar (pp. 40-41).

Aunque parezca mentira, esta conversación se da entre un niño de doce años y una mujer ya adulta, para ilustrar lo que veníamos exponiendo… Bien detectó muchas de estas anomalías y consideraciones Rafael Espejo en su reseña publicada en Cuadernos Hispanoamericanos (n. 708, de junio de 2009, pp. 131-8). El sentido del humor, en clave irónica, negro, tragicómico, las paradojas y la inverosimilitud de las situaciones más extrañas, van trufando el relato de continuos momentos de sorpresa: las relaciones humanas en su máxima expresión, en su total complejidad, de unos personajes al límite, por una razón u otra, que no saben bien cuál es su lugar en el mundo, si es que los seres humanos tienen un lugar en el mundo y su misión fuera buscarlo. Todo ello hace de Emilio, los chistes y la muerte un relato atractivo e inolvidable, una historia que tanto por su forma de ser contada como por lo que nos cuenta, no pasa desapercibida, y que nosotros hemos disfrutado de manera especial. Fabio Morábito es un autor sumamente conocido en España e Hispanoamérica, uno de los poetas más importantes en lengua española y como cuentista también ha alcanzado fama internacional. Ahora esta incursión en la novela no ha podido ser más brillante. Y su lectura siempre un descubrimiento.

[*] Universidad de Granada

Contacto con el autor: jca@ugr.es

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