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EGM.
marzo 2016 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 18, marzo 2016.

Masculinidad heterodoxa en la tradición grecolatina

Dioniso, Narciso e Hipólito
Germán Molina Ruiz
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Germán Molina Ruiz1

 

Resumen. La tradición grecolatina nos ha dejado grandes testimonios culturales que han sido el germen y la fuente de la que bebe nuestra actual cultura occidental. A día de hoy vivimos en un contexto que ha evolucionado durante decenas de siglos tras la desaparición de la Antigüedad como sistema político y social, aunque también permanecen elementos que nos acompañan como tenues recuerdos de unas sociedades fuertemente segregadas por géneros. El haber nacido hombre o mujer en la antigua Grecia, y también en Roma, acarreaba una serie de comportamientos ineludibles a ojos de la comunidad, reforzados por una tradición extendida por los mitos religioso-poéticos y sus respectivos cultos. Grecia es, sin lugar a dudas, la principal generadora de este complejo sistema entremezclado de mitos y arte, en todas sus expresiones, que posteriormente se extenderá por el Imperio Romano. Por lo tanto, y aun con el peso y la influencia de Roma, será el mundo griego la parte central de este estudio, por el carácter primigenio de unos arquetipos culturales que mantendrán su eco, atravesando no sólo el tiempo sino también ideologías, sociedades, políticas y manifestaciones artísticas posteriores.

Palabras clave: mitología, cultura grecolatina, género, Dioniso, Narciso, Hipólito

Abstract. Greek and Roman tradition have provided us a great cultural heritage that has been the root and the source with which our current Western society is nourished. Today we live in a society that has evolved for centuries after the collapse of Antiquity as a political and social system. However, there are several elements that still are amongst us as dim memories of these strongly segregated by genders communities. Being born man or woman in Ancient Greece, as well as in Rome, lead to unavoidable behaviours before the society they lived in, reinforced with a tradition widely spread with myths that were equally religious and poetical joined to their respective worships. Greece is, arguably, the source of this very complex intertwined system of myths and art, in all it forms, that subsequently would be extended over all the Roman Empire. Therefore, and despite the great influence of Rome, it will be Greece and its peoples the major sources of this study due to the original nature of these cultural archetypes that would maintain it power for centuries. Through time and later ideologies, societies, politics and artistic evidences.

Keywords: Mythology, Greek-Roman culture, Gender, Dionysus, Narcissus, Hyppolitus

 

Para acotar el presente estudio es preciso señalar desde el principio que en las sociedades helenas el género y la sexualidad estaban íntimamente unidas a la política y al Estado. Así, un ciudadano ateniense, es decir, un hombre libre, hijo de padre y madre atenienses y nacido en Atenas, tenía como deber social el contraer matrimonio con una mujer que también fuera ateniense (importante destacar que ésta no tendría el estatus de «ciudadana» por el hecho de ser mujer). Esta unión estaba principalmente diseñada para poder proporcionar a Atenas nuevos ciudadanos libres que la defendieran cuando fuera necesario y que la honrasen, ya fuera como dirigentes nobles, con una formación competente o un oficio digno, según su estrato social. Por lo tanto, nos encontramos con dos ejemplos claros de la politización de la sexualidad y su función a nivel estatal: el hombre ha de buscar una mujer digna de dar ciudadanos libres a su ciudad-estado, continuando su estirpe a través de la procreación con una mujer, necesariamente ateniense, pero sometida a su vez al poder perpetuador del hombre, único ciudadano de derecho.

La polarización de la sociedad helena basándose en el género de sus habitantes tuvo una repercusión clara en el modo de vida de los griegos y griegas. En primer lugar, puesto que la mujer era la responsable de ofrecer una estirpe limpia y digna a su esposo y la familia de éste, era necesario dificultar al máximo las uniones sexuales extramaritales. Con este fin se difundió la idea e importancia de la castidad en las mujeres hasta su matrimonio, y la necesidad de que éstas estuvieran recluidas en el gineceo de su oikós familiar hasta que fueran esposas y madres en el oikós que su marido y la familia de éste pudieran proporcionarles. Por lo tanto, nos encontramos ante unas mujeres sometidas al yugo de una sexualidad cuyas connotaciones sociales y políticas, en beneficio de los hombres, las atan al hogar y las labores domésticas junto a su papel de madres y esposas.

Sin embargo, en este tipo de sociedades patriarcales, como ocurre a día de hoy, la prostitución era un oficio que estaba muy extendido y proporcionaba una visión diferente de la mujer. Este hecho permitía que fuera también apreciada como generadora de placer de dos maneras diferenciadas por el poder adquisitivo de sus clientes. Por un lado estaban las pornai, esclavas forzadas a trabajos sexuales sin lucrarse apenas económicamente de éstos al estar siempre sujetas a un proxeneta, que ejercían principalmente en los puertos de las ciudades. Por otro lado se encontraban las hetairas, mujeres libres que ofrecían sus cuerpos y cultivada compañía a un mismo cliente durante un tiempo más o menos prolongado a cambio de dinero, clave para su inaudita independencia y que las diferenciaría de las esposas convencionales. Es importante recordar que el hombre heleno acomodado tenía una importante vida social en la que los symposia eran su epicentro. Obviamente a estos encuentros, que podían tener un desenlace con altas connotaciones eróticas, no se contemplaba como acompañante a la esposa del visitante o del anfitrión, sino a estas mujeres, junto con otras esclavas, que amenizaban la velada con conversaciones inteligentes, danzas o con la música de algún instrumento. 

En relación a este rol de la mujer en la sociedad helena se manifiesta la función del hombre libre griego. Un ciudadano de derecho tenía un papel activo en su ciudad, siempre sujeto a su estatus social. Cuanto más elevado fuera éste mayor era su ocio y su influencia en las decisiones políticas para el conjunto de la ciudad. Los hombres más influyentes desde jóvenes se dedicaban a cultivar sus cuerpos en el gymnasium, necesario para rendir eficientemente en un posible enfrentamiento bélico de su ciudad. A través de este entrenamiento, los jóvenes helenos de hasta diecisiete años, quedaban expuestos en su total desnudez a hombres de edad más avanzada, siempre de más de veinticinco años, que podrían ofrecerles una formación individualizada, como mentores o tutores, para la guerra y la posterior actividad política y social. Esta formación estaría acompañada de relaciones sexuales, en las que el joven era denominado erómenos (el amado) y su mentor erastés (el que ama). Es de gran importancia señalar que este tipo de relaciones sexuales, cuya finalidad era principalmente didáctica pero con una gran carga erótica, suponían la base preparatoria para una posterior incursión en la vida activa en la polis. Esta peculiaridad helena, que algunos estudiosos describen como doria de origen, tuvo una gran repercusión en su cultura y así quedó reflejada en la tradición literaria, religiosa y artística. Sin embargo, para los ojos de un ciudadano occidental contemporáneo puede resultar paradójico que estas uniones no se considerasen homosexuales. Mientras que la homosexualidad, tal y cómo la entendemos a día de hoy, sería por completo impensable y digna de escarnio público entre los antiguos helenos, debido a la enorme importancia atribuida a la dominación. Característica eminente y exclusivamente masculina. El hecho de ser sometido por un igual, en especial desde un punto de vista sexual, sería impropio de un hombre adulto, pues estaría renunciando voluntariamente a su capacidad de dominio de un semejante, requisito indispensable en un hombre libre perteneciente a una sociedad belicista como era la helena. 

Por lo tanto, un hombre griego adulto era necesariamente perpetuador de su propia estirpe y, de la misma manera, activo en las relaciones políticas, sociales, bélicas y sexuales. La carencia de cualquiera de estas características sería una falta irreconciliable en el indivisible binomio heleno hombre-dominación. Además, la propia tradición ofrece una serie de arquetipos masculinos que representan, por separado, los valores buscados y premiados colectivamente entre los griegos. Algunos ejemplos serían Heracles, admirado por su imponente fuerza física y su tesón; Odiseo, quien personifica la astucia y las argucias para sortear cualquier dificultad; Aquiles o la belicosidad unida a la compasión al permitir que Príamo recupere el cadáver de su hijo Héctor, el cual, a su vez, encarnará al príncipe entregado a su patria y familiares. 

La masculinidad griega tiene, sin embargo, voces discordantes dentro de su propia tradición aunque sustancialmente menores y que, como sería obvio, incluirán connotaciones negativas con el objetivo de influir en la costumbres sociales. Pero aún así es justo decir que estos personajes se popularizan y algunos, como en el caso del olímpico Dioniso, fueron de gran interés para la identidad, cultura y tradición helena en su conjunto, hasta el propio declive del paganismo. En el caso de Hipólito y Narciso, aun siendo personajes de menos relevancia, ofrecen elementos altamente subversivos que transgreden la masculinidad helena ortodoxa.

 

Dioniso: el dios misandrógino

Como se ha podido apreciar en el apartado precedente, la segregación por géneros de la sociedad helena hacía que sus realidades aparecieran diametralmente opuestas. Así Dioniso es principalmente el dios de las mujeres, lo cual lo enfrentará de manera radical al mundo de los hombres: 

En todas las fases de su evolución, el culto dionisíaco conservó el carácter con que hizo su entrada en la historia. Por su sensualidad y por la importancia que concede al mandamiento del amor sexual, está íntimamente emparentado con el carácter de la mujer y se vinculó perfectamente con el sexo femenino, dio un rumbo del todo nuevo a este sexo, encontró en él a sus seguidoras más leales y a sus servidoras más celosas y basó todo su poder en el entusiasmo de ellas. Dionisos es, en todo sentido de la palabra, el dios de las mujeres, la fuente de todas las esperanzas sensuales y trascendentales, el centro de toda su existencia; por eso lo reconocieron ellas primero en toda su majestuosidad, por eso se reveló él a ellas, por eso fue difundido y conducido por ellas a la victoria2.

Dioniso es un dios de gran importancia para la cultura helena dentro y fuera del panteón olímpico. Su tradición se puede rastrear desde la cultura micénica, llegando a encontrarse elementos dionisíacos en la cultura cristiana actual fruto del sincretismo religioso. Por lo tanto, hablar de Dioniso no es sólo hacerlo de un conjunto de mitos que expliquen el devenir de un dios, si no que también consiste en desenterrar y analizar elementos vertebrales de la cultura grecolatina: la destilación de un caldo alcohólico y sus consecuencias etílicas en el comportamiento de sus consumidores, la veneración de la fecundidad, y por ende de la sexualidad humana, la síntesis de la vida y la muerte recogidas en un mismo personaje como máximo exponente de ambas y la creación de la tragedia como derivación de su propio culto3. Pero no sólo Dioniso es un personaje más dentro de la religión politeísta clásica, es la figura central del orfismo, presentando al dios como único representante divino capaz de volver a la vida tras el despedazamiento a manos de los titanes4. Kerényi, además, asimila a Dioniso con Penteo, o Megapentes, el de los grandes sufrimientos, siendo un antecesor al Cristo pasionario y recogiendo el significado más grave del páthos griego.

Por lo tanto, el estudio de la figura de Dioniso se hace merecedor de las monografías de Detienne, Otto, Kerényi y Daraki sobre esta deidad de capital importancia para la cultura occidental. Insistiendo en que no sólo se le ha de atribuir la creación del vino para el gozo de los mortales, sino que su destilación y la espera de su aclarado regirían periodos bianuales5 en la Hélade que culminaban con las Dionisias. Tales elementos dionisíacos estaban íntimamente relacionados con la muerte y la resurrección, el sacrificio y el sufrimiento como modo de expiación que complementa el regocijo y alborozo de la distensión por la embriaguez de vino o de hidromiel. 

A pesar de tamaña amplitud de acción, el influjo dionisíaco se puede sintetizar a través de la obra Bacantes de Eurípides. Dioniso, hijo de Zeus y Sémele es el último dios en formar parte en el elenco de los Olímpicos, es el dios nacido dos veces. Sémele princesa tebana y amante de Zeus, presa de la influencia de Hera pidió a Zeus que se le apareciera con todo su esplendor divino, lo cual la hace morir instantáneamente carbonizada por el resplandor del aquél, imposible de ser visto como deidad por ningún humano. Embarazada ya de una unión anterior con el dios, Zeus consigue sacar de las entrañas de la mal parada Sémele a Dioniso como feto inmaduro y se lo inserta dentro de una incisión que se hace en el muslo, para que pudiera sobrevivir y terminar de desarrollarse. Una vez nacido y para escapar de la famosa ira de Hera ha de ser llevado a la remota isla de Nisa para que fuera criado por las ninfas que allí habitaban. Superada la infancia, este dios en ciernes tendrá que enfrentarse a una divagación que le llevará por numerosos lares, empezando así a fortalecer su influjo entre los seguidores que encuentre por su camino. Dioniso viajará a la oriental Tracia, y allí fundará su thyasos báquica que le seguirá hasta volver a Tebas, ciudad amurallada de la que su madre era originaria. 

La tragedia comienza a la vuelta a la ciudad materna, la cual no será fácil. Una vez que Sémele desapareció, el rey Cadmo, su padre, impone una omisión activa de la vida de ésta, pues la princesa estuvo embarazada fuera del matrimonio, dejando en entredicho la honra de su estirpe. Dada la avanzada edad de Cadmo, es Penteo, hijo de Ágave, hermana de Sémele, el que gobierna y el que tendrá que lidiar con Dioniso. El dios en su paso por Tebas da comienzo a la lucha que le caracterizó: la pugna por demostrar a los mortales ser hijo de un dios. Con esta finalidad hará uso de su poderoso influjo sobre su familia materna demostrando la limitada racionalidad de los hombres (personificada en un terco Penteo) y la pobreza de la ley escrita en comparación con la potencia de una deidad. Dioniso representa el poder de la vida (y la muerte) en la naturaleza, contra la que el hombre nada tiene que hacer. Este encuentro Dioniso-Penteo reproduce la confrontación entre el hombre humano y el divino, el racional y el espiritual, el griego y el extranjero, la masculinidad y la femineidad, pues la misandroginia del dios queda patente con la propia estirpe de Penteo: Sin debilidad por el sexo masculino, el dios con máscara de extranjero obliga al exilio el fundador del linaje, como sus hijas, Cadmo debe irse, y hasta perderse en medio de los bárbaros6.

Ni que decir tiene que fue Dioniso el vencedor en este enfrentamiento, pues consiguió dominar con el enthousiasmós a todas las mujeres tebanas, independientemente de su rango, y éstas a su vez se alejaron de las murallas de la ciudad para juguetear con las bestias en el bosque, sojuzgando así el medio hostil de lo salvaje y lo no civilizado. Penteo morirá a manos de su propia madre ciega por el influjo dionisíaco, y de esta manera se dará comienzo al culto del dios en la ciudad que vio nacer a Sémele, instaurando el respeto a la mujer cuya existencia había sido ocultada y al dios que hubo de demostrar su supremacía todopoderosa.

Pero Dioniso no era sólo el dios de las mujeres o lo femenino7, como es sabido; el principal ámbito en el que opera será el vino, aunque se considera el hidromiel la bebida etílica original en la que el dios ejercía una fuerte influencia8. El vino era especialmente venerado y respetado en la sociedad helena. Ya en Homero encontramos aportaciones literarias que ponen en boca de Zeus que el hijo de Sémele nació para alegrar a los hombres, obviamente por su relación directa con el vino: Y Sémele dio a luz a Dioniso, gozo para los mortales9. Dioniso es, pues, el dios del vino, del éxtasis, de la manía, el enthousiasmós, pero sobre todo de la ruptura con las convenciones sociales que hacen que la sociedad helena esté anclada en una segregación social y sexual. Las mujeres se encuentran recluidas en el gineceo, y los extranjeros, metecos y esclavos jamás podrán ser ciudadanos. Mientras, Dioniso con su capacidad de trasgredir las normas de la sociedad y la polis, consigue llevar a cabo lo impensable: liberar y dotar a las mujeres de un protagonismo inusitado, convirtiéndolas en ménades furiosas y piadosas a partes iguales. Furiosas con aquéllos con los que no profesan el respeto necesario al dios del vino, y piadosas con las crías de las bestias salvajes que ellas mismas amamantan y con las que vuelven al entorno natural en el que se asientan, dejando atrás la ciudad y a sus instituciones, normas y códigos: 

El mundo familiar en el que los hombres se habían instalado, seguros y cómodos, ya no está ahí. El alboroto de la llegada dionisíaca lo ha barrido. Todo se ha transformado. Pero no en un cuento amable, en un paraíso de infantil ingenuidad. Surge el mundo ancestral, las honduras del Ser se han abierto, las formas primigenias de todo lo creativo y destructor con sus infinitos dones y sus terrores infinitos se alzan trastocando la inocua imagen del mundo familiar perfectamente ordenado. No traen ensueño ni engaño, traen la verdad... una verdad que enloquece10.

Dioniso a su vez trasciende las convenciones de género, pues rescata a la mujer de la rueca y la dota de plena libertad, incluida una liberación sexual inusitada. Él mismo representa una versión afeminada del hombre griego, lo cual desencadena una ansiedad aún mayor entre sus detractores. Penteo en Bacantes desconfía del extranjero de piel pálida y formas femeninas que no ha pasado demasiado tiempo en el gimnasio ejercitando sus miembros y preparándose para la guerra, curtido al exponerse al sol y sin cortarse unos largos y rubios cabellos que, peligrosamente, pueden ser de un gran atractivo para los ciudadanos de Tebas: lleva una melena larga y perfumada de bucles rubios, de rostro lascivo con la atractiva mirada de Afrodita en sus ojos11. Gracias a la obra de Eurípides, nos encontramos ante el relato del enfrentamiento de un hombre, personificado en la figura de Penteo, con los temores más profundos de la sociedad griega. Dioniso ha rescatado a las mujeres de la ciudad, lo cual quiere decir que ahora no se encuentran sometidas a la voluntad masculina, y ejercen libremente actos por completo aberrantes. Esta libertad rompe bruscamente con la hegemonía del varón sobre el poder y el control social, y supondría la obligación de cambiar un orden ancestral en el que se ofreciera una serie de derechos y de garantías a la mitad de la sociedad. Por supuesto, Penteo se opone radicalmente a esta innovación y cambio, pero lo hace desde la impiedad y el rechazo al orden divino olímpico. El rey de Tebas ha de enfrentarse al desorden social creado por el extraño forastero y él mismo tendrá que desafiar a esta figura transgresora e insumisa que trasciende a la división masculino-femenino.

Por lo tanto se puede apreciar como Dioniso ofrece una subversión radical y completamente frontal contra las convenciones sociales y culturales helenas aunque no siempre ha sido un dios afeminado; hay representaciones en las cerámicas que lo retratan como un dios barbudo y masculino, pero a medida que van pasando los siglos sus formas se van redondeando y su condición de extranjero, que él mismo no oculta, hace que sea representado con las características de los griegos orientales, más refinados que los occidentales12. Posteriormente, Dioniso será simbolizado en el Imperio Romano como un hombre obeso, pues su ámbito rige una serie de aspectos que chocan con la moralidad itálica traducida como ausencia de autocontrol con la bebida o la comida.

Nos encontramos ante un dios y una tradición que ofrecen una perspectiva rompedora, transgresora con las instituciones sociales y con las normas de conducta. Dioniso hace que los ciudadanos se aparten de la polis para adentrarse en el bosque y que se fundan con la naturaleza. De un modo abrupto, y no sin derramamiento de sangre, hace que las clases sociales desparezcan y que todos bailen al son de la thyasós báquica, abriendo paso a que las clasificaciones de hombre y mujer, amo y esclavo, ciudadano y extranjero se despojen de valor alguno, pues se subliman los sentidos y se extreman las sensaciones a través del vino. Eurípides deja bien clara esta difuminación de convenciones sociales y familiares, a través de la figura de Penteo. El rígido y racional rey de Tebas sirve como chivo expiatorio para demostrar a toda la ciudadanía tebana que hay que respetar y venerar al dios y que no hay que oponerse a los designios de su tirso. Para lo cual hace que la figura más importante de la sociedad, el rey, libere a un extranjero encarcelado, se travista de ménade al ponerse la stolè dionisíaca13, y sea muerto por su propia madre. Todas las normas y convenciones sociales quedan invalidadas a golpe de tirso y al grito de ¡evohé!

 

Virginidad masculina: impiedad y subversión

Esta sección pretende recoger dos personajes de la tradición grecolatina que tuvieron una gran difusión en el imaginario colectivo, pero de una naturaleza menor en comparación con la deidad descrita anteriormente. Es importante dar cabida a Narciso e Hipólito en la trama de este estudio pues son testimonios culturales que ilustran la posibilidad de cuestionar la masculinidad con hombres cuyos comportamientos son impropios de su sexo. Como se podrá observar, estos personajes serán presentados como antipáticos y merecedores de un trágico final.

La sexualidad masculina, al ser un arma social de sometimiento de la mujer, releva la virginidad como fuente de poder cuando es ésta quien la ejerce, pues le concederá independencia y un respeto mayor por parte de sus homólogos varones. Las divinidades Atenea y Artemisa representan este elenco de diosas vírgenes. A pesar de que la segunda cayó alguna vez bajo el influjo del amor no dejó jamás que éste se antepusiera a su independencia; Atenea por su lado se presentó siempre como una diosa demasiado ocupada en su propia intelectualidad como para poder desarrollar tipo alguno de sentimiento romántico. Tanto es así que a lo largo de sus incursiones mitológicas suele optar por un papel protector, casi maternal, con sus más fieles devotos como el que ejerce sobre Odiseo.

Narciso e Hipólito son dos personajes masculinos también vírgenes que, a su vez, ofrecen dos tipos diferentes de virginidad, siendo el orgullo su nexo común. El primero rechaza a cualquiera de sus pretendientes, independientemente del género de éstos, mientras que el segundo aborrece al sexo opuesto de una manera activa.

Joven hermoso, amado tanto por los muchachos como por las doncellas, Narciso menosprecia los dones de Afrodita y se niega a dejarse poseer por quien lo ama. Desesperado al no poder alcanzar el objeto de su amor, su amante Aminias se suicida; según otra versión, es la ninfa Eco quien languidece de amor por él. Némesis —que tal vez es Afrodita—, o el dios Amor, se encarga de vengar a las víctimas. Sediento, Narciso percibe su reflejo en el agua de una fuente y se enamora de esa imagen, que él toma por otro joven distinto a él. Y es Narciso quien fracasa entonces al querer poseer a aquel a quien ama. Comido de desesperación, muere de amor o se ahoga en la fuente, y de su cuerpo, o de su sangre, nace la flor que lleva su nombre14. 

Este párrafo concentra el mito difundido por Ovidio con sus variantes. También podemos apreciar cuál es la clave de su desgracia. El hijo de la ninfa Liríope y del dios-río Céfiso evitaba cualquier tipo de intercambio amoroso, ya fuera con un hombre o una mujer, desdeñando así el influjo de Afrodita. Lo interesante de este relato es el poder y el desenlace del protagonista: Narciso rechaza a todo aquel que se enamore de él, pero sería especialmente peligroso el rechazar a una ninfa que pueda proporcionarle hijos. 

Por otro lado, el desdén hacia Aminias por parte del hermoso joven no pretende trasmitir condena alguna hacia un posible acto homosexual, ya que la sociedad helena era particularmente benévola con la bisexualidad masculina, sobre todo entre varones de edad diversa, como se ha podido ver con anterioridad. Dentro de la propia mitología, los amores homosexuales fructíferos suelen ser aquéllos en los que un dios o semidiós se enamora de un mortal (Apolo-Jacinto, Hércules-Hilas, Aquiles-Patroclo, Dioniso-Ámpelo). Mientras, aquí tenemos al hijo de una ninfa que rechaza activamente el cortejo de otra ninfa, por lo tanto no está agradando a un ser superior (un dios) ni está ofreciendo sus favores sexuales a otro hombre más maduro que él (Aminias), pudiendo adquirir algún tipo de formación, como sería el caso de Patroclo y Aquiles. 

Se podría afirmar entonces que la tradición ha castigado a Narciso, pues su afrenta a la sociedad sería la de evitar voluntariamente reproducirse y perpetuar su estirpe por pura arrogancia, la cual le impedía igualmente abrirse a mantener cualquier relación amorosa con un hombre o una mujer (según la versión de la tradición), mostrándose desconsiderado e incluso cruel con sus admiradoras y admiradores. Irremediablemente, Narciso tuvo que morir, aunque su historia será recordada, quizás como advertencia para aquéllos que posean una vanidad desmedida.

Otro personaje que la tradición nos ofrece como víctima de su celibato es Hipólito, hijo de Teseo y de la amazona Hipólita. La tragedia de Hipólito trasciende a los confines terrenales, pues se proyecta en el Olimpo como una lucha entre dos divinidades femeninas y diametralmente opuestas: Afrodita y Artemisa. Hipólito, al ser hijo de una amazona, no puede evitar sentirse empujado a ofrecer todos sus respetos y honores a la diosa Artemisa, pues aquéllas eran famosas por mantener un férreo celibato que sólo se rompía cada cierto tiempo para poder procrear y perpetuar su raza de mujeres guerreras. Pero que un joven y hermoso mancebo estuviera dispuesto a sacrificar su sexualidad en aras de una diosa que ayudaba mayormente a las mujeres, despierta la ira de Afrodita que no se siente venerada como le corresponde como diosa olímpica: Ninguno de los dioses venerados por la noche me agradan15. Cipris decide poner fin a la impiedad de Hipólito infundiendo un enamoramiento enfermizo a su madrastra, Fedra, al sentir ésta una atracción incontrolable hacia su propio hijastro, estando Teseo ausente. Este terrible influjo será el detonante de la revuelta que agitará el hogar del hijo de Poseidón16. 

Mientras que Narciso es víctima de una arrogancia debida a su vanidad casi adolescente, Hipólito rechaza abiertamente al género femenino y aborrece la unión carnal con una mujer: 

¡Oh Zeus!, ¿por qué has hecho que vivan a la luz del sol ese falso metal para los hombres, las mujeres? Pues si querías propagar el linaje mortal, no debías haber contado para ello con las mujeres, sino que los mortales, depositando en los templos bronce o hierro, o una cantidad de oro, adquirieran la simiente de hijos cada cual según el valor de su ofrenda, y vivieran en casas libres sin mujeres17.

Según Eurípides, en la única versión de la obra que nos ha sobrevivido18, Fedra confiesa el amor prohibido que siente a su nodriza y ésta, prometiéndole poder aplacarlo, traiciona la confianza de su ama y transmite el maldito mensaje a Hipólito, el cual, repugnado por esta noticia expresa abiertamente, y sin ningún reparo, el rechazo que le infligen las mujeres: 

(...) la mujer es una gran calamidad: pues el propio padre que las engendró y las crió les asigna una dote y las aparta de casa, como quien se libra de un gran mal. Por su parte, el que acoge en su casa a esta criatura funesta, se alegra de adornar espléndidamente esta calamitosa estatua y cumplimentarla con vestidos, desdichado de él, que dilapida la fortuna de su casa19. 

¡Así muráis! Nunca me saciaré de odiar a las mujeres, aunque alguien me diga que siempre repito lo mismo, pues también ellas son permanentemente unas malvadas. Así pues, o que alguien les enseñe a ser sensatas, o que se me de deje a mí arremeter contra ellas permanentemente20. 

Esta noticia esperpéntica lleva a Hipólito a desparecer hasta la vuelta de su padre, el cual invocará a Poseidón tras conocer dicha trama una vez que Fedra se haya suicidado. Ella deja una tablilla escrita en su mano en la que indica que tras la ausencia de Teseo, Hipólito ha intentado violarla. Con este testigo Fedra intentará que los hijos que tuvo con Teseo no sufran ningún tipo de represalia por su comportamiento reprobable.

La versión del mito de Séneca no difiere demasiado de la de Eurípides, aunque hay un matiz que generaría una desaprobación generalizada en la sociedad helena del siglo v a. C. Y es que algunos especialistas afirman que Séneca escribió su obra inspirado en la primera versión del tragediógrafo ateniense, en la cual Fedra confiesa sin intermediarios su hechizo de amor hacia el joven. Este detalle otorga un descaro mayúsculo a la obra, y en especial al personaje de Fedra, por permitir que una mujer exprese abiertamente una atracción condenable a ojos de la sociedad. Demasiadas transgresiones para el sexo incomprendido y oprimido de la Antigüedad.

Esta tragedia muestra la trascendencia que tiene la sexualidad masculina en la sociedad helena y la necesidad de mantenerla activa, sobre todo entre las clases dirigentes. Además, queda patente que la devoción a Afrodita debe ser respetada por parte de los hombres, mayor que hacia Artemisa. La cual, además de ser una de las diosas vírgenes, es una divinidad que asiste principalmente a las doncellas y las parturientas. Cada deidad tiene un ámbito específico y no se ha de ofender a los demás dioses omitiendo el respeto o profesando una devoción desmedida a la deidad equivocada.

En conclusión se puede afirmar que, a pesar que la tradición grecolatina recoge entre sus mitos todo tipo de personajes más o menos ortodoxos con las leyes de los dioses, las normas que éstos extendían sobre los hombres debían ser respetadas, pues ofrecían claves para una ordenación social eficaz. Se ha podido comprobar que la sexualidad era un poderoso activo político, pero también religioso, pues las deidades, masculinas y femeninas, eran definidas por su propio comportamiento. Además se refuerzan conceptos como dominación, autocontrol y raciocionio dentro del ámbito del género masculino, mientras que la pasividad y la irracionalidad son elementos eminentemente femeninos. Por lo tanto, para que una mujer pudiera ser respetada, debía mantener un férreo control sobre su sexualidad, ya fuera suprimiéndola (en el caso de las deidades femeninas más respetadas por los varones) o comerciando con ella (como ocurría con las hetairas). Sin embargo, el hombre no debía poner límites a los placeres sensuales, teniendo un amplio campo de acción, siendo premiado socialmente por sus devaneos o castigado por los dioses si decidía mantener una actitud casta y antinatural para los helenos. 

 

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Vernant, J. P. El universo, los dioses, los hombres. Anagrama, Barcelona. 2000.

Villena, L. A. Diccionario de Mitos Clásicos para uso de modernos. Gredos, Madrid. 2011.

VV. AA. Sexo, muerte y religión en el Mundo Clásico. Ediciones Clásicas, Madrid. 1994.

 

1

 Universidad Complutense de Madrid.

Contacto con el autor: glmolinaruiz@gmail.com

2

 Kerényi, K. pág. 100. 2011.

3

 Se considera en algunas escuelas el ditirambo dionisíaco como precedente a la tragedia ática.

4

 Esta reencarnación del dios se produce a través de la recuperación de su corazón, el cual puede encontrarse de nuevo en el concepto del Sagrado Corazón cristiano como máximo exponente del amor divino.

5

 Denominado culto trietérico.

6

 Detienne, M. pág 47. 2003.

7

 No en vano, el falo era el símbolo de la presencia de Dioniso, siendo las faloforías la celebración en la que se le rendía culto.

8

 Kerényi, K. pág. 39. 2011.

9

 Homero, Ilíada (XIV- 325).

10

 Otto, W. F. pág. 73. 2006.

11

 Eurípides, Bacantes (234-6).

12

 En el capítulo «Los griegos orientales» de la obra El Mundo Clásico, la epopeya de Grecia y Roma (2008), Fox nos ofrece un pormenorizado estudio del modo de vida de los griegos orientales, de como éstos fueron culturalmente más avanzados que sus coetáneos helenos y que sería en esta zona donde surge la filosofía y los nuevos metros poéticos, entre otras innovaciones.

13

 Es una vestidura de mujer, y quien la acepta está ya tocado por una ligera demencia. Primera alteridad. Detienne, M. pág 50. 2003.

14

 Bonnefoy, Y. pág. 1134. 2010.

15

 Eurípides, Hipólito (106).

16

 En esta tragedia se considera a Teseo como hijo de Poseidón, deidad que dará fin a la vida de Hipólito por expreso deseo de su padre, enviando un temible toro marino. Egeo también es considerado el padre de Teseo siguiendo la tradición del mito del Laberinto del Minotauro.

17

 Eurípides, Hipólito (617-25).

18

 Se da por aceptado que la tragedia que nos ha llegado hasta nuestros días corresponde a la que mayor éxito tuvo cuando fue presentada.

19

 Eurípides, Hipólito (627-35).

20

 Eurípides, Hipólito (664-9).

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