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EGM.
septiembre 2009 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 5, septiembre de 2009.

Los sueños, el cuerpo y los amores perdidos

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Jean-Marc Guillerme [*]

La vida de todo ser humano está sembrada de separaciones, de duelos, de pérdidas. Esto es banal, pero ¿qué permanece tras la pérdida?, ¿qué se deposita en el cuerpo, en el alma?, ¿dónde quedan sus huellas?

¿Qué se hizo de mis amigos
que tan próximos fueron
y tan queridos?
Ya son escasos.
Creo que el viento se los llevó.
El amor ha muerto.
Rutebeuf

Y sin embargo, paradójicamente, el amor está vivo. Lo femenino y lo masculino continúan conjugándose durante toda la vida.

He aquí dos sueños de la misma semana, surgidos en un contexto de aislamiento, de soledad. El que sueña es un hombre de Bretaña (Francia) que está de viaje en Brasil.

Sueño 1: Llueve. Mi cama está en el jardín de mis padres y de mis abuelos. Debo introducirla en la casa. En la planta de arriba, Flora está acurrucada en una cama pequeña, como protegida, y viste una combinación de lana gris. En la de abajo hay varios amigos reunidos que han descendido del primer piso a causa de la intensa lluvia. Una escalera oscilante lleva a ese piso. ¿Me reuniré con Flora sabiendo que quizás me rechace?

Sueño 2: Tomo parte en el interrogatorio de Sonia, en compañía de Justine, que es magistrada, y de dos policías (irregulares). Sonia puede ir a la cárcel, pero no lo sabe. Luego me paseo con Justine que me propone probar su coche de lujo e ir a cenar a su casa… De pronto, estoy en su cama. Por la mañana nos despiertan los ruidos de unos niños que juegan hablando una lengua extranjera. La hija de Justine viene a nuestra cama y juega conmigo a esconderse. Tiene los ojos como yo y me pregunta si soy su padre. No, estoy seguro, sé que Justine la ha adoptado. Entran después a la habitación mi tía Jeanne y la madre Robic, vestidas de negro, con su cofia bretona y la mirada oscura. Sentimos vergüenza de que nos vean. No sé si debo esconderme o afrontarlas. Justine, avergonzada pues, intenta hablar bretón para justificarse, pero la única palabra que sale de su boca es klasket, y luego hace un discurso incoherente con grandes palabras jurídicas y falsas. ¡De todos modos, mi tía Jeanne es sorda!

¿Cómo entender estos sueños en relación con el cuerpo? Pongámoslos en relación con las asociaciones y la elaboración del soñador.

En el primero, la lluvia es tan intensa que busca refugio en la casa de sus padres y de sus abuelos, en el “cuerpo familiar”, podríamos indicar. Se diría que lo invade la tristeza, que resbala por el cuerpo como la lluvia. Su objeto de deseo, Flora, está en la planta de arriba (¿en el pecho?), dormida, protegida, despreocupada; como ausente, inaccesible. Él está abajo, en la realidad, y en portugués (recordemos que está en Brasil), “realidad” puede oírse como “real-idade”, la edad real… y es que Flora es mucho más joven que él… ¿Y esa escalera oscilante? ¿Se mantendrá lo suficientemente derecha para llegar hasta la mujer y poseerla, o se caerá? Arriesgarse o renunciar, ése es su doloroso dilema. Se siente triste, con deseos de llorar, de lamentar este amor perdido, imposible. ¿Quién sabe si el deseo se despertará un día en la hermosa mujer? ¿Puede esperarlo o debe olvidarla para siempre? Sólo le quedan las lágrimas…

El segundo sueño gira en torno del juicio y de la vergüenza. En primer lugar, se aclaran algunas cuestiones. En cuanto al coche de “lujo” de Justine, en la realidad se trataba de un Citroën 2CV. Un día lo tomó prestado para pasarlo bien con una pareja de amigos, la policía lo detuvo por exceso de velocidad, pero, al ver la documentación de la magistrada Justine, se puso firme, le devolvió la documentación y se limitó a amonestarlo con amabilidad. Esta impunidad le pareció arrogante y le hizo sentir vergüenza. Y en cuanto a la palabra klasket, en el momento del sueño ignoraba su significado, pero luego recordó que cuando era niño oía a sus padres y abuelos hablar bretón, aunque su madre sólo lo balbuceaba (el estado republicano francés prohibía entonces el uso de esta lengua en la escuela; la vergüenza, el deshonor y los castigos caían sobre quien osara expresarse en ella). Klasket, en fin, significa búsqueda en bretón, como un guiño al buscador de sueños. Podría decirse que, tímida, dubitativa, la lengua bretona de su infancia está ahí. No ha muerto la lengua de sus padres.

En este sueño las mujeres son acusadoras e, implícitamente, acusadas. Justine es juez pero no respeta el proceso y hace al final una defensa mentirosa. La tía Jeanne es dura, de porte y mirada severos (¡sin embargo, cuando estaba recién casada solicitaba todos los días sexualmente a su marido, que ya no podía más!). En cuanto a la madre Robic, se decía que había colaborado con los boches y había sacado de ello una buena fortuna.

¿Es el soñador el padre de la pequeña por tener ésta los ojos como él? Lo piensa un momento pero luego lo descarta. Es una niña asiática adoptada por Justine. ¡Uf! Es inocente, por supuesto, pero al mismo tiempo está lleno de vergüenza. No sabe cómo esconderse de las mujeres de negro que lo escrutan.

Quien tiene vergüenza –escribe Jean Maisondieu (1983) – no espera nada de la justicia porque se siente condenado antes de abrir la boca, condenado a primera vista sin apelación. La palabra no aporta nada, la ley del silencio será su ley… Reducido al estado de objeto, es vaciado de la sustancia de su ser y, aniquilado, pierde la dignidad.

Corporalmente, la vergüenza conduce al soñador a girar la cabeza (comportamiento corriente en Bretaña para evitar la mirada), a bajar los ojos, a intentar esconderse de la vista de la madre dura (su tía Jeanne, madre de nueve hijos, aún considerada como una reina o una santa).

¿Amores perdidos? ¿Amores presentes? ¿Incorporados? ¿Eternos? En todo caso aquí el que sueña rinde homenaje a las mujeres amadas: en la realidad Flora lo despertó a la estética y a la gracia; Sonia lo formó en la sensualidad, en el mundo de los olores, en la libertad orgiástica; Justine lo hizo inteligente o, más bien, lo hizo confiar en su inteligencia. En el sueño Sonia y Justine hacen frente a la adversidad y Flora sabe protegerse: son posturas femeninas complementarias y salutíferas.

Los sueños están en el cruce entre lo psíquico, lo simbólico, y el cuerpo. Por tanto, hablan también de éste. El cuerpo del sueño habla con frecuencia del cuerpo del soñador.

Con esta hipótesis, ¿cómo podríamos explorar estos sueños en el cuerpo de este hombre? “No interpretéis –decía Deleuze– experimentad las combinaciones”…

En cuanto al primero, el soñador ganaría seguramente si abriera “la caja de las lágrimas” (garganta, pecho y ojos) –tanta es su pena y su desesperación–, para gemir, para dejar emerger la ola de llanto y de nostalgia. Abrir la respiración y quizás restaurar la vibración en la pelvis. ¿Llorar este amor sublime? ¿Renunciar finalmente a lo imposible? ¿Soñar con un posible futuro? Llorar y renunciar le haría bien, aunque le tocaran en su narcisismo.

Sobre el sueño segundo, debe hacer frente, levantar la cabeza, ponerse derecho, salir de la postura de vergüenza, dejar emerger las emociones reprimidas (con toda seguridad existirá en él una rabia anal) bien sea de pie o tumbado… Todo eso le permitirá liberarse de una forma de resignación masoquista grabada en el sueño y reconquistar la dignidad frente a la pesada oscuridad de su historia.

Podríamos también decir que el sueño revela con frecuencia las huellas del carácter del que sueña, y en estos dos están presentes las formaciones narcisistas y masoquistas del soñador.

El sueño puede verse asimismo como un teatro, como una puesta en escena dramática y lúdica a la vez, con movimiento (repliegue, ascensión, ocultación), voces y miradas cargadas, posturas, cuerpos que interactúan, emociones fuertes (miedo, tristeza, vergüenza, placer), regresos a la infancia (el jardín de los descubrimientos y de los trabajos, la casa de la infancia y de los bombardeos, las oscuras miradas –“sin piedad”, se decía– de la abuela y de la tía Jeanne)… Un pasado reactualizado, reinventado, transformado alegóricamente en una esfera de sensaciones y sentimientos.

Estos amores perdidos se incorporan al cuerpo en la garganta cerrada y la cabeza agachada. El rechazo de las emociones asociadas impide al sujeto respirar libremente y sentirse feliz con estos hermosos encuentros de amor. Los sueños revelan la riqueza de esos amores y las huellas que su pérdida dejan en el fondo del corazón, en las neuronas sin duda. Al mismo tiempo, permiten sentir esas huellas y poner en escena una dramaturgia corporal de los sentimientos.

Quizás, incluso, cuando se elaboren energéticamente durante la terapia, nos permitan purificar los miasmas dejados por nuestros amores, reencontrar la belleza de los cuerpos amados, la emoción verdadera, y rendir homenaje a la mujer y al destino.

En suma: llevamos con nosotros nuestros amores…, a menos que sean ellos los que nos lleven.

Y cada vez los amores muertos
no acaban de morir.
Y cada vez las hojas muertas te traen a mi recuerdo

Serge Gainsbourg

Título original: Les rêves, le corps et les amours perdus
Traducción: Antonio Fernández Montoya

Notas

[*] Apunte biográfico (por Antonio Fernández Montoya)

Jean-Marc Guillerme es psicoterapeuta en análisis bioenergético y miembro de la Facultad –órgano que agrupa a los profesores internacionales– del Instituto Internacional de Análisis Bioenergético. Reside y trabaja en Bretaña.

Con formación y práctica psicoanalítica durante muchos años, fue después uno de los primeros analistas bioenergéticos europeos, corriente terapéutica en la que fue discípulo de Alexander Lowen, su fundador. El análisis bioenergético, que tiene sus orígenes en Wilhem Reich, considera que el cuerpo del paciente ha sido modulado por tensiones musculares crónicas que ejercen un papel defensivo frente a los conflictos y emociones rechazados, creando una coraza (o cortes), que impiden el flujo de la corriente vital –energía– y que, según sea su origen, el momento de su cristalización y donde se localicen, dan lugar a los distintos caracteres neuróticos.

Está reconocido como uno de los mayores conocedores de la técnica de lectura corporal –que relaciona el cuerpo y el carácter– y, sobre todo, es un apasionado de cómo los sueños y el cuerpo del soñador interactúan, pasión que le hace dar un enfoque inusual tanto a la interpretación de los sueños como al proceso terapéutico total.

De personalidad original y extraordinariamente rica, ser alumno o paciente suyo es una aventura que deja una profunda huella.

 

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