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EGM.
marzo 2016 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 18, marzo 2016.

La visión europea de Granada en el crepúsculo de la Edad Moderna

Nuria Martínez Jiménez
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Nuria Martínez Jiménez1 

 

Resumen. Desde que Herodoto describiera el Mundo Antiguo a través de su geografía y de las narraciones históricas, los relatos de viajes han sido una constante e inagotable fuente de información para aquellos que decidían emprender una travesía y para quienes deseaban aprender a través de ellos. En ese sentido, la literatura de viajes constituye un interesante punto de partida para el conocimiento profundo de los cambios acontecidos en Granada durante el Quinientos. Por consiguiente, a lo largo de este texto se abordarán las líneas más significativas legadas por los viajeros que pasaron por la ciudad en dicha época, con el fin de atisbar las modificaciones urbanas y culturales de la sociedad granadina en los albores de la modernidad.

Palabras clave: viajes, literatura de viajes, Munzër, Granada, Alhambra, siglo XVI

Abstract. Since Herodote wrote about the Ancient Age through geography and historical events, the travel books have been an essential source to whoever wants to travel or learning about them. According to this idea, the travel literature is an exceptional source to get a deeper knowledge about the importance of advances in Granada during the 15th century. As a result, this text will deal with the most relevant points wrote by the travelers who visited Granada in that moment, to show the urban area’s changes connected to the new cultural and social perception from the Grenadian people at the beginning of the Modern Age. 

Keywords: travel, travel literature, Munzër, Grenade, Alhambra, 15th century

 

Ilustres visitantes en la Granada del Quinientos

Tras la conquista, Granada se convirtió en un excepcional polo de atracción para aquellos que querían atestiguar la transformación de la singularidad y belleza del último bastión musulmán de Europa, en la joya de la corona de la Monarquía Católica. 

Entre los viajeros que llegaron a Granada destacan grandes personalidades como Jerónimo Munzër2. Doctor en medicina por la Universidad de Pavía y residente en Nüremberg, en 1494 emprendió un viaje que lo condujo a Italia, a España, donde estuvo desde el 17 de septiembre de 1494 hasta el 9 de febrero de 1495, y a Portugal. Su relato se convierte en una excepcional fuente de información por la minuciosidad de sus descripciones. En ellas destaca la admirable convivencia de tradiciones y costumbres musulmanas con los nuevos aires castellanos, materializada en la coexistencia de los entramados y las arquitecturas de aquéllos y la proliferación de las nuevas construcciones, imprescindibles para llevar a cabo el ambicioso plan de reformas políticas, económicas, sociales y culturales impulsado por los Reyes Católicos. 

La mayoría de los relatos de viajeros europeos en los que aparece citada la ciudad fueron realizados, sin embargo, por diplomáticos o embajadores que trabajan al servicio de las cortes reales y del Papado, y su objetivo prioritario era documentar los itinerarios frecuentados por las autoridades de los nuevos Estados Modernos, a través de minuciosas descripciones salpicadas por historias y tradiciones.

Uno de los primeros textos conocidos es el de Antonio Lalaing, señor de Montigny y champelán del rey, que vino junto a Felipe «el Hermoso» en su segundo viaje a España en 1506 y el historiador florentino Francisco Guicciardini, embajador de su Señoría que estuvo en Granada en 1512. En el texto de Lalaig, se manifiesta la admiración por la Alhambra, pero sobre todo se advierte del peligro de la manutención de las costumbres moras, apelando a la necesidad de la unificación de la población bajo la religión cristiana. 

La visión más detallada de la ciudad la ofrece Andrea Navagero en su viaje de 15233, patricio de la República de Venecia que fue enviado por el Papa Adriano VI para que, tras la guerra de las Comunidades en Castilla, el Emperador se uniera a la Liga. En ella, no sólo realiza una pormenorizada descripción de la ciudad, sino que también narra los episodios más relevantes de la Guerra de Granada y menciona distintas personalidades que encuentra a su paso.

En la siguiente década Gaspar Contarini, embajador de la República de Venecia, en 1525, y Juan Dantisco, encargado de testimoniar la presencia del Emperador Carlos V e Isabel de Portugal en Granada entre julio-diciembre de 15264 atestiguan el momento de máximo esplendor de la ciudad. Por ello, destaca la escasa atención prestada a la descripción urbana por cuanto la repercusión de la fascinación suscitada por la urbe a los emperadores se plasmó en una serie de encargos arquitectónicos, como el Palacio de Carlos V, que convirtieron a Granada en el paradigma de la introducción del arte del Renacimiento en España.

De mano de estos relatos asistimos a un cambio en la perspectiva de la ciudad. Si bien los Reyes Católicos y Carlos V quisieron hacer de Granada la joya de la corona, en los últimos años del emperador y, sobre todo, durante el reinado de Felipe II, el peso de la ciudad se redujo motivado en gran parte por los problemas sociales relacionados con la población morisca. 

Por otra parte en la segunda mitad del siglo, los sucesos acaecidos en el panorama nacional e internacional en relación a la monarquía hispánica influyeron en los objetivos de los viajeros, que dejaron a un lado las descripciones y las narraciones históricas y culturales, para centrase en la recopilación de información relevante de los distintos territorios para la consolidación de la nueva monarquía, cuya capitalidad se estableció en Madrid. Todo esto se refleja en las referencias sobre Granada halladas en Los diarios de viajes de Carlos V recopilados por Juan de Vandenesse, quien también recogió los de Felipe II, iniciando así la serie de Relaciones de Viaje del Rey que continuaron Federico Bodoaro en 1558 y Leonardo Donato5 en 1573, quien vino a «dar a entender cual sea el ánimo de los vasallos de su majestad católica en España y los trabajos que en ella se encuentran»6. 

Finalmente, Enrique Cock en sus Anales de 1585 y Camilo Borghese en 15947 se concentran en hacer referencia a Granada en los libros de cuentas y en las cuestiones administrativas, manifestando así la progresiva decadencia de la ciudad reflejada en las escasas referencias de los viajeros.

 

La imagen de Granada desde la perspectiva de los viajeros europeos 

A pesar de la trascendencia de la toma de la ciudad el 2 de enero de 1492, en la atmósfera granadina de la primera mitad del siglo XVI se manifiesta una extraordinaria convivencia en los distintos grupos sociales que llegaron a la ciudad: cristianos viejos, nobles y eclesiásticos junto a la incipiente burguesía, y los que se mantuvieron en ella: mudéjares de zonas aledañas y musulmanes —primeramente moros y, tras su conversión, moriscos—. 

Esta armonía aparente y la singular pervivencia de las tradiciones musulmanas atrajeron la atención del humanista Jerónimo Munzër en 1494. Gracias a su relato es posible conocer la pervivencia de las murallas y el predominio de las calles estrechas; cubiertas en ocasiones por tejados que interconectaban casas pequeñas, cuya fachada parecía sucia pero cuyo interior estaba extraordinariamente cuidado.

En esta atmósfera, el doctor no dudó en visitar los edificios más significativos: las mezquitas. Las Capitulaciones habían ofrecido a los antiguos pobladores la posibilidad de mantener sus costumbres tres años por lo que las mezquitas continuaron su funcionamiento. Había «más de doscientas»8 encaladas de «blanco con riquísimas lámparas»9, pero entre todas ellas destacó la de la ciudad del Albayzin10 y la Mezquita Mayor «un templo hecho con una riqueza extraordinaria»11. También subrayó la efectiva organización del mercado dividido en oficios que se cerraban al final de la jornada, junto a un elenco de edificios necesarios para el correcto funcionamiento de la ciudad.

Con todo, fue la majestuosidad de la Alhambra la que cautivó al viajero que escribe «no creo que haya cosa igual en toda Europa. Todo está tan soberbio, magnífica y exquisitamente construido, de tan diversas materias, que lo creerías un paraíso»12. En su visita el Alcaide de la Fortaleza, el Conde de Tendilla, le acompañó por palacios y jardines, mostrándole los baños cuidadosamente decorados al igual que las bóvedas y techos; y los patios que «son de tan peregrina ornamentación, de tal abundancia de agua, con tanto arte conducida por doquier, que es imposible concebir algo más admirable»13. 

En este clima de convivencia cultural el viajero no dudó en asistir también a distintos ritos para presenciar y relatar las tradiciones y costumbres musulmanas de la ciudad recién conquistada. Destaca las llamadas a la oración y el ceremonial del interior de las mezquitas donde «los moros rezaban sus oraciones arrodillándose [..] besaban la tierra, dabanse golpes en el pecho e impetraban a Dios la remisión de sus pecados»14. Un ritual multitudinario, sobre todo los viernes, al que acudía gran afluencia de fieles «al igual que nosotros en los templos parroquiales»15. También perviven los ritos funerarios en los cementerios, «tan grandes y bien dispuestos que causan maravilla»16. 

Otros factores que le llaman poderosamente la atención están relacionados con las mujeres cuya indumentaria destaca por su riqueza. Menciona en especial la existencia de un harén en los palacios reales o el ritual de los baños y, sobre todo, la poligamia característica de los matrimonios musulmanes matizada por la existencia de «moros honrados (que) se contentaban con una sola mujer y se avergüenzan de tener muchas»17. 

A pesar de que estas prácticas resultarían incomprensibles se muestra la honradez de la población musulmana, cuya actitud de recogimiento y lealtad quedan sugeridas en la contradicción que menciona el viajero alemán cuando dice que los musulmanes 

colocan su paraíso en los placeres de la vida, de la bebida, en los vestidos y en el amor, en la música y en los goces carnales, tal y como dice el Corán; pero, por otro lado, se privan de placeres de la vida y acusan a la ociosidad de ser la culpable de todos los males, por ello cuando terminan las oraciones vuelven a su trabajo18.

Paralelamente, se estaban iniciando las modificaciones urbanas precisas para adaptar la ciudad a los tiempos modernos. En ellas se encuentran los ensanches en las calles, el derribo de casas, la creación de mercados y la transformación de algunas mezquitas en iglesias como es el caso de la mezquita de la Alhambra que acogía la iglesia de Santa María o la iglesia de San José. Junto a la construcción de nuevos edificios19. Todo ello gracias a la concesión de una décima parte de las rentas del reino a la Ciudad para que edificaran templos como la iglesia catedral en la Alhambra, la mezquita y el monasterio de San Francisco, el de San Jerónimo, el de Predicadores de la Orden de Santo Domingo, el de Santa Cruz y el de los frailes del Espíritu Santo20. 

Empero esta idílica convivencia presentaba fracturas que se descubrieron en un levantamiento que, aunque fue rápidamente sofocado, germinará pocos años después en la ciudad del Albayzin. 

Pese a los intentos integradores del arzobispo Talavera, los musulmanes habían dejado de asistir a cabildos, se acrecentó la presión religiosa con la llegada de Cisneros y el aumento de los impuestos era insostenible; por ello cuando Lalaig, años después, expone el levantamiento del Albayzin de 1499 puntualiza que los musulmanes «lo hicieron no tanto por amor a su Creador, como por temer el perder sus bienes»21. Todo ello concluyó con la conversión forzosa de 1501 y la pérdida del poder político de las instituciones islámicas. De este modo, la convivencia da paso a la aculturación reflejada en 1501 con la quema de coranes en Bibrambla, y la implantación de parroquias cuyo objetivo principal era controlar y reprimir la religiosidad.

Como resultado de este viraje se agilizaron las reformas políticas, sociales, económicas y culturales con el fin de homogeneizar la población en la religión cristiana. Lo cual condujo a la urbe a un proceso de transformación sin precedentes que la consolidó como un insólito foco de atención para los viajeros, ávidos testigos de una época excepcional.

Para la introducción de innovaciones urbanas, artistas y artesanos se valieron de la tradición de la ciudad para gestar un extraordinario paisaje en el que la arquitectura mudéjar se convierte en la materialización procesual de esa coexistencia. En efecto, se aprovechó hábilmente la base constructiva, técnica y organizativa musulmana para implantar un programa cultural que, no solo integró a la población morisca, sino que además instaló un escenario capaz de garantizar los valores morales e ideológicos de la recién asentada sociedad castellana.

Acorde con esta idea desde la descripción de Lalaig en 1512 ya no se encuentran moros, sino moriscos e «iglesias a la manera morisca, bastante bellas y las llamaban mezquitas, cuando eran mahometanas»22 como las de Nuestra Señora y de Santa Cruz, localizadas sobre las dos mezquitas principales de la ciudad.

A través de los escritos de los viajeros en las primeras décadas de la centuria se deducen cambios sustanciales como la retirada de parte de la muralla. 

Con todo, se mantiene el esplendor del conjunto de la Alhambra, que Lalaig describe como «uno de los lugares mejor trabajados que haya en la tierra [...] no hay rey cristiano, cualquiera que sea, que esté tan bien alojado a su gusto»23. La Alhambra continua percibiéndose como castillo fortificado prácticamente inalterado en cuyo interior hay viviendas. En su perímetro se encuentran levantadas las murallas y en el interior brillan los mármoles de los palacios de los reyes y de los patios como el de Comares y otro donde «hay una bellísima fuente que, por estar formada de varios leones que echan agua por la boca, da nombre e este sitio»24. Todo ello, logrado gracias a «labores moriscas excelentes»25.

A pesar de la cercanía, Lalaig realiza la única referencia explícita al Generalife «cuyos jardines y aguas son lo mejor que he visto en España»26. Sin embargo, no son los únicos palacios de los moros que se mantienen en pie en la ciudad, muchos ocupados en ese momento por la nobleza castellana. Navagero enumera: Daralarouza, Daralbaida, Daralaid, Guialhanif, Alisares, Asuares de Ainadama... lugares excepcionales que continúan cercados por las murallas cuyas puertas mantenían su nomenclatura como Bibalmazan, Bibatuaven, Bibarambla y Bibaelvira, su función y la simbología tal y como relata Dantisco cuando las encuentra cerradas a su llegada con el Emperador «porque es costumbre que los reyes antes de entrar juren guardar los privilegios concedidos por sus antecesores»27.

Pese a la perfecta la división urbana, definida por el curso del Darro, en el Albaicín y la Alcazaba se mantienen las tramas estrechas y sinuosas que caracterizan las ciudades musulmanas pues «los moros acostumbran a vivir estrechos y apiñados»28. En ambas discurre fluidamente el agua, pero es en la ciudad baja donde se concentran las grandes transformaciones destacando la culminación de los ensanches de la calles Elvira y Zacatín, en contraposición a la Alcaizeria, zona comercial de calles estrechas donde «los moriscos venden seda y multitud de baratijas»29.

Entre las construcciones cristianas destaca la iglesia de Santa Isabel y sobre todo la catedral que se está edificando, junto a una capilla donde se encuentran los sepulcros de los Reyes Católicos, Felipe el Hermoso, el príncipe Juan, conjunto cuya relevancia será señalada por la mayoría de los viajeros que acuden a la ciudad en años posteriores. 

Otras construcciones en curso especialmente distinguidas en la segunda década del siglo XVI son el monasterio y la iglesia de San Jerónimo, patrocinada por María Manrique, viuda del Gran Capitán, gracias a una merced de Carlos V, el hospital llamado del Arzobispo, porque este lo administraba y el monasterio de los cartujos. Conjuntos, que incorporarán los nuevos aires renacentistas consolidados en la ciudad tras la visita del Emperador gracias a la proliferación de artistas foráneos y extranjeros (sobre todo italianos) que llegaron a Granada para participar en el ingente programa de reformas.

En cuanto a la percepción de la integración social, el temor a la minoría morisca se incrementa paulatinamente y son continuas las advertencias a los monarcas como la de Francisco Guarccini quien ensalza la deshonra y descredito de los territorios ocupados por los moros; una visión que contrasta con la de Navagero que sugiere cierta melancolía cuando describe la ciudad. Cuando constata la pervivencia del modo de vida musulmán dice que 

hay casas de moriscos, son pequeñas pero todas tienen agua, rosas, mosquetas, arrayanes y son muy apacibles, mostrando que la tierra era más bella que ahora cuando estaba en poder de los moros, al presente se ven muchas casas arruinadas y jardines abandonados, porque los moriscos más bien disminuyen que aumentan, y ellos son los que tienen las tierras labradas y llenas de tanta variedad de árboles30. 

También indica que los moriscos mantenían el uso de su propia lengua; pocos quieren aprender castellano y los españoles tampoco parecen dispuestos a ello. 

En definitiva, a través de los ojos de Navagero se asiste a un periodo de decadencia donde se evidencia la escasez de medios económicos, la despoblación de aquellos grupos que antes habían contribuido al ennoblecimiento urbano. Por otra parte, desde el punto de vista político y urbanístico la visita imperial de 1526, marcó un hito en la historia de la ciudad pues, aunque los emperadores no volvieron, establecieron una serie de pautas políticas y también arquitectónicas que motivaron la consolidación definitiva del arte del Renacimiento en Granada; no obstante la instauración de la Inquisición acrecentó los problemas sociales, dando lugar a una serie de actos violentos que afianzan el fracaso de la convivencia y que indican los viajeros. 

Los actos de rebeldía ya habían sido mencionados por Lalaing cuando citaba los hechos maliciosos de los convertidos; y también por Navagero, cuando señala que los cartujos debieron cambiar su monasterio por el temor a asesinatos por parte de los moriscos. Sin embargo, en la segunda mitad de la centuria, los acontecimientos se precipitan. La presión católica se acentúa desde el punto de vista nacional y local (la reorganización del espacio público rompe con la propia estructura social, la aculturación de la población musulmana...) a lo que se ha de sumar la presión internacional por la amenaza turca durante el reinado de Carlos V y, sobre todo, de Felipe II. Todo esto culminará con la Guerra de las Alpujarras en 1568 tras la cual se expulsará definitivamente a los moriscos.

En 1570, Dantisco relata que antes de la Guerra, en Granada había entre 130 y 140 mil moriscos31 que habían mantenido sus costumbres gracias a los pactos conseguidos tras la conquista. Sin embargo, las Capitulaciones tenían una duración determinada por lo que necesitaron asumir la nueva religión si querían mantenerse en Granada. Por consiguiente, muchos de ellos para seguir gozando de los bienes fingieron convertirse y mantuvieron su ánimo, religión mahometana, su lengua, baños, poligamia y su manera de vivir32. Además, quedaron agrupados en la fortaleza del Albayzin que se había convertido en una especie de berbería en la que se disponían las cuevas habitadas por los moriscos.

A finales de los años 60 la situación se hizo insostenible por la presión política, cultural y económica impulsada sobre todo por la Iglesia cuyas «rigurosísimas recaudaciones [...] turbaban la quietud y la pobreza de aquellas gentes con muchas vejaciones»33. 

Como resultado, se inició una rebelión que se extendió por las Alpujarras, cuyo esfuerzo y coste fue mayor de lo esperado y que concluyó en 1570 con la muerte de 40 o 50 mil34 y la marcha de «todos de Granada, tanto sublevados como pacíficos […] privándolos de bienes y expoliando el reino, una acción terrible pero saludable para toda España»35. De esta forma desalojaron a los enemigos naturales evitando cualquier contacto con los moriscos de Murcia, Valencia, Aragón, e incluso de los hugonotes de Francia. 

Así pues, Donato constata como en la segunda mitad del siglo Granada dejó de ser la joya de la corona, símbolo de la integración tras la victoria en la cruzada contra el Islam, para convertirse en un lugar cuya idiosincrasia social se percibía como un escollo que debía ser salvado. Por ello, al igual que el resto de viajeros que tratan Granada a lo largo del siglo, implora la existencia de centros administrativos como la Capitanía General del Reino, la Chancillería y sobre todo la Inquisición para mantener el orden y la unidad en la religión cristiana gracias al apoyo de la nobleza y de la Iglesia que para mantener sus beneficios «empleará humano interés y la vigilancia suya en la conservación de la causa divina»36.

 

Conclusiones

A lo largo de este texto se han intentado dar algunas pinceladas sobre las transformaciones de Granada en el siglo XVI a través de las plumas de los viajeros europeos.

Gracias a su mirada ajena, se percibe la evolución de una urbe que los asombró por su exotismo y la singularidad de su entramado urbano, su arquitectura y sus gentes; todo un paradigma de convivencia entre la cultura que forjó su esencia y los nuevos aires castellanos y europeos que la condujeron a la modernidad. 

En este sentido, destaca el hecho de que cuando los viajeros describen la ciudad centran su atención en la persistencia de las tradiciones y culturas musulmanas cada vez más concentradas en la parte alta del Albayzin, que coexistían con las maravillas arquitectónicas que se iban realzando. Sin embargo, el exotismo y la fascinación que encandilaba a los viajeros de las primeras décadas se fue difuminando junto con la relevancia de la ciudad en el escenario español y europeo del siglo XVI. Todo ello, evidenciado en la disminución de las estancias y descripciones y coincidiendo con el cambio de paradigma urbano gestado en el Concilio de Trento (1545-1563), cuya prioridad era crear una ciudad trascendente cristiana donde la religión católica impregnara cada segundo de la vida de los fieles. 

En definitiva, a través de estos ojos ávidos de conocimiento y fascinados por el patrimonio material e inmaterial de una vasta cultura que se diluía en la ruinas de la ciudad, es posible acercarnos a una urbe cuya belleza y esencia transcendieron los límites geográficos reflejados en los diarios de los viajeros europeos, testigos excepcionales de un periodo sin igual.

 

Bibliografía 

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SORIA MESA, Enrique. Los últimos moriscos: pervivencias de la población de origen islámico en el reino de Granada (siglos XVII-XVIII). Valencia: Universidad de Valencia. 2014.

 

1

 Departamento de Historia del Arte. Universidad de Granada.

Contacto con la autora: nuriamj@correo.ugr.es

2

 GARCÍA MERCADAL, Viajes de extranjeros por España y Portugal. Madrid: Ed. Aguilar. 1952. pág. 64.

3

 Ib. pág. 835.

4

 Ib. pág. 835.

5

 Ib. pág. 1185.

6

 Ib. pág. 1214.

7

 Ib. pág. 1484.

8

 Ib. pág. 354.

9

 Ib. pág. 365.

10

 Ib. pág. 355.

11

 Ib. pág. 354.

12

 MUNZËR Jerónimo. Viaje por España y Portugal. Reino de Granada. Granada: Ed TAT. 1987. pág.39.

13

 GARCÍA MERCADAL, José. Viajes por España, pág. 354.

14

 Ib. pág. 352.

15

 Ib. pág. 356.

16

 Ib. pág. 355.

17

 Ib. pág. 365.

18

 Ib. pág. 364.

19

 MUNZËR Jerónimo. Viaje por España… pág. 60.

20

 GARCÍA MERCADAL, José. Viajes por España, pág. 367.

21

 Ib. pág. 475.

22

 Ib. pág. 474.

23

 Ib. pág. 475.

24

 Ib. pág. 854.

25

 Ib. pág. 854.

26

 Ib. pág. 854.

27

 Ib. pág. 805.

28

 Ib. pág. 856.

29

 Ib. pág. 857.

30

 Ib. pág. 859.

31

 Ib. pág. 1213.

32

 Ib. pág. 1212.

33

 Ib. pág. 1213.

34

 Ib. pág. 1212.

35

 Ib. pág. 1214.

36

 Ib. pág. 1216.

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