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EGM.
marzo 2010 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 6, marzo de 2010.

La literatura es una tortuga que se acerca al final de un trampolín

Sobre Juan Andrés García Román, El fósforo astillado, Madrid, DVD, 2008.
Juan José Ramírez
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Lector, quiero invitarte a leer un libro interesante. Un libro de tu tiempo, sin podredumbres ni chabacanerías. Un libro al que le cuadra el adjetivo lírico y desde cuya lírica se ostenta un pensamiento lúcido, sin cinismos y atrevido.

El libro del que hablamos es del granadino Juan Andrés García Román, se titula El fósforo astillado, es ganador del Premio de Poesía Hermanos Argensola 2008, del Ayuntamiento de Barbastro. Edita DVD en octubre del mismo 2008.

Aquí tienes un libro jubiloso, angélico, amoroso. Un libro de minas de luz y burbujas de infancia. Un libro con preguntas de charol en calcetines, con piñatas, confetis, cumpleaños. De claridad de pájaros, pianos y sopranos.

¡Este es el libro más lúdico que vas a leer en tu vida! Todo está escrito con lápices de colores, cada cadencia es un aria, y sin inflarse: leve, sutil, delicada.

Sus tonos líricos, de cabo a rabo, son sorprendentes porque se tienen, por método, en una invención continuada: una metáfora que se abre en otra, que a su vez gira con girasoles que no se apagan. Incluso en las fracturas se hallan luces:

Coge un fósforo, rómpelo en siete tramos,
coloca esos tramos separados por una cierta distancia en zigzag como la raya discontinua de una carretera o una fila de hormigas: huellas que sacan el concepto de fósforo de su interior, huellas que llevan a cuestas, como miga de pan, la idea de fósforo y la conducen a otro uso y por tanto a otra esencia. Una redención –piensas.
Porque lo has roto y sin embargo lo has creado:
has encendido fósforo.

Pues éste es nuestro tiempo: edad de lo crítico y de las grietas, de las grandes palabras venidas abajo, resquebrajadas sus ruinas, náufragas de alguna metafísica que ya no atañe a la realidad que vivimos y que, aún así, nos bloquea con su lenguaje las realidades más nuevas que están por parirse. Porque un lenguaje esconde ratoneras alevosas:

Y la felicidad, la muerte, la tristeza:
todos los grandes conceptos o temas quisieran irse y dejar a solas la mirada,
desaparecer.

O:

El guión sólo hablaba de “amor entre las almas”, de afinidad, de “verdadero” amor.

O:

El mundo no tiene paredes físicas ni abismos: tiene zonas que empiezan a carecer de significado.

O:

Querías que llegara con un poema en el que fuéramos felices

Soñar con un poema en el que fuéramos felices no es sino decir al revés que, fuera de los poemas, en la vida real, en el mundo un tanto inmundo en que vivimos no somos felices. Porque vivimos un mundo que es como cárcel:

Cortinas y más cortinas. Los presos sueñan con que se levante un viento capaz de alzar y hacer volar todas las cortinas

Escribe en alguna parte:

Las constelaciones son pinturas rupestres
en el techo de la caverna,
osos guardianes para que nadie escape
con su botín de imágenes y vuele hasta alcanzar la libre asociación
[…]
Osos que deambulan entre los universales como en un atestado juego de disfraces.

Fragmentos emparentados de filiación platónica que fácilmente nos permiten identificar cortinas y constelaciones con ese “amor entre las almas”, amor “verdadero”, “universales” y demás ruinas de la ideología en que vivimos. Sin embargo, este peso de palabras muertas –con todas las acciones, rutinas, con todo el sistema que apareja–, estos osos deambuladores y guardianes no parecen poder ser removidos por la propia acción de los presos, a los que vemos sentados, en esa espera de un viento que supla su inactividad, un motor externo que vuele la capa de polvo que está comiéndonos el cerebro.

Hay, pues, un obstáculo o una herida históricos (es decir: comunes a cada individuo) que necesitan ser superados. Y la solución se presenta de manera disyuntiva en el poemario: un camino toma el propio lenguaje como medio (una semiosis entusiasmada) y otro será la acción “extraliteraria”. La herida u obstáculo se identifica así:

El payaso de Macdonalds es Robespierre después de sus afeites,el camaleón puede cambiar de sonrisa.

En otro lugar (¡increíble!):

Metí la mano en la pantalla, escarbé entre las bandas de la carta de ajuste, como arena o tiza molida de colores, y desenterré una calavera:
la calavera del speaker, la de la objetividad.

La solución que hemos llamado, bromeando, extraliteraria sería como sigue:

-Escúchenme, señores: para recibir propina el pobre extiende su palma.
Para dar propina el rico pone una moneda sobre el dorso de la mano y la extiende.
[…]
Pidan revolución y no propina,
porque las monedas se caen al suelo por la llaga de la cruz.

Revolución es la palabra que asusta al filisteo –a lo mejor a ti, lector–. Es la palabra que adhiere a los libros el adjetivo omnímodo, el que demuestra profundidad en la lectura, sabiduría crítica, ciudadanía y carrera: “panfletario”.

Pero el fatuo lector, el crítico huero, el alegre poeta –qué tres redundancias, sumemos: el calcáreo profesor universitario– no se estremezcan: seguimos en la cárcel del lenguaje, que ahora es pompa de jabón, porque el autor prefiere el camino de la “acción intraliteraria”: una revolución de imaginaciones, pájaros dentro de la metáfora de los que estallan más pájaros:

Jesucristo se lavaba con jabón una de las manos, pero no se enjuagaba. Entonces, se soplaba la llaga de la cruz y de ella salía una estampida de pompas ante los ojos maravillados de los niños.

O más:

Ciudad mía, ghetto grande…
[…]
donde se infla una cúpula como un globo que suelta lastre
o una idea.

Y en otra parte:

Mi histórica tristeza: cambiar un ay por un símbolo
es optar por la solución de la cúpula para cubrir una intersección.

Y aún:

La literatura es una tortuga que se acerca al final de un trampolín.

El fracaso de este camino está implícito en la metáfora de la cúpula resolutoria de las contradicciones: en verdad no supera ningún problema, sino que suelda en símbolo las tendencias dispares, sublima en un punto la crisis, la cristaliza, la hace más evidente, pero no tiende un nuevo terreno sino que cierra ese sitio a la posibilidad de que rompa por él la salida de lo que está acumulado, desplaza y posterga la solución del combate de opuestos abotonándola por un tiempo:

Porque –dices– por las heridas del lenguaje entra a la palabra
un manantial de significación por venir.
¿Una significación futura? ¿Eso es? ¿Eso es la belleza?

La cúpula cauteriza la herida del lenguaje en lugar de sajarla definitivamente.

Válvula de escape, camino intermedio entre la acción intra y extraliteraria, entre la poesía y la revolución, para ver y palpar las cosas sin las cortinas de los ruinosos universales, será lo que llamaríamos revolución lírica: la mordedura desnuda de los cuerpos a los cuerpos, perdidos los dientes de leche de mi moral católica de leche:

Libres de la ficción y del lenguaje, porque nos amamos…
[…]
Se rasgará el telón como el velo del templo
y las palabras dichas permanecerán como hojas de hierba a la intemperie.
Un viento las brizará y las pondrá en cursiva:
el trozo de coral se ha puesto gris, ha muerto,
pero tú eres real. Tú eres real.

 

Este libro es estupendo. Los fragmentos puestos como cita deben dar una idea de la calidad literaria de los poemas. Ésta se mantiene verso a verso, sin decaer, como una fiesta ingenua que va perdiendo ese brillo de las sorpresas para ganar los contornos de las certezas. Es una lástima no leerlo y es un placer reseñarlo. Y es de justicia pensarlo despacio en sus intersticios en los que luce ese fósforo de nuestros días, y de los días más nuevos jugando a niños y ensayos.

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