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EGM.
septiembre 2009 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 5, septiembre de 2009.

La ciudad de los sueños

Hilario J. Rodríguez
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En el libro Sobre la historia natural de la destrucción, W. G. Sebald reprochaba el silencio de los novelistas con respecto a los bombardeos que durante la segunda guerra mundial castigaron las ciudades alemanas sin piedad, hasta dejarlas irreconocibles. Buena parte de la identidad urbana del país había sido borrada, sin que nadie pareciese interesado en fijar para el recuerdo las formas que acababan de desaparecer; ni siquiera se hizo mención de los inocentes que perdieron sus vidas en mitad de la confusión y del horror. Quedó en blanco ese capítulo de la Historia. Mucha gente creyó que negando las huellas del pasado se libraría de sus aspectos más ignominiosos. Se procedió entonces a una reconstrucción que tuvo bastante de enmascaramiento, como recuerda Alemania, año cero (Germani, anno zero, 1947, Roberto Rossellini). Los buenos y los malos volvieron a confundirse, transformándose unos y otros en constructores del mismo futuro. Durante años, los camiones de desescombro y las grúas formaron parte del paisaje metropolitano alemán, abriendo grandes socavones que en seguida se rellenaban con nuevos edificios. Aquel fue el comienzo del proceso de homogenización que sufren las ciudades de casi todo el mundo en la actualidad, construidas según los patrones que impone el capitalismo. Berlín sólo pudo salvar las ruinas de la Gedächtniskirche, una iglesia construida a finales del siglo XIX en memoria del canciller Guillermo I, que después de la guerra los habitantes de la ciudad prefirieron mantener como recordatorio de sus antiguos y graves errores. Para Wim Wenders, la Gedächtniskirche es el ángel de la Historia del que habló Walter Benjamin; eso explica que el cineasta quisiera que los ángeles guardianes de El cielo sobre Berlín (Der Himmel über Berlin, 1987) velasen desde allí por quienes sufren y se afligen.

Paisajes urbanos

Resulta paradójico que a veces salgamos en busca de la realidad precisamente donde se manufacturan los sueños, dejando que el cine construya nuestro concepto de dicha realidad. Con el paso del tiempo y la aplicación de la tecnología más avanzada, las imágenes que ofrecen la mayor parte de las películas comerciales se han vuelto muy poco fiables. Ya no resulta sencillo decir si en Eyes Wide Shut (1999, Stanley Kubrick) se muestra Nueva York o unos simples escenarios construidos en las afueras de Londres. Las ciudades que aparecen en Lost in Translation (2003, Sofia Coppola) o en casi toda la obra de Wong Kar Wai han sacrificado una buena parte de su verdadera idiosincrasia a cambio de los iconos que al principio daban significado al paisaje urbano estadounidense y que ahora imponen el mismo aspecto en bastantes barrios de Copenhague, Oporto, Edimburgo, Sao Paolo, Hong Kong o Taipei. Lo cierto es que, de vuelta a la vida real, es muy difícil recorrer un centro urbano en el que no haya luces de neón, grandes anuncios luminosos a la entrada de los establecimientos, los inconfundibles anagramas de McDonald´s o Burger King, rascacielos, cibercafés, cines con enormes carteleras, galerías comerciales, hoteles Marriot o Hilton, locales de karaoke…

Thom Andersen se quejaba en su ensayo fílmico Los Angeles Plays Itself (2003) de la fraccionada y falaz imagen que se proyecta de esa ciudad estadounidense por culpa del séptimo arte. Sin embargo, los gustos del público, después de tantos años de imperialismo cultural hollywoodiense, parecen definitivamente inclinados hacia la mentira y no hacia la verdad, como deja bien claro el éxito de Chinatown (1974, Roman Polanski) y L. A. Confidencial (1997, Curtis Hanson), que ante todo proponen dos visiones retro de acuerdo con las ideas impuestas por los grandes clásicos del cine negro. Frente al glamour de estas últimas, poco puede hacer una visión humanista como Crash (2004, Paul Haggis), que ha de conformarse con tener resultados discretos en taquilla. Los intelectuales dirán que algo así es trágico, pero a mí me gustaría saber si cuando ellos viajan a ciudades extranjeras se deleitan más con el espectáculo de las masas caminando por la vía pública o con la contemplación de edificios habitados por fantasmas de épocas pretéritas.

Ciudades objeto y ciudades sujeto

Podría decirse que las ciudades, tal como las conocemos hoy en día, nacen al mismo tiempo que el cine, de ahí que también puedan describirse como un producto del siglo XX, en el que las muestras de civilización y barbarie se sucedieron, provocando extraños palimpsestos. Louis Feuillade o René Clair revelaron los aspectos más ocultos de las urbes, del mismo modo que Dziga Vertov o Walter Ruttmann expusieron sus aspectos más dinámicos. La arquitectura y la ingeniería introdujeron formas que ayudaron a desarrollar las vanguardias y que el cine supo incorporar desde sus orígenes. Muchas películas han ido mostrando los cambios operados en las ciudades a causa del paro, el hacinamiento, la guerra, el terrorismo, las armas de destrucción masiva, la intransigencia ideológica o el miedo, aunque en el imaginario colectivo se hayan dibujado paisajes más idealizados que auténticos, a menudo compuestos a partir de imágenes rodadas en estudio y no en escenarios naturales. Quizás por eso en Querido diario (Caro diario, 1994) Nanni Moretti atraviesa primero las zonas residenciales de Garbatella, Spinaceto y Casalpalocco, en el centro de Roma, para luego dirigirse a la playa de Ostia, en las afueras, y marcar así un recorrido que atraviesa las calles de la ciudad idealizada por el cine y que desemboca en la cruda realidad, allí donde apareció el cadáver de Pier Paolo Pasolini.

Se diga lo que se diga, las ciudades de verdad son escenarios tan ilusorios en casi todos los sentidos como las ciudades que muestra el cine. Spike Lee, en Haz lo que debas (Do the Right Thing, 1989), puso de manifiesto que el orden social en los espacios urbanos es inestable, algo que los recientes disturbios en los barrios periféricos franceses acaban de corroborar. Cuando un compañero de trabajo me dijo el 11 de septiembre de 2001 que dos aviones acababan de chocar contra las Torres Gemelas en Nueva York, creí que estaba tomándome el pelo. “Eso únicamente sucede en las películas”, pensé.

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