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EGM.
marzo 2017 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 20, marzo 2017.

H. P. Lovecraft, El resucitador, Traducción de Juan Cárdenas. Ediciones Periférica. Cáceres. 2014. pp. 96.

José Ángel Castillo Lozano
y Carmen María López López
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José Ángel Castillo Lozano1 y Carmen María López López2

 

EGM20_lecturas_lovecraft

De Herbert West, amigo mío durante el tiempo de la universidad y

posteriormente, no puedo hablar sino con extremo terror. 

Terror que no se debe totalmente a la forma siniestra en que 

desapareció recientemente, sino que tuvo origen

 en la naturaleza entera del trabajo de su vida.

 

Desde los albores del tiempo, el poder sugestivo del miedo se ha detectado como la emoción más primigenia cuyas reacciones infundidas en los seres humanos —todavía hoy— resultan inexplicables. Ante la vigencia de un tema de gran calado y proyección universal, en esta reseña nos proponemos analizar una nueva edición y traducción de Herbert West (El resucitador, 2014), una de las obras más conocidas del maestro del terror y uno de los padres de la ciencia ficción: H. P. Lovecraft. De la misma forma, intentaremos abordar brevemente los temas «lovecraftianos» de esta publicación para ofrecer una visión de conjunto sobre su mundo de ficción.

Nacido a finales del siglo XIX (concretamente en 1890), H. P. Lovecraft fue uno de los principales artífices del nacimiento de la literatura de ciencia ficción vinculada al género del terror, bajo unas influencias de corte clásico como pudieran ser los seres mitológicos de A. Blackwood o la densidad argumental de Edgar Allan Poe, autor con el que compartía la obsesión de una tortuosa existencia. Este terror al que hacemos referencia se distancia sin embargo del clásico que puebla la fábula de monstruos, fantasmas o asesinos. La singularidad de Lovecraft radicó en el hecho de dejar una huella indeleble en ese que la crítica ha definido como horror «cósmico». Imágenes sobrenaturales, seres ancestrales o reconstrucciones oníricas representando mundos abstractos que el ser humano no es capaz ni de concebir son algunos de los elementos que todo lector atento puede encontrar al abrir las páginas de su obra. Esa es, por tanto, la herencia que el genio de Providence ha legado al género. Si bien la obra que nos proponemos reseñar no es participe de este miedo cósmico, es cierto que guarda muchos lugares comunes de la literatura lovecraftiana. El horror del que nos hace cómplice es más terrenal, fruto de la desviada mente de uno de los personajes que traza con absoluta genialidad en las líneas de este relato.

Herbert West: Reanimador (Herbert West: Reanimator)3 es un relato de terror en seis capítulos «autoconclusivos» escritos por H. P. Lovecraft en 1922. En él se explora la historia de un médico-investigador empeñado en encontrar un elixir que reviva a la gente, ya que para nuestro protagonista el más allá no existe: el ser humano es solo un conjunto orgánico, de ahí que sea posible revivir incitándolo. Junto a este médico-investigador, la novela ofrece la presencia de otro personaje que actuará como narrador de la historia, al rememorar desde un futuro estos acontecimientos. Aunque su nombre no sale a relucir, poco importa que se trata de un personaje innominado, pues no es el protagonista ni aspirará a serlo y a pesar de empezar con entusiasmo la tarea de ayudar a West en sus experimentos, poco a poco va desconfiando de sus métodos para conseguir y reanimar seres vivos. 

Al principio, a Herbert West le mueve el puro interés científico, si bien más adelante su objetivo se convertirá en blanco morboso y obsesivo, hasta el punto de articular su vida entera. De este modo, inicia sus experimentos con animales, pero enseguida considera que tiene que probarlo en seres humanos para alcanzar el verdadero conocimiento. En este punto, Lovecraft ambienta la novela como si se tratara de Shelley o Stevenson: el científico que se retira a un lugar alejado para tener un laboratorio clandestino. Trazando vínculos temáticos con otras obras de la tradición literaria, la resurrección de un muerto recuerda a la memorable historia de Frankenstein, con la que se conecta a través de una vertiginosa fuerza narrativa. A medida que avanza el relato, el lector acierta a vislumbrar la idea del científico obsesionado por un propósito de naturaleza irreal, para cuya resolución no escatima en romper cualquier tipo de barrera moral y que incluso rezuma cierto carácter paródico4 del ancestral conflicto técnica-creador.

La reputación de nuestro médico protagonista en la Facultad de Medicina de Arkham —ubicación ciertamente ficticia— fue empeorando y, durante una epidemia de tifus, Allan Halsey, decano de esta facultad, muere. Aprovechando su muerte, Herbert West prueba su elixir en él, en una narración de Lovecraft que no se entretiene en describir los métodos científicos, pues se otorga total protagonismo a la naturaleza de ese acto. De acuerdo con la lógica interna del relato, el resultado no puede ser peor: Allan Halsey se convierte en un violento caníbal que es encerrado en un psiquiátrico. No es la primera vez que estos experimentos salen mal y tampoco será la última, pues muchos de tales monstruos quedarán vagando por el país hasta que reclamen su lugar al final de la historia.

Tras una serie de mudanzas a otras localidades, finalmente Herbert y su compañero terminan en la Gran Guerra sirviendo como cirujanos, empresa que amerita la coartada perfecta para que el doctor siga llevando a cabo sus experimentos ocultos. De entre los pasajes del relato que impregnan de terror la atmósfera lovecraftiana, uno de los momentos de mayor tensión dramática —de fuerza horripilante y repulsión incisiva— tiene lugar cuando Herbert consigue el cadáver decapitado de un aviador que había sido un pupilo suyo. Lejos de sentir empatía o tristeza por esta situación, despojado de su humanidad, emprenderá un siniestro episodio dando vida a una forma no-humana con la que más tarde tendrá un re-encuentro.

El último capítulo —o relato, ya que fue una novela estrenada por entregas en una revista allá por los lejanos años 20 del siglo XX—, es quasi perfecto. El literato de Providence crea una atmósfera envolvente y oscura en la que encontrará su fin el doctor Herbert West, ya que las creaciones perdidas que fue dejando por el camino fruto de su locura, vendrán a reclamarlo a su nuevo hogar ubicado cerca de un cementerio. La escena acontece en el sótano y de ella será testigo su colaborador quien, al intentar recordarla, no podrá separar lo real de lo ficticio, fabulado o monstruoso, sumergiéndonos en ese misterio tan del gusto de Lovecraft. En definitiva, este último acontecimiento de la obra ofrece una muestra muy perfilada sobre la eterna rebelión de la creación ante el creador, aquí mostrado como un abrupto desenlace para hacer estallar ese ambiente cargado de fatalismo que rodea la narración desde su inicio.

Resta decir que nos encontramos ante una obra que si bien no se muestra clave para descubrir los arquetipos de la literatura lovecraftiana, perfila los rasgos que inequívocamente pertenecen a su pluma; a saber: ese destino fatum terrible y persecutorio— del que el ser humano no puede escapar, los peligros de la ciencia y, vinculado al anterior, los conocimientos prohibidos, siendo en este caso la enfermiza obsesión por retornar a los muertos a la vida, atentando contra la propia naturaleza. En síntesis, a través de los temas que hemos mencionado, se articula una historia que juega de forma morbosa con los sempiternos motivos de la muerte y del más allá, sobre el conflicto entre la técnica y su creador, todo aderezado con un toque irónico y de humor negro que, a la postre, ha convertido esta obra —junto con sus adaptaciones cinematográficas— en un icono dentro del género de la ciencia ficción y el terror enfermizo que se alberga en las profundidades del ser humano.

 

1

 Universidad de Murcia / Centro de estudios del Próximo Oriente y la Antigüedad Tardía (CEPOAT). 

Contacto con el autor: joseangel.castillo1@um.es

2

 Universidad de Murcia.

4

 Vertiente que parece que sí se manifiesta con mucha más fuerza en sus tres libres adaptaciones cinematográficas: Re-animator (Stuart Gordon, 1985), Bride of Re-animator (Brian Yuzna, 1990) y Beyond Re-animator (Brian Yuzna, 2003).

 

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