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EGM.
septiembre 2017 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 21, septiembre 2017.

Eterna tierra prometida

Rocío Castilla Espada
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Rocío Castilla Espada

 

Las calles y plazas de Santa Adela destilan las más puras esencias de la ciudad. Sus muros y aceras retienen el embriagador desencanto de tiempos pasados. Existen lugares del barrio donde el tiempo, más que detenerse, se estanca, donde se espesa el aire alrededor del visitante, atrapándolo, inmovilizándolo casi en su tacto de arena, de polvo antiguo, de cal acumulada durante años en las aceras, de hormigón en vías de desintegración.

El viajero que se aventure por sus vías principales iniciará un recorrido por el hastío de muros agotados, por el desafío de un maquillaje excesivo e inútil que resalta las heridas y hace las arrugas más profundas. Un recorrido con olor a la soledad de naranjas aplastadas sobre las aceras donde aún se dan cita, cada noche de verano, un puñado de sillas conformadas con un destino estrecho y sin estrellas.

Mientras el sol, y los gobiernos, fingen que no pasa nada, el barrio se extingue y deja a la luz el esqueleto mohoso de lo que fue. De ahí el interés arqueológico, antropológico incluso. Los patios de puertas abiertas al olvido acogen al visitante intrépido y lo acompañan a un tiempo presente, a un lugar a la espera eterna de una tierra prometida. Patios de vencidos, de lágrimas resbalando por las paredes, de puchero pobre, de espalda encorvada y miradas sin redención.

Vecinos acostumbrados a alojarse en un espejo en el que el azogue resiste más que la esperanza que se repite inútil, como una promesa electoral. O en un cajón con olor a naftalina junto a sueños sin estrenar, conservados para siempre entre las facturas y el Vics vaporús. Acostumbrados a sentir el llanto de las paredes al amanecer, a contar en ellas cada golpe asestado a su paciencia blanca y a ver su reflejo en los ojos nublados, escépticos y conformados que los espejos les devuelven todas las noches.

Elena Sanjuanbenito

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Este proyecto consta de 20 fotografías de documentalismo social. Son fotografías exteriores e interiores, todas ellas conforman un paseo por el barrio de Santa Adela situado en el Zaidín.

Habitar es un término que deriva del latín «habitare» que quiere decir «ocupar un lugar».

Las fotografías son fachadas, patios e interiores, lugares donde los seres humanos vivimos... lugares impuestos (sobre todo por razones económicas) donde nunca se pensó en la naturaleza del ser, donde la vida se construyó sin pensar en las personas.

Las fachadas, los interiores, los detalles son retratos de sus habitantes, metáforas de una sociedad enferma, de una sociedad que asume esta forma de vivir, de habitar y de relacionarse con los demás y que refleja lo que somos como civilización.

La casa no es una madriguera ni una cochera. En muchas lenguas, en vez de habitar puede decirse también vivir. ¿Dónde vive usted?, preguntamos, cuando queremos saber el lugar en el que alguien habita. Dime cómo vives y te diré quién eres.

 

Un hombre se propone la tarea de dibujar el mundo. A lo largo de los años puebla un espacio con imágenes de provincia, reinos, de montañas, de bahías, de naves, de islas, de peces, de habitaciones, de instrumentos, de astros, de caballos y de personas. Poco antes de morir, descubre que ese paciente laberinto de líneas traza la imagen de su cara. 

El Hacedor, Jorge Luis Borges

 

 

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