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EGM.
septiembre 2010 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 7, septiembre de 2010.

El cuerpo del fetiche

Judit Bembibre Serrano y Lorenzo Higueras Cortés
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Pronto en la lectura de El capital, Marx (2000/1867-1894) analiza el fetichismo de la mercancía como mecanismo mágico por el que, bajo el capitalismo, estamos definitivamente los hombres (y mujeres y trans, etc.) condenados a vivir una especie particular de fantasmática. Si los humanos (y ciborgs) a fortiori, por la naturaleza (transnatural) del símbolo, habitamos (también) en un ámbito imaginario, bajo el nuevo sistema económico que a diferencia de cualesquiera otros anteriores no es sostenible porque no es un sistema de producción sino de destrucción de recursos (incluidos humanos), lo hacemos en la tremenda confusión imprescindible de tomar a las personas por cosas y viceversa (y gestionar como capital lo que no es sino nuestra alienada fuerza de trabajo: en el mejor de los casos ahora que hay tanto paro). Todo esto es el abc.

Mas este espectro (mitad vampiro y mitad demonio de los sueños: íncubo o súcubo) tiene necesidad de los cuerpos (de su destrucción) para (re)producirse. Quiere esto decir, entre otros muchos asuntos, que mientras idealmente (simbólicamente) tiende a mundializarse (lo que sin embargo no genera una totalidad racional sino un acúmulo, con propiedad un cáncer que nos carcome a todos), realmente, con la pertinacia de las cosas, se enfanga y se atora con las excrecencias que genera en esas sus destrucciones. Todo poder engendra sus resistencias, como de toda territorialización surgen nuevas desterritorializaciones.

Por doquier entonces encontramos la verdad (freudiana y primordial) que subyace a la pretendida totalidad narcisista, en definitiva insuturable. Como otros tantos fragmentos, restos dispersos, órganos, del cuerpo despedazado. Proponemos para esta ocasión sin ningún ánimo de exhaustividad un somero listado de algunos: el cuerpo como cárcel, el hombre desechable, el cuerpo sexuado, la identidad individual.

Cuerpo-cárcel

 

La necesidad es un mal, pero no hay ninguna necesidad de vivir sometido a la necesidad

Epicuro

Como debería de saberse y venimos durante algún tiempo desenvolviendo con cierto detalle, el alma no explica nada sino que se explica como producto. Y como producto de diferentes sistemas “productivos” y momentos de los mismos. Sobre ello no es, por tanto, el tiempo de detenerse. Baste remitirse a la seminal demostración foucaultiana (por no remontarnos a Nietzsche o las ascéticas indo-grecas) de la construcción de esas almas a través de una política de las poblaciones y los cuerpos, las masas y los individuos, biopolítica y microfísica entonces.

Si el cuerpo no es la cárcel del alma, sino al contrario, lo deviene por ser ésta, como decimos, resultado a su vez de una serie de tecnologías disciplinarias y normativas de lo corpóreo. Momento en que la revuelta se vuelve metafísicamente (pero no dialécticamente) imposible porque el poder se haya incorporado: las relaciones de poder y hasta el establecimiento del dominio son en el interior del cuerpo constituyéndolo. Sujeto instituido por la objetividad del afuera.

En este sentido, conforme a la sentencia epicúrea (y la posterior cita kantiana) se puede sostener que la dominación que no depende de nosotros, está determinada por aquello que depende de nosotros (Balibar, 2005: 31).

Hombre desechable

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado.

Marx. El 18 Brumario de Luis Bonaparte

El cuerpo como cárcel es condición y, no obstante o precisamente por ello resistencia, es decir, límite en última instancia externo, imaginario, político. El hombre desechable (Ogilvie, 1994) parece indicar un límite interno, objetivo, una impotencia del capital. Este hombre desechable, lo que coincide en buena medida con el centroafricano, no sólo ilustra la necesidad ya denunciada por Rosa Luxemburgo que tiene el modo de destrucción capitalista, por ende, de extraer beneficios proporcionados por modos de producción residuales (en el caso que nos ocupa la economía de guerra, la esclavitud infantil, restos feudales, las catástrofes calificadas de “naturales” –Klein, 2010–, etc.). No sólo su insuficiencia reproductiva, su incapacidad de crecimiento per se, dado que el movimiento perpetuo es imposible, su carácter predatorio. Sino su mera insostenibilidad, su contradicción básica derivada de la sobreproducción. Es decir, el desequilibrio entre la baja tendencial de la tasa de ganancia y la necesidad de un mercado creciente, que Marx expresaba en términos de un ejército de reserva de obreros y un incremento de la pauperización.

Esta tendencia mundializada, sobreexplotación brutal en los márgenes de cuyas migajas de plusvalía nos beneficiamos los occidentales, se descarna en un excedente de humanos inútiles, antieconómicos. Una riqueza más allá de cualquier exceso que produce una pauperización por debajo de cualquier umbral de supervivencia. Cabe preguntar con Balibar (2005) o con Klein (2010) si dada la supervisión de los organismos mundiales (ONU, OMS, FMI, cascos azules –recientemente Mayor Zaragoza ha propuesto en su optimismo antropológico la creación de cascos rojos para combatir las catástrofes, de nuevo apuntemos comillas, “naturales”; desde aquí exigimos cascos amarillos contra el cáncer y cascos lilas [o fucsias o magentas] para la defensa del pensamiento único, cascos verdes en pro de una alimentación sin colorantes o conservantes artificiales…) de los controles demográficos subsaharianos (sida, guerras locales financiadas por la industria occidental, etc.), Foucault hubiera hablado de “biopolítica negativa”. Para responder con el propio Foucault que no, biopolítica a secas, control de las poblaciones que incluye el nazismo (pionero en la defensa de la salud de su Volk, prohibición de fumar y exterminio de los locos, por ejemplo) y todos los peligros del racismo, como ya dejara claro. Hacer vivir y dejar morir.

Pero con la eliminación totalmente no funcional y, sin embargo, exactamente inscrita en las planificaciones de la economía-mundo, de millones de hombres desechables (cuya eliminación traduciría, sin embargo, cierta incapacidad de explotación que “bloquea” el desarrollo actual del capital, es decir, una incapacidad para hacer frente a los costos financieros, de seguridad, ideológicos y, en última instancia, políticos de un proceso de acumulación verdaderamente mundializado), hemos dejado atrás ese límite; dicho de otro modo, hemos entrado en la cotidianeidad de una crueldad objetiva que excede toda reproducción de estructura (Balibar, 2005; 36).

Necesidad de reproducción parasitaria que cava así su propia tumba. Extirpación o muerte. Nadie pide autocontrol a un tumor maligno como, sin embargo, sí se hace a los mercados.

Cuerpo sexuado

 

Que también los durmientes son operarios o colaboradores de las cosas que en el mundo se producen

Heraclito

 

Tenemos que el sexo es una producción decimonónica y burguesa.

Ahora bien, es a cierto pensamiento feminista a quien debemos los mayores aprovechamientos de la obra foucaultiana para el desmontaje, deconstrucción, desintegración, de las naturalezas femeninas, por ejemplo Judith Butler. Lejos de la identidad, un devenir mujer.

Pero precisamente es desde este pensamiento, donde un libro luminoso alcanza un punto a partir del cual es imposible mantener cual séase de los feminismos. Digamos pues que el mayor triunfo de los feminismos estriba en alcanzar su propia superación o paradoja lógica. Lo que en modo alguno acaba, sino más bien alimenta, la necesidad de la lucha política. Contra el patriarcado pero también con la perversidad de la corrección política, que tiene su saldo en sangre (como la que fluye de la “lucha”, tan mediática, contra la “violencia de género” –sic–), no menos patriarcal, por esencialista.

Nos referimos al bien (pero no suficientemente) conocido libro de la bióloga lesbiana ¿y qué? Fausto-Sterling (2006), que establece de manera definitiva la imposibilidad de que el sexo sea un concepto operativo. Si se quiere, que el sexo no existe. El asunto no es sólo que no es binario, sino que es indeterminable y no cuantificable. Y ello desde el punto de vista de las ciencias empíricas más actuales y rigurosas (hormonal, embriológico, etc.). Nos cuenta cómo en los años 70 del pasado siglo se establecen los términos del debate en el estudio de la sexualidad: el sexo se referiría a los atributos físicos, determinados por la anatomía y la fisiología (génetico o cromosómico –XX o XY–, gonadal –ovarios o testículos–, hormonal –predominancia de estrógenos o andrógenos–, genital –clítoris y vagina frente a pene y escroto–), mientras el género aludiría a una transformación psicológica del yo, la convicción interna de que uno es hombre o mujer (identidad de género) y las expresiones conductuales y sociales de dicha convicción (rol de género). A la vez insiste, aludiendo a los procesos epigenéticos (la complejidad de la vivencia sexual en el individuo, que compara con las muñecas rusas –desde la célula a la cultura), en que la experiencia modificaría el desarrollo de la configuración genital interna y externa ya desde el feto, incluyendo factores como la nutrición, la salud general o la actividad física.

Dicho de otro modo, no es posible fundar una identidad (como todas colectiva) sobre el sexo. En primer lugar, porque es multidimensional (así no se agota si lo consideramos desde el punto de vista hormonal, del de la arquitectura del cerebro, del de la morfología epigenética, por supuesto desde la condición social, etc.). Y porque sus dimensiones, como tales, son continuas, por consiguiente infinitas. De nuevo: n dimensiones multiplicadas por n valores de cada individuo en cualesquiera de los continuos dimensionales, igual a infinito, tendencialmente. O a cero como utilidad política. Por ejemplo, al segundo autor de este artículo no le atraen Las mujeres, le atraen algunas mujeres (que serían difíciles de agrupar en atención a sus semejanzas, por otra parte) ¿y qué?

Otro asunto sean las agrupaciones, conglomerados, grumos o clusters que sobre tales datos se puedan abstraer para construir mujeres, hombres, heterosexuales u homosexuales, bi, trans, y un etcétera que ya sabemos largo. Identidades (asociaciones) de inmediato valor político. Y mercantil, como otros tantos “nichos de mercado”, en los que yacer por tanto. Y sobre el sexo (y sus identidades) y su valores (de cambio), existe abundante bibliografía (p. ej. Fernández Porta, 2010, como un interesante trabajo nuevo).

Por cuanto en nada incomoda la “orientación” o la “elección” (términos que indicarían una autoconsciencia de la que, por lo general, estamos los humanos, y ciborgs, muy distantes) sexuales al mercado. Antes bien al contrario, como se ve facilita el negocio, pero sobre todo mantiene al sujeto lejos de la conciencia de las contradicciones esenciales que perpetúan la explotación. Sujetado a su identidad.

Identidad individual

 

Uno mismo es culpable de esta minoría de edad cuando la causa de ella no estriba en un defecto del entendimiento, sino en una falta de decisión y ánimo para servirse de él, sin la conducción de otro.

Kant ¿Qué es la Ilustración?

 

El ámbito imaginario que se impone o que el sujeto crea. Pero la creación es posible en la medida de la existencia del sujeto. Y hay sujeto libre y autónomo en tanto en cuanto está normalizado, es decir, reconocido como sujeto (Althusser, 2002/1969), con su estatuto registrado por el Estado, momento en que ejerciendo su soberanía refuerza la del poder (Castel, 1980). Si el sujeto como institución no se comporta como es debido, de inmediato y por su propio bien, se le impondrá desde fuera lo que debe hacer. Por tanto, condición de y condicionado por la política. Y por la policía.

Incorporado en este sujeto sujetado, un contenido particular fantasmático que se hace pasar como típico de la noción universal, dirá Žižek (1997), será la clave de la hegemonía, ya que (malgrè Marx, tal vez) una idea será dominante si la enuncian los dominados.

Por ello, sólo el no-sujeto, el (colectiva, estructuralmente) alienado, decía Marx, puede entonces señalar el no lugar y por ende la no universalidad de la política. El demos como imposibilidad de la totalidad (Balibar, 2005, Canfora, 2004). De tal modo, el discurso de la igualdad es por completo asumible (y hasta conveniente porque abre mercados, toda identidad lo es de un deseo como enseña la propaganda –Bernays, 2008–) por el capital, siempre que se reduzca a la igualdad (y libertad) individual, por ejemplo de derechos (a comprar un yate, pero no a robar un pan). Pero nunca será asumible el discurso de la igualdad social.

Si la economía (y entonces no se corresponde con una dimensión independiente real sino como polo irresoluto de un fluir) (re)produce sus agentes y su ámbito político, éste no puede cambiar sus condiciones sin pensar un más allá de la economía.

Dicho de otro modo, no huir de sí mismo, de sus cualesquiera identidades “primarias” o totalitarias (raza, sexo, familia, nación, etc., que al fin y al cabo no son individuales sino masa y con propiedad las posibilitadoras de un devenir fascista), ya que, enseña Heraclito (1985) o García Calvo, ésta es la mejor manera de permanecer siendo. Sino construir el colectivo una identidad conforme a Razón, como modo de ser real, es decir, autocontradictorio, acontecimiento. Mudando continuamente de amo, dice Heraclito, desterritorialización, Deleuze.

Nos enseña Freud no hay identidad sino identificaciones y Deleuze y Guattari (1973, 1988), contra Freud, que esas identificaciones exceden con mucho el ámbito (vehicular y productivo) de la familia. Identificaciones que por definición son parciales, cambiantes, conflictivas, e imaginarias.

Finis

Para otro momento quedará también la posibilidad de articulación de estos deshechos, como otras tantas contratendencias o resistencias, como un sujeto político, si de una vez por todas la partida no está perdida y el modo de destrucción capitalista, con su correlato de producción de la barbarie política, y cuerpos escombros, está sólo abocado a una mayor barbarie. Torres más altas cayeron.

Referencias

Althusser, L. (2002/1969). Ideología y aparatos ideológicos de Estado. Freud y Lacan. Madrid: Visión.

Balibar, E. (2005). Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global. Barcelona: Gedisa

Bernays, E. (2008). Propaganda. Barcelona: Melusina.

Canfora, L. (2004). La democracia. Historia de una ideología. Barcelona: Crítica.

Castel, R. (1980) El orden psiquiátrico. La edad de oro del alienismo. Madrid: Las ediciones de la piqueta.

Deleze, G. y Guattari, F. (1973). El antiedipo. Capitalismo y esquizofrenia. Barcelona: Barral

Deleze, G. y Guattari, F. (1988). Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Valencia: Pre-textos.

Fernández Porta, E. (2010). Eros: La superproducción de los afectos. Barcelona: Anagrama.

Fausto-Sterling, A. (2006). Cuerpos sexuados: políticas de género y la construcción de la sexualidad. Barcelona: Melusina.

Heraclito (1985). Razón común. Edición crítica, ordenación, traducción y comentarios de Agustín García Calvo. Madrid: Lucina.

Klein, N. (2010). La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Madrid: Paidós.

Marx, K. (2000/1867-1894). El capital. 3 vols. México: Fondo de cultura económica.

Ogilvie, B. (1994). Violence et représentation: la production de l’homme jetable. Lignes, 26.

Žižek, S. (1997). Multiculturalismo o la lógica cultural del capitalismo multinacional.

 

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