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EGM.
marzo 2013 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 12, marzo 2013.

Comprender el malestar a través de las relaciones

La teoría sistémica: entre epistemología, dinámicas familiares y clínica
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Jessica Lampis [*], Silvia De Simone [*], Diego Lasio [*], Francesco Serri [*] [**]

Resumen. El presente trabajo tiene como objetivo el delinear la evolución de las referencias epistemológicas que subyacen al cambio de los modelos de tipo sistémico-relacional. Tal evolución representa el hilo conductor gracias al cual leer las variaciones de perspectiva que ha experimentado la clínica familiar al observar, significar y tratar el malestar en el ámbito de la teoría y de la escena terapéutica. Son dos los saltos epistemológicos que se revelan como fundamentales. El primero es el paso de un modelo homeostático a un modelo evolutivo, paso que ha conducido a los terapeutas a considerar, además de las tensiones hacia el mantenimiento del equilibrio que caracterizan a los sistemas familiares (sobre todo cuando éstos atraviesan un estado de malestar), también los procesos de desarrollo que se hallan en la base del funcionamiento y de las transformaciones de tales sistemas. El segundo es el paso de la cibernética de primer orden a la de segundo orden, paso que ha permitido concebir la relación terapéutica como un proceso de circularidad constructiva entre el observador y el sistema observado y que ha estimulado una apertura hacia nuevas modalidades de tratamiento terapéutico familiar.

Palabras clave: relaciones familiares, aproximación sistémica, cibernética, complejidad, terapia familiar

Riassunto. Il presente lavoro ha come obiettivo principale quello di tracciare l’evoluzione dei referenti epistemologici alla base dei cambiamenti nei modelli di matrice sistemica relazionale. Tale evoluzione rappresenta il filo conduttore grazie al quale leggere i mutamenti di prospettiva attraverso cui la clinica familiare ha osservato, significato e trattato il malessere nell’ambito della teoria e della scena terapeutica. I salti epistemologici considerati fondamentali e analizzati sono due. Il primo è il passaggio da un modello omeostatico a un modello evolutivo, passaggio che ha condotto i terapeuti a prendere in considerazione, oltre che le tensioni verso il mantenimento dell’equilibrio che caratterizzano i sistemi familiari (soprattutto quando vivono uno stato di malessere), anche i processi evolutivi alla base del loro funzionamento e dei loro cambiamenti. Il secondo è il passaggio dalla cibernetica di primo ordine a quella di secondo ordine, passaggio che ha consentito di concepire la relazione terapeutica come un processo di circolarità costruttiva tra osservatore e sistema osservato e che ha stimolato l’apertura verso nuovi modi di lavorare con le famiglie in terapia.

Parole chiave: relazioni familiari, approccio sistemico, cibernetica, complessità, terapia familiare

Es complejo señalar un suceso o una fecha concreta que pueda coincidir con el nacimiento del interés clínico por las relaciones familiares. Eventualmente, podemos referirnos al clima cultural, social e intelectual en el que tomaron cuerpo las primeras experiencias de terapia familiar, en un intento de superar tanto el modelo lineal de derivación mecanicista-newtoniana como el modelo intrapsíquico de la reflexión y la práctica psicoanálitica. Es el modelo sistémico el que representa el humus epistemológico a través del cual empezar a leer el malestar individual dentro de un contexto, en el ámbito de procesos relacionales de significación y enfrentamiento (Bertrando, Toffanetti, 2000).

La Teoría General de Sistemas se consolidó entre 1940 y 1950 gracias a un grupo de estudiosos procedentes de las más variadas disciplinas (matemáticos, físicos, ingenieros, etc.), pero unidos por la convicción de que fenómenos diferentes (tanto físicos como psicológicos) se caracterizaban por los mismos mecanismos de funcionamiento y regulación e interesados, por lo tanto, en el estudio y la comprensión de las reglas estructurales y funcionales consideradas como válidas para la descripción de todo sistema, independientemente de su concreta composición. La aproximación sistémico-relacional a la comprensión de las relaciones familiares nació, pues, gracias al empuje conjunto de la ciencia general de sistemas (Von Bertalanffy, 1950, 1969), de la cibernética (Wiener, 1950) y del encuentro fundamental que se dio entre estas nuevas ideas y Gregory Bateson.

Bateson entró en contacto con el pensamiento cibernético en el transcurso de las Conferencias Macy (1950) y empezó a aplicarlo al estudio de las interacciones humanas y, más específicamente, en una primera fase de su elaboración teórica, al delicado campo de la psicopatología. Junto a su grupo de investigación se interesó por la esquizofrenia, leyendo este trastorno en función de un contexto específico de aprendizaje dentro del cual el paciente se encuentra sistemática y repetidamente expuesto a mensajes contradictorios e inconciliables enviados por una persona central para su existencia y supervivencia psicológica. La Teoría del Doble Vínculo pasó luego por diferentes críticas, reformulaciones e integraciones, pero tiene el mérito de representar una de las primitivas contribuciones que condujeron al nacimiento de una nueva epistemología de las relaciones humanas y de sus significados. El naciente modelo sistémico, en la estela de los estudios de Bateson, comenzó a fundamentar sus modelos teóricos sobre algunos conceptos clave y, en primer lugar, sobre la constatación de que las personas son sistemas abiertos capaces de autorregulación y en constante intercambio con el ambiente. En la perspectiva cibernética

el yo es tan sólo la parte más exigua de un sistema de funcionamiento por ensayo y error mucho más grande […] es una falsa reificación de una parte impropiamente delimitada de este campo mucho más amplio de procesos interconectados (Bateson, 1976: 366).

La de Bateson se configuró, desde el comienzo, como una verdadera y propia revolución paradigmática, pues le quitó al hombre su posición privilegiada y empezó a describirlo como uno de los muchos elementos de un sistema dotado de reglas de funcionamiento intrínsecas (Querini, Cipolletta, 1998). Las acciones, por consiguiente, debían considerarse, y podían comprenderse, sólo en relación con el funcionamiento general del sistema al que pertenecían y con el contexto en que se insertaban (contexto entendido como el lugar en que los componentes acontecían, como historia relacional que los enmarcaba, como cualidades específicas de las relaciones en el ámbito en que acciones e interacciones se manifestaban).

Esta lectura ha permitido concebir aun los comportamientos más difícilmente comprensibles, por ejemplo, los sintomáticos, como adecuados y coherentes respecto a las modalidades interactivas particulares del contexto en que aparecían y dentro del cual se aprendían. En palabras del propio Bateson, «es el contexto el que fija el significado», lo cual en su opinión tenía carácter universal y era válido para todas las formas de relación y de comunicación. Tales presupuestos, y la teoría del doble vínculo lo prueba, aunque no referidos directamente a una intervención en psicopatología, podían potencialmente revolucionar la manera de concebir la clínica. Sin embargo, las primeras aplicaciones del modelo sistémico a la terapia, a comienzos de los años sesenta, traicionaron de alguna manera la original inspiración batesoniana.

Los primeros intentos de terapia familiar se llevaron a cabo en el ámbito de una epistemología sistémica de tipo reductivo, profundamente influida por los modelos mecanicistas de la primera cibernética y que halló su más genuina expresión en la Teoría de la comunicación humana (Watzlawick, Beavin, Jackson, 1971). Según los autores de Palo Alto, el síntoma se podía comprender de manera exclusiva en el ámbito de las interacciones específicas en que se manifestaba y representaba una estrategia determinada a través de la cual mantener el equilibrio familiar. Elaboraron un modelo fuertemente centrado en los conceptos de auto-correción y homeostasis, postulando la imposibilidad (o la inutilidad) de explorar los procesos mentales y evolutivos subyacentes a la conducta y, por ende, focalizando su atención y sus intervenciones en la pragmática de las interacciones observables más que en el conjunto de los significados psicológicos que estarían detrás de las acciones. En el ámbito de dicha perspectiva, el papel del terapeuta era el de un observador externo interesado en identificar y modificar las estructuras, las lindes y las reglas que conducían el sistema a una homeostasis rígida y disfuncional.

En los años ochenta, sin embargo, esta epistemología experimentó una profunda revisión. Los pasos fundamentales fueron esencialmente dos: el paso de un modelo homeostático a uno evolutivo y el paso de un modelo de los sistemas observados a un modelo de los sistemas observantes y auto-observantes (Onnis, 1994). En cuanto al primer paso, es importante recordar que las primeras teorías relacionales sistémicas nacieron del trabajo clínico con familias altamente disfuncionales, familias que presentaban serios problemas patológicos en uno o más de sus miembros. Tales familias se presentaban como sistemas autorregulados, con una tendencia prevalente a neutralizar, a través de retroacciones negativas, cualquier modificación de su equilibrio, de modo que las conductas de sus miembros, incluidas las manifestaciones sintomatológicas del paciente, parecían cooperar a fin de alcanzar este objetivo. En este modelo conceptual, sin embargo, los datos eran filtrados por los clínicos de forma parcial, pues el interés exclusivo por los circuitos de retroacción negativa, repetitivos e inmutables, comportaba que se perdiera una aspecto fundamental del proceso: su dimensión temporal.

El sistema aparecía como siempre igual a sí mismo y, por ende, sin historia y el síntoma, aunque conectado circularmente con las conductas de los demás miembros de la familia, seguía siendo concebido como un elemento de estabilización de la patología familiar. La dinámica familiar, a partir de estos presupuestos, se ideaba principalmente como juego interaccional de input y output cuyos valores, diferencias individuales, historias relacionales y paradigmas familiares tenían escasa o nula importancia. El terapeuta, en fin, consideraba al sistema familiar como mero objeto de observación, corriendo el riesgo de reificarlo en el único dato aparentemente objetivo: la interacción de sus miembros en el presente. Sin embargo, esta concepción de las relaciones familares se ha transformado de manera radical y ha adquirido un sentido evolutivo a través de las formulaciones de Maruyama (segunda cibernética, 1963), quien con sus conceptos de morfostasis y morfogénesis ha subrayado la tendencia sistémica hacia la conservación y el mantenimiento de la forma, y también gracias a las intuiciones de Prigogine (1981, 1982) sobre la termodinámica del no equilibrio. Un sistema nunca es estático, sino que se halla en un constante estado de cambio y está expuesto a continuas oscilaciones o «fluctuaciones». Si por efecto de perturbaciones internas o externas al sistema, tales fluctuaciones se amplifican lo suficiente, el sistema alcanza una fase crítica definida como «bifurcación», más allá de la cual puede darse un cambio de estado hacia direcciones y resultados no previsibles a priori. Esta tendencia evolutiva es sostenida por una continua interacción circular de retroacciones negativas y positivas que garantiza la «evolucionabilidad» del sistema.

Las implicaciones de estas nuevas premisas epistemológicas con respecto al proceso terapéutico son enormes. En primer lugar, el síntoma ya no se identifica como un elemento que tiende al refuerzo del equilibrio patológico, sino que empieza a concebirse como un momento de profunda inestabilidad del mismo: el punto de bifurcación más allá del cual son posibles diversas direcciones y por tanto también la evolución hacia niveles más maduros de desarrollo. En segundo lugar, la reintroducción en el sistema de la dimensión diacrónica no sólo devuelve a las familias su pertenencia a una historia (y permite historicizar el propio sufrimiento), sino que recupera también el valor del pasado, que aunque no pueda ser ideado como causa del presente, es, sin embargo, una presencia que continúa viviendo en el presente

a través de los mitos, los fantasmas, los complejos cohesivos de valores y significados que caracterizan la imagen (o la «representación») que el sistema familiar tiene de sí mismo y que, por ende, pueden y deben ser indagados e investigados (Onnis, 1994: 47).

El nivel sincrónico de las conductas llevadas a cabo en el aquí y ahora empieza a relacionarse con el nivel diacrónico de la historia familiar.

El trabajo terapéutico con las parejas y con las familias no puede hoy en día prescindir de esta perspectiva que presenta las realidades familiares como realidades complejas, sostenidas por la intersección de múltiples niveles de funcionamiento. La clínica sistémica naturalmente sigue atribuyendo gran valor, en términos de observación, comprensión e intervención, al nivel más inmediato de lo leíble de las transiciones familares (podríamos llamarlo la punta del iceberg): el nivel de las interacciones en el aquí y ahora, de la distribución y especificidad de los roles, de la organización comunicativa, de las reglas relacionales, de los procesos homeostáticos (reconociendo, pues, la inmensa contribución de sus pioneros: Minuchin, Haley, Bowen, Jackson, etc.). Los terapeutas familiares, sin embargo, han dado vida en los últimos años a lo que podríamos definir como nueva sistémica gracias a una reciente mirada hacia el funcionamiento de la familia y a la exploración de esa caja negra a la que, durante mucho tiempo, se prestó tan poca atención. Trabajar con las familias en el ámbito de la escena sistémica, hoy, significa interesarse por las motivaciones y los significados que las personas atribuyen a su comportamiento; dar valor a la subjetividad y al mundo interior; reevaluar los procesos afectivos que fundamentan el desarrollo, la pertenencia y la autonomía; atribuir relevancia a los paradigmas relacionales y a su fundamental deber de dar orden y significado a la realidad; explorar los procesos más implícitos e inconscientes del mundo familiar; permitir a las personas hacer lo que Bowen definía como «un viaje de regreso a casa», a través de la comprensión del papel fundamental que el pasado de las relaciones puede desempeñar en el presente del sufrimiento. Esta evolución de la teoría de las relaciones familiares ha permitido la recuperación de aquella multidimensionalidad de los procesos relacionales que nos recuerda a Bateson y que puede ayudarnos a concebir la familia como una «estructura que conecta».

El segundo paso epistemológico que dio el campo sistémico atañe más de cerca a la relación terapéutica y a la posición del terapeuta dentro del proceso de curación; también en este caso las innovaciones llegaron de ámbitos diferentes al clínico. La cibernética de segundo orden o cibernética de los sistemas que observan (Von Foerster, 1987) y los estudios sobre la autopoiesis de los sistemas biológicos (Maturana, Varela, 1985) han explicitado de forma directa el proceso de circularidad constructiva que se da entre observador y sistema observado. Este paso ha tenido a nivel clínico consecuencias importantes. En primer lugar, el terapeuta, abandonando el mito de la neutralidad, ha abandonado también la pretensión de un conocimiento objetivo de la realidad terapéutica. Observando a la familia él la transforma y es por ella transformado, en un proceso de continua y constante reconstrucción de los significados compartidos. En segundo lugar, el terapeuta debe aceptar la imposibilidad de controlar el proceso terapéutico y de poder prever sus resultados. Los sistemas son autopoiéticos en tanto que son capaces de producir y mantener una propia identidad y organización interna y al mismo tiempo evolucionar a través de una regulación continua entre la propia estructura y el ambiente externo. Tal regulación continua no puede ser sin embargo de tipo instructivo pues el sistema selecciona, utiliza e interpreta las modificaciones ambientales al redefinir su estructura en conformidad con su organización.

Así pues, los sistemas vivos, definibles desde cierto punto de vista como sistemas abiertos en constante intercambio con sus nichos ecológicos, también son sistemas clausurados desde el punto de vista de su organización. Y es esta clausura lo que determina qué interacciones resultan posibles para el sistema, qué estímulos ambientales el sistema selecciona y qué significado se les debe atribuir (Ceruti, 1986).

En esta perspectiva, la autonomía de los sistemas vivos constituye el principal interés y la adaptación al ambiente ya no se considera como una simple respuesta del sistema a lo que le llega del contexto en el que se halla inserto. Por el contrario, en la noción de adaptación es central el hecho de que el sistema conserva su autonomía, su identidad y su organización. No es el ambiente lo que determina los cambios del sistema, sino que es la estructura específica del sistema lo que determina la significatividad de los estímulos y su eventual acogida en los ciclos que definen su organización.

La adaptación no consiste, pues, en el hecho de que un sistema progrese hacia una mejor correspondencia con el ambiente, sino en el hecho de que el sistema encuentre una trayectoria que le resulte viable, unos caminos que le permitan conservar su identidad específica. El aspecto fundamental de estos fenómenos de autoorganización es la autocreación de sentido, la creación de significados nuevos que emergen de la información introducida en el sistema. Lo que significa, desplazando nuestro discurso hacia una reflexión más estrictamente clínica, que cada familia empleará en modo por completo personal y coherente con su estructura interna el proceso terapéutico y cualquier cambio que a través de este proceso se quiera introducir. La función del terapeuta, por consiguiente, es sobre todo la de introducir en el sistema elementos de mayor complejidad, de acrecentar las posibilidades de elección con respecto a la visión unívoca o estereotipada que la familia tiene de su propia realidad, para que autónomamente pueda reconsiderarla y poner así en marcha el proceso evolutivo. Será siempre la familia, en último término, la que cree y elija las formas y las direcciones, a menudo del todo imprevisibles, de su propio cambio, volviéndose, para utilizar las palabras de Bateson, «la artífice de su propia curación».

Éste es el motivo principal por el que las técnicas de tipo más prescriptivo o instructivo, consideradas como los intrumentos esenciales del equipaje clínico de los primeros terapeutas de la familia (y no sólo de ellos), se acompañan hoy en día con modalidades de intervención de tipo dialógico, metafórico y analógico. Modalidades que permiten «construir organizaciones de sentido específicas, las cuales determinan y son determinadas por todo lo que es puesto en circulación en los procesos comunicativos» (Lampis, 2012).

La escena terapéutica llega a ser, pues, un espacio en que poder proponer redefiniciones de la situación relacional descrita por los pacientes; abrir visiones alternativas de la realidad estereotipada, ya único punto de referencia para los miembros de la familia; co-construir nuevas modalidades de estar con, estar por, estar en contra, estar sin; actuar y gestionar afectos, emociones y pasiones; experimentar nuevos lenguajes.

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Notas

[*] Università degli Studi di Cagliari (Italia)
Contacto con los autores: jlampis@unica.it

[**] Traducción al español del original en italiano: Mirko Lampis.

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