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EGM.
marzo 2010 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 6, marzo de 2010.

Cabanillas, José Julio. Palabras de Demora. Osuna, Sevilla, Hipálage, 2009. Prólogo de Mercedes Marcos Monfort.

Enrique Nogueras Valdivieso
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Ahora reeditado por Hipálage, Palabras de Demora, el segundo libro de José Julio Cabanillas, fue publicado inicialmente por la también sevillana Renacimiento en 1994, que cuatro años antes había sacado a la luz su ya más que notable primer libro, Las canciones del alba. Aunque era entonces una obra de notable y ajustada belleza, tiene razón la prologuista de esta nueva edición cuando sugiere que dichas Palabras de demora, supusieron la consagración del autor como una de las voces más depuradas, intensas y personales –yo añadiría: y discretas– de la poesía lírica en castellano durante las tres últimas décadas. Las canciones del alba era un libro bellísimo, pero ahora estamos ante uno excepcional, un trabajo que contiene un puñado de poemas magistrales e inolvidables y entre ellos, sin duda, una de las mejores elegías que se han escrito en la península ibérica en la segunda mitad del siglo XX.

Con Palabras de demora, José Julio Cabanillas alcanza una plenitud creativa, una hondura lírica y un rigor intelectual que ya no le abandonarán y que estarán presentes en el resto de su obra, una obra caracterizada además por la sobriedad y la honradez de estilo y maneras, si se me permite esta expresión. En ella aparecen también y adquieren forma muchos de esos temas y motivos que va a retomar, variar y profundizar en sus libros siguientes, los rasgos y elementos de un mundo personal y una geografía, un mapa, un plano, que le son propios e intransferibles y por los que circulan los versos y la prosa del resto de su labor: el mundo mítico o mitificado, pero profundamente arraigado en lo real y en la experiencia viva de ese trabajo impecable que es En lugar del Mundo (Valencia, Pre-textos, 1998), de su novela lírica y autobiográfica Benzelá (Valencia, Pre-Textos, 1999) o de las espléndidas prosas de La luna y el sol (Sevilla, Numenor, 2006). Un espacio y un tiempo presente y activo en el resto de su obra que a menudo se localiza de manera explícita en él. Como ejemplo, baste citar el soneto –una estrofa que por cierto no ha cultivado mucho antes de Los que devuelve el mar– “Hermanas”, un motivo reelaborado después en el citado La luna y el sol y en el reciente Cuatro estaciones (Rialp, Madrid, 2008), su último y quizás más ambicioso libro. Algunos de estos argumentos ya se habían insinuado en Las canciones del alba, del que Palabras de demora –que toma su título de uno de los poemas finales de aquél– en cierto modo es maduro desarrollo, esplendida continuación, como lo serán los siguientes títulos de este poeta granadino, sevillano y jienense, todos ellos integrando una especie de suite de gran complejidad y riqueza intra, hipo e intertextual, cuyos temas y variaciones se funden en una prodigiosa y compleja armonía rica en tensiones y contrapuntos, que, sin embargo, no obstaculizan la directa intensidad y sencillez con que cada poema suyo nos interpela.

Escribe Mercedes Marcos Monfort en el prólogo con que se abre esta edición: “…Me propuse leer con pasión la obra de José Julio Cabanillas y comencé precisamente por este libro: su segundo poemario, la prueba de fuego, el salto al vacío del que todo poeta ha de salir triunfante. Por eso José Julio puso toda su alma en este cáliz de versos sonoros, donde lo que importa sí encuentra lugar en las palabras: en sus imágenes sentimos la certeza de lo inalcanzable, la ensoñación lírica del ayer, la mirada que nos devuelve cuanto el tiempo quiso, inútilmente, atar al olvido”. Aunque pienso que el poeta “se la juega” ante sus lectores en cada uno de sus libros –y José Julio Cabanillas ha superado siempre la prueba con sobresaliente– es verdad, me parece, que muchos perecen ya en ese segundo intento. Por supuesto, comparto el entusiasmo de la prologuista, aunque para mí la revelación vino hace muy pocos años a través de Los que devuelve el mar (Valencia, Pretextos, 2005) y gracias a Juan Carlos Abril, un poeta amigo, más joven y muy distinto, pero también muy estimable, a quien he de agradecer además el conocimiento personal de José Julio. El libro, como no podía ser menos, literalmente me deslumbró y quizás por eso sigue siendo el que prefiero de entre los suyos, aunque no me atrevería a decir que me parezca el mejor, asunto éste por otra parte tan banal como no dilucidable, pues en cada uno aparecen poemas excepcionales, de esos que un lector no olvida nunca. Después los he leído y releído todos con un fervor que hasta ahora ninguno ha desmentido ni defraudado.

Sigue diciendo más adelante Mercedes Marcos Monfort: “La belleza de la poesía restablece personas y paisajes de la niñez –alígeros recuerdos que se mueven entre el sueño y la vigilia– mediante un verbo depurado que ahonda en la alquimia de temas universales: la difusa frontera entre el ayer y el hoy, salvada por el recuerdo; la perturbadora certeza de lo sobrenatural; el deseo de huir, o de volver, quién sabe, libres incluso hasta de nosotros mismos… El aliento lírico nos abre al reencuentro con esos paisajes y figuras que fueron, y que aún son, mientras la palabra escrita sea capaz de recobrarla”. Poco puede añadirse a estas palabras. Acaso insistir en que la preocupación por el tiempo es también una interrogación por la identidad que en ese tiempo se pierde y se construye, en el continuo reencuentro del hombre y el niño o el viejo, y del presente y el pasado rescatado por la memoria o el recuerdo: la recuperación del tiempo ido, especialmente el mágico de la infancia, es también su transfiguración y, por ende, su anulación, su transcendencia, de suerte que esta poesía se abre hacia la eternidad, concebida no ya como un no tiempo sino como tiempo pleno, frente al degradado o degradante de nuestra existencia cotidiana. Así, en la segunda parte del libro, quien recuerda e invoca a la abuela fallecida es un fantasma ansioso de las cosas terrenales, el nieto, el poeta, que sigue vivo, aquí y ahora. Ello me lleva a hacer hincapié en la profunda religiosidad de esta poesía, una religiosidad que surge del sincero y hondo catolicismo de su autor, pero que lo trasciende en la medida en que apela a la profunda dimensión religiosa que en todo ser humano late, sean cuales sean sus convicciones.

Escrito exclusivamente en verso libre, con excepción del mencionado soneto en el que no faltan algunas asonancias, y en metros que se mueven en torno a la serie yámbica del endecasílabo o el versículo, Palabras de demora es un libro controlado con sumo cuidado en cada uno de sus braquistiquios, con uso sabio e inteligente de la pausa y los encabalgamientos, la prosodia y el ritmo. Divido en tres partes, su estructura recuerda la del cuarto poemario de su autor, el ya citado Los que devuelve el mar, solo que aquí la segunda parte no tiene el papel de bisagra o pasadizo que articula otras dos concebidas hasta cierto punto de forma especular, sino al contrario, a mi juicio, es el núcleo de más densa significación de todo el conjunto: un largo poema dividido en doce secciones o mejor una serie unitaria de doce poemas (en la edición inicial once), de los que el último es un “epílogo”, que me parece, como ya he apuntado, una de las más notables, intensas y logradas elegías de la lírica española contemporánea. Estratégicamente situada en el centro de la obra y dedicada a la abuela del poeta –Aurora Remón, alguien muy familiar para los lectores asiduos de Cabanillas–, la elegía, de una lógica poética que me atrevería a llamar implacable e impasible en su desarrollo, merecería un comentario detallado que aquí no puedo hacer: al dolor por la muerte y al rescate de la memoria a partir de la evocación surgida de los objetos cotidianos se une, en atenuada sordina, la certeza consoladora que nace de la convicción, ya desde el primer poema de la serie, de que “los años marcan compases de sonidos. / La pausa de un silencio. / Más yo trazo tu nombre, Aurora, sobre el polvo. Y aunque duele ese nombre, que es de luz presentida, / sé que estarás vecina de la luz. Ella te acoja / a otro lado del tiempo…” y en el penúltimo poema: “En un país que amabas ya estás amaneciendo”. Es sorprendente la sintaxis absolutamente discreta construida a base de oraciones independientes yuxtapuestas o coordinadas, la ausencia casi completa de subordinación, el tono tan doliente como sosegado, la alternancia de la segunda y la primera persona gramaticales, la escasez de retóricas aparentes. Un ejemplo: “Dejaste tu tarea por recostarte un poco. / El cuarto… Qué silencio. Estoy hablando solo”.

Esta elegía me parece, como digo, el auténtico núcleo del libro, e irradia su fuerza poderosa sobre la primera y tercera parte que a través de ella se engarzan y equilibran. Lo que no quiere decir, ni por asomo, que hayamos de menospreciar la belleza y calidad de los poemas que las componen. Si la primera –que se abre con paródico “Beatus Ille”, e incluye un poderoso contrafactum de un célebre poema de Chesterton y un hiriente homenaje a Billie Holiday–, se orienta más bien hacia el lamento y la pérdida (“Ulises”, “Edad de Oro”, “Plaza Bib Rambla” ) o a la pregunta angustiosa y la búsqueda en poemas como “Faro de Calahonda “, al que por cierto echo de menos en el por otra parte magnifico Libro de Faros de José Carlos Rosales (Málaga, Puerta del Mar, 2008) o “Parientes”, en la tercero nos encontramos más en el espacio de la transfiguración, del tiempo abolido y el locus amoenus recuperado por la memoria y la palabra poética (“Almendro en Flor”, “Sorpresa de septiembre”). Esta tercera sección asimismo incluye, –otro rasgo en común con la estructura de Los que devuelve el mar– dos monólogos dramáticos de tema explícitamente religioso, los dos últimos poemas del libro, de los que, desde mi modesta condición de agnóstico, me atrevo a decir que su osadía corre pareja con su hermosura.

Esta segunda edición se anuncia revisada y aumentada. Aparte de con el prólogo fervoroso, oportuno y muy bien escrito de Mercedes Marcos Monfort –del que de tan abusiva manera me servido en esta nota– y de algunas correcciones y modificaciones a muy juicio más bien irrelevantes, el libro se ve enriquecido con tres nuevos poemas, acaso recuperados, en todo caso hermosos; uno por cada parte de la obra. Tienen la apariencia de ser contemporáneos de ésta, de haber surgido al menos del mismo clima anímico y espiritual. Bienvenidos sean, pues que en ella se integran de forma tan natural. Y bienvenida sea esta reedición que pone de nuevo en manos de los lectores un libro memorable y agotado –aunque curiosamente no descatalogado todavía, según puede verse en la página web de su primer editor–.

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