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septiembre 2015 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 17, septiembre 2015.

«Deseos deseantes»: lesbianismo y lenguaje poético

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Antonia López Valera [*]

Resumen. Abordamos el deseo desde la crítica feminista lesbiana en algunos poemas de Cristina Peri Rossi y su relación con la construcción de la identidad en torno a un sujeto mujer, no tanto objeto de deseo sino como sujeto activo. Entendiendo que la poesía es clave para generar otras miradas subversivas y plurales, así como reflejo del constructo social en el que nos hayamos incardinados, los poemas de Peri Rossi nos ofrecen con ironía, profundidad y humor, una mirada atenta en torno a la construcción de dicho sujeto de deseo.Palabras clave: poesía, feminismo, lesbianismo, deseo, Cristina Peri Rossi

Abstract. In this paper, desire, in some of Cristina Peri Rossi’s poems, should be observed with a lesbian feminist point of view. Desire’s relation to women’s identity is closer to an active sexual subject rather than an object of desire. Since poetry is essential in order to generate other subversive and diverse opinions and to reflect the construct of society, Peri Rossi’s poems offer us an attentive look into the construction of such a subject of desire, in an ironic, deep and humorous way.

Keywords: poetry, desire, feminism, lesbianism, Cristina Peri Rossi

Lucas VI, 44
Y dijo el profeta: «Por su sexo las conoceréis»
Peri Rossi, Cristina, 2005:32

Introducción

Desde que me introduje en el mundo académico siempre me han enseñado que la poesía es universal; después de varias decepciones como discente y docente, llego a la conclusión, como muchas habían llegado antes (Rich, 1983:59), de que ser universal significa no femenina, puesto que la mujer ha quedado relegada a la invisibilidad en todas las disciplinas científicas y artísticas; que la universalidad a la que nos enfrentamos gira en torno al entramado patriarcal, al heterosexismo que funciona como eje y guía, al menos de nuestra sociedad occidental, como acierta a señalar Monique Wittig (2006):

Esta tendencia a la universalidad tiene como consecuencia que el pensamiento heterosexual es incapaz de concebir una cultura, una sociedad, en la que la heterosexualidad no ordenara todas las relaciones humanas, sino su producción de conceptos al mismo tiempo que todos los procesos que escapan a la conciencia. Estos procesos inconscientes se tornan, por otra parte, históricamente cada vez más imperativos en lo que nos enseñan sobre nosotras mismas por medio de los especialistas. Y la retórica que los expresa, revistiéndose de mitos, recurriendo a enigmas, procediendo por acumulaciones de metáforas, cuyo poder de seducción no subestimo, tiene como punción poetizar el carácter obligatorio del tú-serás-heterosexual-o-no-serás (p. 52).

Reconocemos las trampas del patriarcado en torno a las mujeres recorriendo la historia, que ha negado nuestra sexualidad desde diferentes frentes: religión, política, psicología…, limitando, controlando, privando de la integridad que se nos presupone, creando un peligro mucho mayor, el de la autodestrucción; para Adrienne Rich, esto ocurre cuando no nos creemos con el poder de crear obras importantes, cuando las necesidades de los demás son más importantes que las nuestras y cuando buscamos continuamente la aprobación masculina (1983:148-149).

Siendo así, cuando abordamos el tema de la mujer en la historia, es preciso enfocarlo bajo el prisma de este binomio sexo/género así como el de la sexualidad. Esta última es importante en el fortalecimiento de nuestro ser para romper los discursos anteriores y actuales que indican, como escribe Lipovetski que «las mujeres sólo existen por el amor» (1999:18). No parece posible romper en algunos contextos la sumisión de la sexualidad femenina siempre a merced de la masculina si no se realiza un desmantelamiento del pensamiento heterosexual.

Las relaciones humanas se han forjado en torno a un desequilibrio de poder que surge de la diferencia de sexos, que no son dos pero como si lo fueran porque están en el imaginario colectivo de la mayoría de las personas. Responderemos al discurrir propio que nos hace portadoras del conocimiento heredado y transmisoras de un deseo que, como señala Michel Foucault, ha sido convertido en discurso por el poder (1998:15). La propia Judith Butler en su libro Deshacer el género nos hace reflexionar sobre el significado de género y cómo la vida del deseo se imbrica con la construcción de aquél, porque hay deseos que no se originan en nuestra individualidad, en nuestra soledad sino que dependen de un reconocimiento social que los valide como tales (2006:14).

Dolores Juliano y Raquel Osborne desenmascaran las trampas de un modelo heterocentrado en su ensayo acertadamente titulado: «Las estrategias de la negación. Desentenderse de las entendidas» en el que señalan que

la invisibilización no es una suma de opciones individuales […] sino la principal estrategia social para neutralizar el impacto de la autonomía sexual de las mujeres. El factor que subyace sería la eficacia de los controles sociales informales como estrategia de silenciamiento (Raquel Platero, 2008:15).

Esta estrategia social parte del modelo heterosexual que ha construido un entramado, un tejido discursivo que no nos permite identificar imágenes, códigos, metáforas que atiendan a la pluralidad afectivo sexual, simplemente porque no se nos han mostrado; y, si en algún momento histórico se hizo, los discursos (médicos, psicológicos, religiosos…) fueron modelados y tergiversados en su mayoría por hombres para hacerlos desaparecer. Es por ello que este trabajo responde a una reflexión sobre el «deseo» como una de las emociones que se posiciona desde el ser mujer, como sujeto político, abandonando, de esta manera, la tradicional posición de objeto impuesta a la mujer por el poder heterosexista perpetuada a través de la educación y el entorno cultural en el que vivimos.

Se hace necesario precisar que partimos de la significación de «deseo» no desde el punto de vista de la crítica psicoanalítica, ya que nos volveríamos a introducir en el ámbito conceptual de lo sexual como punto de partida, sino que remitiremos a la tradición hegeliana, tal y como la recoge Butler, que afirma que todo deseo es

un deseo de reconocimiento y que cualquiera de nosotros se constituye como ser social viable únicamente a través de la experiencia del reconocimiento (…) Los términos que nos permiten ser reconocidos como humanos son articulados socialmente y son variables. Y, en ocasiones, los mismos términos que confieren la cualidad de «humanos a ciertos individuos son aquellos que privan a otros de la posibilidad de conseguir dicho estatus, produciendo así un diferencial entre lo humano y lo menos que humano» (1999:14).

En ese reconocimiento no quedan al margen ni nuestra identidad sexual ni la percepción de la sociedad. Así pues, se evidencia la siguiente cuestión: ¿es el deseo, un deseo construido desde el entramado heterosexista y patriarcal? A esta cuestión intentaremos dar respuesta desde el punto de vista de la crítica literaria lesbiana, situando dicho deseo, primero en el terreno de la igualdad para llegar, posteriormente, a cada una de las identidades sexuales que conforman y nos constituyen como sujetos activos y deseantes.

Para ello nos apoyamos en la poesía como medio de transmisión cultural e ideológico, prestando atención a una de las autoras que más interés despiertan en la constitución de un sujeto deseante (y no tanto deseado), la uruguaya-española Cristina Peri Rossi (1941).

La poética del deseo

III

El deseo es un rostro que esconde muchos rostros.
Si descubrimos el último
todavía nos queda el próximo.

Peri Rossi, Cristina, 2005: 822

La única ley, la ley del deseo fue el lema de la pancarta que encabezaba el bloque rosa en la manifestación del Foro Social Europeo celebrado en Florencia en 2002 (Gil, 2011:24). Lema que nos lleva a formularnos desde la perspectiva de la crítica feminista, la siguiente cuestión: «¿Qué sería un deseo genuino cuando la producción subjetiva de la feminidad está atravesada por una construcción del deseo propio a partir del deseo del otro o del deseo de ser deseada?» (2011: 25). En este sentido y desde la crítica literaria feminista, también Audre Lorde formula una pregunta provocativa: «¿Podemos crear una crítica feminista útil con los métodos y las formas del lenguaje que heredamos de los amos? Y ella misma responde: Las herramientas del amo nunca desmontarán su casa» (Segarra y Carabí, 2000:25). Precisamente el lenguaje poético puede permitirnos romper el discurso, los mitos, las leyes del entramado patriarcal, con el deseo propio, un deseo feminista que presta atención a nuestros mundos, a nuestras identidades; ya que la poesía nos aporta un modo semiótico distinto de ver y vivir la vida.

Siempre que formulamos un cuestionamiento, sobre todo en torno a la sexualidad y a las relaciones que establecemos, subyace un deseo, es el deseo de preguntar, de conocer, de abrazar la realidad y aportarle un sentido, sea cual fuere. Pero también es cierto que en ese deseo de, nos posicionamos epistemológicamente y vivencialmente y que de ese «yo egocéntrico enunciador» (terminología de la comunicación) se genera la posición respecto a la segunda y tercera persona, singular o plural, en definitiva: del otro. Y como recogen Marta Segarra y Àngels Carabí, recuperando el pensamiento de Gayatri Ch. Spivak, estas posiciones no son fijas ya que «nuestro yo puede ocupar diversas posiciones: estar lesbiana» (2000:137). A la vez este posicionamiento se construye socialmente puesto que «[el] otro está en mí y debo saber y poder reconocer los lugares en los que con más o menos consciencia puedo ocupar, ocupo o puedo estar ocupando» (2000:137).

No dudo que el ocupar una identidad fija facilita y aclara los conceptos, pero desde la crítica literaria feminista, o desde la crítica literaria feminista lesbiana, se abre un abanico multidisciplinar que debemos atender y, sobre todo, prestar atención a la segunda advertencia de Spivak recogida por Segarra y Carabí sobre la necesidad de cuestionarnos no sólo desde «qué lugar hablamos» sino también «preguntarnos desde qué lugar nos escuchan y cómo nos escuchan» (2000:138).

El deseo de desterrar el pensamiento heterosexual obligatorio no es algo nuevo, Gayle Rubin, Monique Wittig, Adrienne Rich y la misma Judith Butler, que lo identifica como la matriz universal, han aportado suficiente literatura para hacernos reflexionar y para producir cambios que ocurren, aún hoy, no con toda la fuerza necesaria. Creemos que el lenguaje poético puede complementar la contribución hecha por estas teorías críticas. En este sentido, una de las autoras que nos parece de gran interés es la escritora uruguaya-española Cristina Peri Rossi (1941) en cuya poesía puede leerse un sujeto enunciador posicionado e identificado como sujeto activo y deseante y que nos hace receptoras libres de un imaginario en torno a las mujeres, pocas veces expresadas con tanta sencillez, humor y claridad. En el siguiente poema Peri Rossi enfatiza la construcción social de la mujer heredada durante siglos como ser predestinado a satisfacer las «necesidades» del hombre:

Vienes fabricada
por veinte siglos
de predestinación
en que te hicieron así
los hombres anteriores
para amarte según sus necesidades
e imperios
y esa tradición
si injusta
y violatoria
no es, en resumen,
el menor de tus encantos. (2005: 219).

No obstante, el resultado de este mujer-objeto creada como deseo masculino es apropiado por una voz poética femenina que reconoce la imposibilidad de separar el propio concepto de «mujer» del sistema de opresión «injusta» y «violatoria» desde el que se nutre. Parece Peri Rossi rescatar la concepción wittigiana, según la cual, la categoría de mujer se origina como producto de un sistema de pensamiento heterosexual del cual es inseparable.

Es cierto que no es fácil subvertir la imagen trazada a lo largo de tantos siglos, la objetividad del sujeto llamado mujer en la subjetividad de la historia, que ha sido «el gran pacto entre caballeros» (Amelia Valcárcer) y que ha configurado nuestra identidad cultural. A veces, el deseo se transforma, como en los versos de la poeta Concha García: «No hacer lo mismo. No avanzar en el círculo / […] No a la mujer repetida» (2008:115) que intenta romper con las representaciones que una y otra vez se repiten y no permiten avanzar; o la poeta María Sanz que, en su poema «Hombres al natural», recrea una serie de ritos (enviar rosas, veladas con cena…) que se perpetúan y que, por su simbolismo de conquista o protección, también de falsedad, soberbia y artificialidad, en lugar de acercar, aleja a las mujeres:

Son seres grises, / inequívocamente masculinos, / que lo mismo me envían / algún ramo de rosas / con cuatro / plenilunios de retraso […] hombres al natural, de calle y riesgo, / que buscan evadirse / llevándome a cenar. […] Pero yo siempre he sido / inequívocamente femenina, / y declaro ante ti que cada vez / es mayor la distancia que nos une (1997:279-280).

De este modo, no sólo el heterosexismo, sino también el sexismo se perpetúa socialmente y se incorpora a nuestra vida. La sociedad toda se encarga de difundir insistentemente, a través de todos los instrumentos disponibles (publicidad, series televisivas, fiestas sociales y familiares…) los roles que mujeres y hombres han de repetir y, por tanto, perpetuar.

Meri Torras nos dice que «los sujetos somos un proceso por los enredos pluridireccionales de los discursos de poder/saber» (2007:22) y nuestra labor ha de ser mostrar y demostrar repetida y machaconamente esos mecanismos de poder que aparentan ser prácticas naturales pero no lo son.

Y es por eso que Rich en su libro Heterosexualidad obligatoria y existencia lesbiana, ya desde el prólogo nos indica que lo escribió para «animar a las feministas heterosexuales a analizar la heterosexualidad como institución política que debilita a las mujeres» (1980: 15). Con ciertas dosis de humor Cristina Peri Rossi lo refleja en su poema «Una historia de revoluciones» donde encontramos esos enredos pluridireccionales que nos configuran como personas:

De joven quería cambiar
el mundo. Se hizo guerrillera,
pero comprendió que para cambiar el mundo
había que cambiar a los hombres.
Consiguió sobrevivir
y se hizo feminista,
pero comprendió que para ser feminista
era necesario cambiar a las mujeres.
Entonces, abrazó una religión.
Pero religiones había muchas,
de modo que pronto se cansó.
Ahora, se limita a cambiar
el canal de la televisión. (2005: 673).

Sin caer en la inanidad, describe el proceso de muchas biografías femeninas; o quizás: tener el valor de ser diferente, en ocasiones, se queda sólo en eso, deseo. Pero en ese deseo de hacer presente lo ausente, de obviar lo común y poner nombre a lo «extraordinario», la poeta vuelve a jugar con el lenguaje y nos deja el poema «Contra lo ordinario»:

Nadie ha podido demostrar hasta ahora
de manera fehaciente
que los pequeños deseos
son más fáciles de conseguir que los grandes.
Sólo se ha podido demostrar
de manera fehaciente
que son más numerosos. (2005: 789).

Una invitación a no soñar con grandes acontecimientos, sino que el deseo de una tarea pequeña reconocida y aceptada puede suponer mayor esfuerzo, sí,pero también mayor gratificación. Sin obviar la carga irónica que se desprende, ya que a veces, tener esos pequeños deseos, tampoco garantiza que se puedan cumplir.

Así que, por qué no dar un paso más y cruzar el puente, sabedoras de que nos mirarán, pero aún más importante, nos reconocerán, sin necesidad de justificaciones biológicas, religiosas o políticas. Es un deseo que se quiere hacer realidad, que se hace realidad discretamente, torpemente o violentamente en miles de ocasiones. Ya Foucault argumentó «que los deseos no son entidades biológicas preexistentes, sino que, más bien, se constituyen en el curso de las prácticas sociales históricamente determinadas» (Rubin, 1989:14) y que de esa forma nos «evalúa» la sociedad, una evaluación limitada al discurrir heterosexual. Cristina Peri Rossi rompe en este poema, «3ª estación: campo de San Barnaba», con los prejuicios sociales, porque el deseo de dos semejantes es mucho mayor que cualquier lógica heteropatriarcal:

Esta noche, entre todos los normales,
te invito a cruzar el puente.
Nos mirarán con curiosidad —estas dos muchachas
y quizás, si somos lo suficientemente sabias,
discretas y sutiles
perdonen nuestra subversión
sin necesidad de llamar al médico
al comisario político o al cura.
Sobre los canales ha llovido una lluvia fina de algodón;
nadie sabe el nombre de estas mariposas blancas
que vuelan sobre los ríos de Venecia
como plumas
que cubren las aguas y los puentes.
Y el vaporetto se desliza suavemente
entre estas flores blancas sin tocarlas
rozándolas apenas
como ronda el deseo en pos de ti
en pos de mí
densa película que nos unta
enardeciente,
húmeda,
dual y semejante. (2005: 435).

El poema sugiere la relación amorosa, y por tanto subversiva, del sujeto poético femenino hacia un tú también femenino. El deseo y el amor lesbiano quizá no sea tan diferente al heterosexual, «las mariposas», metáfora del enamoramiento simbolizan de igual manera, no distingue ni sexo ni género, se confunde entre «todos los normales»; lo que sí es diferente es cómo lo perciben los demás, cómo buscan esa discreción y cómo los discursos patriarcales («sin necesidad de llamar al…») hacen que esa homofobia siga latente.

Nos preguntaremos, si este simple hecho, pasear juntas de la mano, es importante para entender el deseo de las mujeres lesbianas. Desde mi punto de vista, la respuesta es afirmativa puesto que confiere identidad y visibilidad, que son los primeros pasos para adquirir la aceptación y romper con el etiquetaje y el marcaje férreo de la sociedad. La antropóloga Olga Viñuales realiza un espléndido trabajo en torno al lesbianismo y analiza aquellos estereotipos distorsionados y simplificados en muchas ocasiones por la realidad social ya que, lo señalé al principio de la exposición, es importante saber cómo nos ven los demás:

La identidad tiende a «explicarse en términos de conciencia de la diferencia y del contraste» (Pugadas, 1993). Esta conciencia surge de la interacción entre individuo y sociedad. Es una conciencia moral, ya que el valor que damos a la pregunta ¿Quién soy yo? proviene del valor que los demás asignen a la respuesta. En la relación cotidiana interactuamos con los demás basándonos no tanto en lo que somos realmente, sino en nuestros pensamientos sobre nosotros mismos y los demás (2006:111).

Las recreaciones del deseo son múltiples y pluridireccionales, ¿reflejo de una sociedad o reflejo de una identidad? Aparecen y se difuminan, se resignifican una y otra vez, pero están ahí aportando sentidos varios a las personas y su forma de vivir la sexualidad, el mundo.

Podríamos decir, siguiendo a Peri Rossi, que no hemos pretendido en este trabajo agotar el tema que nos ha ocupado, sólo explorar, a partir del lenguaje poético, el papel que juega el deseo como inicio o reflejo de nuestra sexualidad, de nuestra manera de estar y de ser junto a los demás.

Humildad

Nunca he pretendido que una sola idea
explicara la diversidad del mundo
ni un Dios
fuera más cierto que numerosos dioses
Nunca he pretendido que la psicología
excluyera a la biología
ni que tener un sexo
excluyera al otro.

Nunca he pretendido que una sola persona
colmara todos mis deseos
ni satisfacer todos los deseos
de una sola persona.

Nunca he pretendido vidas anteriores
ni vidas futuras:
no creo haber sido
nada más que lo que soy
y eso, a veces,
con grandes dificultades. (2005: 658).

Bibliografía

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(2006), Deshacer el género, Madrid, Paidós.

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Platero, Raquel (coord.) (2008), Lesbianas. Discursos y representaciones, Santa Cruz de Tenerife, Melusina.

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(1983): Sobre mentiras, secretos y silencios, Barcelona, Icaria.

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Sanz, María (1987), «Hombres al natural». En Noni Benegas y Jesús Munárriz (eds.), Ellas tienen la palabra. Dos décadas de poesía española, Madrid, Hiperión.

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Wittig, Monique (2006), El pensamiento heterosexual y otros ensayos, Madrid, Egales.

Notas

[*] Universidad de Granada.
Contacto con la autora: alopval@correo.ugr.es
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