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EGM.
septiembre 2009 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 5, septiembre de 2009.

¿Existen los problemas filosóficos? Ubicar la mente en un mundo físico

Alberto Morales
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Decididamente la capacidad de organización de ciertos pueblos no deja de asombrarme. Apenas se había extinguido el zumbido de los Stuka alemanes sobre el cielo de Londres cuando la Sociedad de Ciencia Moral de la Universidad de Cambridge organizó uno de sus prestigiosos seminarios. Aquel día, a última hora de la tarde del 25 de octubre de 1946, el filósofo austriaco Karl Popper había sido encargado por los organizadores para impartir una charla-debate que, a petición del propio conferenciante, llevaba el sugerente título de ¿Existen los problemas filosóficos? Sugerente por motivos varios [*].

De entrada, el modus operandi del quehacer filosófico había cambiado de forma sustancial, muy especialmente en el ámbito anglosajón. El pujante desarrollo de la filosofía analítica no dejaba de poner en entredicho verdades que durante siglos dormitaban sobre pedestales de granito. El escalpelo analítico fue inmisericorde: desde Platón hasta Hegel, incluyendo a Kant y, por supuesto, sin olvidar a Descartes. Precisamente este último, con las ideas vertidas en sus Meditaciones metafísicas —allá tras la ventana, al abrigo del frío, junto a la reconfortante estufa—, había sentado los fundamentos de la concepción moderna de la mente. En su Primera Meditación, Descartes introduce un método de análisis basado en la duda: el mundo y sus fenómenos asociados pueden no ser sino el producto de un sueño, o peor aún, el resultado de la acción perversa de un Genio Maligno empeñado en hacernos creer lo increíble. Tan siquiera su prestigio —hablamos de Descartes—, labrado durante siglos de discusión filosófica, le libró de la cirugía: el Genio Maligno enclaustrado en su vetusta lámpara y pasaportarlo a las rojas arenas del Tassili argelino, al abrigo de curiosos y en espera quizás de tiempos mejores. El dualismo de sustancias, el teatro cartesiano de la mente y el palco privilegiado de la mirada interior fueron sentados en el banquillo y acusados de graves cargos.

Y de salida, el análisis filosófico del lenguaje avisaba a navegantes: ojo con los conceptos, que las más de las ocasiones se asientan sobre grietas glaciares y, ya se sabe, hay que estar muy atento y ver dónde pisamos para no precipitarse al abismo. Décadas antes, un jovencito y timorato Nietzsche, que por aquel entonces aún no era Nietzsche, ya había anunciado el peligro en Sobre verdad y mentira: los conceptos. Aquí parecía anidar la Esfinge y en el hecho de que el lenguaje, o mejor aún, cierta forma de uso de éste, no hacía sino enredar el problema en una maraña de significados que flotaban en el vacío. En aquella época, en aquel año, aquella tarde, Ludwig Wittgenstein era ya un celebérrimo pensador experto en el uso de lancetas y escalpelos. Y estaría allí sin duda escoltado por sus incondicionales, su guardia pretoriana.

Era fresca aquella tarde otoñal de la campiña inglesa, pero el destino quiso reunir en un mismo lugar los ingredientes precisos para que el ambiente se caldease y el frío huyera; los rescoldos de aquel fuego aún irradian pasados sesenta años. Porque mucho se ha escrito sobre lo que aconteciera aquella tarde en la sala H3 del edificio Gibbs del King´s College. Todos coinciden en que a medida que los minutos transcurrían, el tempo se tornaba crescendo y que Wittgenstein, presa de su conocida vehemencia, no dejaba de golpear el suelo con un atizador que tenía en sus manos. Toc-toc-toc. Una y otra vez interrumpía al invitado: los problemas filosóficos no son sino enredos lingüísticos; el quehacer de la filosofía era ajeno al edificio de la ciencia como tal, aunque debía rastrear en sus cimientos en busca de claridad conceptual; que la psicología, por mucho alarde experimental que hiciese, era pródiga en enredos conceptuales. ¿Calculó realmente Wittgensgtein el coraje de su contrincante? Lo pregunto porque según las crónicas, Popper, al ser retado acerca del estatuto real de los problemas éticos, no se lo pensó: “No amenazar a los conferenciantes invitados con un atizador”. Aquello desbordó el océano. Wittgenstein, visiblemente enfurecido, arrojó el atizador contra el suelo y salió de H3 blandiendo la puerta tras de sí. Las mismas crónicas aseguran que la reunión continuó como si nada extraordinario hubiese tenido lugar. ¡Flema envidiable!

Ha llovido desde entonces, qué duda cabe. Y la filosofía, este tipo de filosofía, no ha conocido tregua. Cierto es que las ideas de ambos pensadores —Popper y Wittgenstein— han sobrevivido a sus ocupantes físicos, si bien es justo reconocer que la onda de choque wittgensteiniana continúa colándose por todos los intersticios de la filosofía, muy en especial en la temática de lo mental. Pero los problemas filosóficos, siquiera algunos de ellos, sí que existen, ignoro si a pesar de Wittgenstein o precisamente porque él, en su proverbial preclaridad, acertó a iluminarlos.

En lo que sigue quisiera destacar algunos frentes donde la moderna investigación filosófica es relevante en la tarea de atisbar posibles soluciones a problemas que a nosotros, psicólogos del siglo XXI, no nos son ajenos: qué es la mente y cuál es su lugar en un mundo regido por principios físicos.

Asumimos sin complejos que las tesis derivadas del conductismo filosófico —pensemos por ejemplo en los escritos de Gilbert Ryle— arrojaron luz sobre cuestiones relativas a la mente, en especial a todo lo que tenía que ver con rasgos de carácter y habilidades, entendidas desde la óptica de las disposiciones de actuación. Ahí, el criterio externo, el referente a lo que el sujeto hace, a su desempeño, parece tener estatus constitutivo. Pero ¿qué decir de los datos de la experiencia fenomenológica, de las sensaciones y sus cualidades asociadas? Las respuestas del conductismo no eran del agrado de todos y muy especialmente de un nutrido grupo de filósofos de las antípodas, quienes durante la década de los cincuenta del siglo pasado hablaron sin máscara alguna del cerebro en sus explicaciones de la mente.

Dichos filósofos australianos, enemigos declarados de la mente cartesiana, asumen la existencia de procesos mentales de carácter “interno”, pero, en su osadía, se atreven a decir que éstos no son sino actividad cerebral. En plata, que Ψ = Φ. De manera contingente en este mundo que nos ha correspondido en suerte, existe una precisa —y preciosa— correspondencia biunívoca entre enunciados psicológicos y procesos cerebrales. Esa correspondencia es la más fuerte que imaginar cabe: la identidad.

Apenas habían transcurrido diez años desde el episodio del atizador cuando U.T. Place escribe:

Se sugiere [en este ensayo] que podemos identificar la conciencia con un patrón dado de actividad cerebral, si somos capaces de explicar las observaciones introspectivas del sujeto por referencia a procesos cerebrales con los que están correlacionados.

Mayor claridad, imposible. No hay lugar posible para el observador cartesiano en esta tesis.

No deja de ser curioso que este planteamiento de identidad sea asumido, tel quel, por la mayor parte de los actuales estudiosos del cerebro, que sin complejos ignoran olímpicamente todo lo acaecido durante el último medio siglo. He aquí un conocido botón de muestra:

La hipótesis revolucionaria es que «Usted», sus alegrías y sus penas, sus recuerdos y sus ambiciones, su propio sentido de la identidad y su libre voluntad, no son más que el comportamiento de un vasto conjunto de células nerviosas y de moléculas asociadas. Tal como lo habría dicho la Alicia de Lewis Carroll: «No eres más que un montón de neuronas».

La cita es de Francis Crick. Si tan sólo somos un puñado de neuronas, ¿qué decir entonces de la intencionalidad, del hecho de que mis estados mentales son acerca de algo, tienen poder representacional, están preñados de significado? Crick respondería: “Déjese de monsergas y atienda al proceder de los circuitos cerebrales”. Pero Crick olvida, o así lo parece, que por mucho que sondee en las redes cristalinas del granito nada de lo que allí encuentre me dirá palabra alguna sobre esa peculiar forma de apilar las piedras que los humanos conocemos como arte gótico. Donde llega el microscopio, el significado parece esfumarse. Si quiero comprender la mente he de mirar al cerebro, cierto, pero también a los vínculos que éste establece con su entorno. Las propiedades mentales son, en su inmensa mayoría, propiedades relacionales. Parece entonces que Ψ ≠ Φ. Quizás Ψ = f(Φ). Somos marañas de neuronas, sí, pero en busca de un alma semántica. José Antonio Marina dixit.

La clave ahora es, precisamente, esa f, f de funcionalismo. Aunque con notables matices, la actual filosofía de la mente es de corte funcionalista. Para entender la mente, prestemos atención a sus nexos causales y no tanto a su estructura física. En el universo que habitamos, la mente y las células nerviosas guardan una exquisita relación y conviene no llamarse a engaño: sin cerebro no hay mente, y si el cerebro falla, la mente sigue unos derroteros que no dejan de asombrarnos: un hombre puede, sin más, confundir a su mujer con un sombrero. Pero esa relación entre la mente y la química del carbono es contingente: cabe imaginar “marcianos” hechos Dios sabe de qué material y que alberguen un rico y colorido mundo mental. Y, quién sabe, es posible que los “marcianos” ya cohabiten con nosotros como inteligentes robots. Cuando Roy, aquel soberbio ejemplar de replicante de la serie Nexus-6, se dirige a un vapuleado Blade Runner ahora más sorprendido que atemorizado y, sosteniendo una paloma en una de sus poderosas manos, se arrodilla y dice: “Yo he visto cosas que vosotros no creeríais…”, no sólo está alumbrando uno de los momentos más mágicos de la historia del cine, sino que además está haciendo saltar por los aires la identidad psiconeural de propiedades. Roy muere y la paloma, liberada, remonta el vuelo bajo la pertinaz lluvia y con un fondo decididamente urbanita. ¿Era Roy un simple autómata cartesiano carente de mente? No lo parece.

¿Y qué decir de otras especies no humanas? ¿Pululan otras mentes por el planeta? Todo depende de qué estemos dispuestos a sumir bajo el rótulo mente. Si mente implica el manejo de conceptos lingüísticamente cargados, entonces parece que andamos solos. Pero ni de lejos es suscrita esa asunción por todos los expertos. Existen conceptos prelingüísticos ― ¿protoconceptos? ― e incluso juegos de lenguaje en otros organismos con cortezas prefrontales bien desarrolladas, chimpancés y delfines entre ellos. Parece que sí hay otras mentes interpretando el mundo. La negativa de Heidegger a conceder este beneplácito quizás se deba a su excesiva afición a los gusanos y las mariposas nocturnas…

Cuando antes comentaba que la aceptación sin más de una tesis de identidad suponía ignorar un sinfín de enredos conceptuales, lo hacía muy en serio. Porque es justo a finales de esa década prodigiosa de los cincuenta cuando se sientan las bases de lo que hoy conocemos como Ciencia Cognitiva, donde la filosofía de la mente desempeña un papel no precisamente ornamental. Asumir sin más que Ψ = Φ supone, en el mejor de los casos, un alarde de temeridad ingenua, y de ignorancia manifiesta en el peor. Los problemas filosóficos existen y no todos pueden resolverse en un laboratorio. No se trata de embarcarse en misiones imposibles. Hilay Putnam parece pisar terreno firme cuando escribe: “Los cierto es que los filósofos están comenzando a hablar nuevamente sobre las grandes cuestiones y a creer que algo puede decirse de ellas, por más que no existan soluciones definitivas o grandiosas.”

Científicos y filósofos de la mente están llamados a entenderse. Sólo así pueden evitarse disparates como los que con excesiva frecuencia nos ofrecen los titulares de prensa, que lanzan al éter la idea de que podemos fotografiar las emociones gracias a la avanzada tecnología de las imágenes cerebrales. Parece que esos memes cuentan con un terreno abonado. Me gusta la forma como Howard Gardner ve el asunto:

A mi entender, la creación de la ciencia cognitiva ha brindado un maravilloso estímulo a la filosofía, y la filosofía es un auxiliar indispensable de los científicos empíricos… Pero al mismo tiempo, la filosofía debe seguir diligentemente y de cerca los hallazgos empíricos, si no quiere convertirse en una disciplina infecunda o estéril para la ciencia.

Los problemas filosóficos existen. Y más vale que así sea, porque ¿con qué ánimo si no enseñaría todas estas cuestiones a mis animosos estudiantes?

Notas

[*] Este trabajo es una versión de la conferencia ofrecida en la Unidad de Docencia y Psicoterapia del Hospital Virgen de las Nieves de Granada, en la conmemoración de su decimo octavo aniversario; también se publicó una transcripción en el volumen 14 (2007) de los Seminarios de dicha Unidad.

 

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