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EGM.
Marzo 2010 /
Publicación semestral. ISSN: 1988-3927. Número 6, marzo de 2010.

Toy Stories

Hilario J. Rodríguez
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Todos los muñecos tienen algo siniestro: sus risas congeladas, sus miradas perdidas, la frase que repiten una y otra vez hasta que se les acaban las pilas, el mismo traje desde el día que los compramos, en ocasiones incluso una incómoda postura que sólo podemos modificar amputándoles una extremidad… Aun así, hay quienes no podrían vivir sin ellos. Erich von Stroheim, por ejemplo, no era capaz de separarse jamás de su muñeco Otto en El gran Gabbo (The Great Gabbo, 1929, James Cruze); él era su único confidente, su amigo, su cómplice cuando decidía hacerle daño a alguien. Está claro que no sólo los niños les entregan sus secretos a un soldadito de plomo o a una Nancy, también los adultos pueden preferir antes la amistad de una marioneta que la de otros seres humanos. Pero si los muñecos siempre pueden provocar una ligera inquietud al mirarlos demasiado tiempo, quienes hablan con ellos en susurros resultan todavía peores porque uno nunca sabe si se trata de chalados inofensivos o de locos furiosos.

La historia del cine está repleta de ingenios mecánicos, como muestran Hotel eléctrico (1905, Segundo de Chomón) o Metrópolis (Metropolis, 1927, Fritz Lang). No obstante, los auténticos reyes de la función han sido los muñecos, los autómatas y los robots. A principios de siglo hizo su aparición la figura de El Golem (Das Golem, 1915, Paul Wegener), un ser de arcilla creado por un rabino para liberar a los judíos de los abusos del rey Rodolfo II. Ya entonces la imagen de este extraño ser provocó miedo en los espectadores cuando sus propósitos iniciales cambiaban al ir a parar a manos de unos delincuentes que querían utilizarlo para perpetrar sus robos y sus asesinatos. En general, los muñecos y los autómatas de tamaño natural son muy peligrosos, si no que se lo cuenten a El doctor Frankenstein (Frankenstein, 1930, James Whale). O a los creadores de robots como los de Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1950, Fred MacLeod Wilcox) o 2001, una odisea espacial (2001, A Space Odyssey, 1968, Stanley Kubrick).

Cuestión de tamaño

Lo anterior no quiere decir que quienes se codean con pequeños títeres o marionetas están a salvo. Muchos ventrílocuos, sin ir más lejos, han perdido la cabeza al lado de sus muñecos. Erich von Stroheim no fue el primero en sucumbir ante su gran amigo Otto; antes de él, Lon Chaney ya había probado en Unholy Three (1925, Tod Browning) que la compañía de una marioneta puede resultar letal para cualquiera que ose llevarle la contraria en cuanto se pone caprichosa. Gente como el hombre de las mil caras o como Michael Redgrave en Al morir la noche (Dead of Night, 1945, Alberto Cavalcanti, Robert Hammer, Michael Chrichton) son, parafraseando a Enrique Vila-Matas, hijos sin hijos, padres sin hijos o hijos sin padres. Del mismo modo que Pinocho era el hijo que Gepetto deseó tener a lo largo de su vida, los títeres y las marionetas de los ventrílocuos son hijos, aunque a veces acaban invirtiendo los roles y se convierten en padres déspotas e intransigentes. Una de las mejores (y más incomprendidas) películas de la historia del cine es Inteligencia artificial (Artifitial Intelligence, 2001, Steven Spielberg), una profunda y delicada revisión de la historia de Pinocho y al mismo tiempo del impacto emocional que sufren unos padres que pierden a su hijo y lo sustituyen por un autómata tan perfecto que es difícil distinguirlo de un niño normal.

Muñecos infernales

En el interior de los muñecos a veces intentamos esconder aquello que no podemos mostrar en nosotros mismos. El filósofo Ludwig Wittgenstein decía que una de las imágenes más misteriosas que había soñado o pensado jamás era la de unos niños que metían varias moscas en el interior de la cabeza de un muñeco que luego enterraban. ¿Qué querrán decirnos los muñecos de las películas sobre sus propietarios? Sabemos que Mari Carmen utiliza a doña Rogelia o a Rodolfo para hablar sin muchos miramientos sobre cualquier cuestión, en especial sobre cualquier cosa relacionada con el sexo o la política, y para parodiar a la gente famosa. Por su parte, el cineasta norteamericano Todd Haynes utilizó muñecas Barbie para rodar su película Superstar: The Karen Carpenter Story (1984), que es un doloroso retrato de una sociedad como la norteamericana, donde la obsesión con el cuerpo puede llegar a destruir a las personas, al menos a aquéllas que pretenden parecerse a una muñeca.

Los juguetes a menudo pueden ser malévolos; no todos son como Buzz Lightyear o el sheriff Buddy en Toy Story (1995, John Lasseter). Bastantes muñecos se las ingenian para ser más malos que la quina y para hacérselo pasar mal a sus dueños y, de paso, a los espectadores. Las series de Puppet Master y Chucky son un ejemplo. La perversidad de estos últimos pone de relieve una vez más la pérdida de la inocencia que reivindica cierto tipo de cine actual, en el que niños y adultos son tratados en igualdad de condiciones (quizás porque lo único que les importa a sus responsables es que todo el mundo pasa por taquilla y paga).

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