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Septiembre 2015 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 17, septiembre 2015.

TÉLLEZ, Juan José (2015). Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa, Barcelona: Planeta

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Juan Carlos Abril [*]

Inteligente, rigurosa y entretenida podrían ser tres adjetivos para esta biografía sobre Francisco Sánchez Gómez, universalmente conocido como Paco de Lucía, la cual firma Juan José Téllez, periodista, escritor, agitador cultural y gestor, además de poeta, y esa pátina poética se advierte en las páginas de esta brillante biografía para cualquier lector. Hay que decir que no es esta la primera que Téllez firma sobre Paco de Lucía, y de hecho es la tercera. Casi una cada diez años: la primera, alabada por el propio guitarrista, Paco de Lucía: retrato de familia con guitarra (1994), Paco de Lucía en vivo (2004), y ahora esta Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa (2015), tras la muerte del internacional músico.Incluso para los no aficionados al flamenco, o para los no iniciados en el mundo de la guitarra o de este músico excepcional que fue y es Paco de Lucía, este libro resulta atractivo por varios motivos. El primero de todos por su fluidez narrativa, engastada en un argumento novelesco que va dotando al relato de un interés lector, una trama que se va desarrollando no según un guion previsto, sino según una historia que pareciera de película. No es sólo el retrato de un músico o una familia, sino una ciudad, una región y una época.

La biografía se convierte en un descubrimiento por el que discurren anécdotas y situaciones de un relato lineal, sí, desde su nacimiento a la muerte, en el que articulan comentarios y conversaciones, entrevistas y publicaciones, opiniones que muestran no sólo a Paco de Lucía como un poliedro, al genial guitarrista «que nació con una guitarra en la mano», sino también a ese biógrafo que es Juan José Téllez, ratón de biblioteca y mitómano, quien maneja un material de primera calidad, selecciona y presenta a esta leyenda del flamenco en sus dimensiones más destacadas, subrayando los detalles y contrastando, cuando es el caso, opiniones encontradas con otros biógrafos.

Allí, en la vieja Isla Verde, tuvo que escuchar también Paco su primer jazz, a través de la emisora gibraltareña que le ponía en relación radiofónica con la BBC de Londres, una programación que dejaría un poso musical heterodoxo en el Estrecho (p. 47).

Afición al jazz y a otras músicas que el padre de Paco de Lucía no vio nunca con buenos ojos. «Su padre, admirable, anacoreta y, en cierta medida, purista. Parece claro que nunca debieron de gustarle de entrada aquellos escarceos de su hijo por los paraderos del jazz y por los rumbos de otras heterodoxias musicales.» (p. 71). Juan José Téllez no escatima el uso del presente histórico en ese fue, es y será que abarca la gigantesca personalidad de Paco de Lucía:

Las raíces le pueden. Y su pasado es la infancia, la familia, sus orígenes. A veces, cuando está solo en su estudio, Paco de Lucía cree que retorna a ese periodo: «Es una sensación —explicaba— de retorno a la niñez. No sé a qué se debe. Será que en esa época yo era más feliz, con menos responsabilidad, más limpio, más puro» (p. 44).

Sin duda que ese referente mítico de la infancia del guitarrista se encuentra en su obra musical, en sus temas, y de ahí que se nos señale la toponimia de los títulos. Una toponimia fundamentalmente arraigada en Algeciras, aunque podría extenderse a otros puntos de la geografía gaditana y andaluza:

De hecho, la toponimia de sus vericuetos tituló algunas de las composiciones del guitarrista, desde El Cobre —por sevillanas—, cuyo acueducto dieciochesco sobrevive a las construcciones ilegales, a la calle Munición —por alegrías— donde en tiempos se arracimaban las prostitutas. De seguir esa geografía musical, descubriríamos su mundo infantil, que iba desde Villa Vieja meriní, cuajada de patios como el del Coral, al otro lado del río de la Miel —espléndidas bulerías—. O desembocaba en el playa del Chorruelo, que luego habría de ser devorada por el cemento y que él convertiría también en una memorable pieza para su guitarra. En cualquier caso, Paco preferiría siempre la del Rinconcillo —por tangos—, donde el héroe local de los cincuenta, el diestro Miguel Mateo, Miguelín, toreaba frente al Peñón, en una bahía sin chimeneas que retratara una secuencia legendaria de El relicario de Rafael Gil. Allí, junto al hotel Bahía y su formidable araucaria, todavía reina Casa Bernardo, el restaurante que acogía a su familia en los veranos de las últimas décadas y al que retrató en forma de rumba (p. 43).

La infancia como núcleo generador del carácter del guitarrista. «Uno es lo que fue en su infancia», declarará en varias ocasiones. Así, su genealogía se perfila a través de su madre —Luzia Gomes Gonçalves, «la portuguesa»—, de quien no en vano coge el sobrenombre, y de su padre, Antonio Sánchez Pecino, guitarrista. La familia emigra a Madrid cuando nuestro personaje contaba con 10-11 años, y de ahí que quede esa estela algecireña de paraíso perdido para siempre en Paco de Lucía. No en vano se habla de que nuestra geografía sentimental se configura hasta los 11 años. La familia de «los Lucía» pronto comenzará a ganarse la vida alrededor de la música, desde la hija mayor hasta Ramón Sánchez Gómez, conocido musicalmente como Ramón de Algeciras, el hermano también guitarrista de Paco de Lucía que a la sazón le acompañó durante más de dos décadas y que fue más que un notorio guitarrista, y que llegó a ser el primer guitarra de Juanito Valderrama. Su padre, Antonio Sánchez Pecino y su hermano Ramón de Algeciras fueron sus instructores —y ha habido muchas versiones sobre esto— en el arte de la guitarra, sin bien Paco de Lucía superó a ambos ya desde pequeño. A su vez, Ramón de Algeciras sigue la estela de Niño Ricardo y Sabicas, de quienes tomó modelos y a quienes emuló. Pero todo ese aprendizaje fue convirtiéndose en Paco de Lucía en una enseñanza para quien desde muy jovencito se erigió como un maestro que era capaz de enmendarle la plana a sus propios mentores.

Recuerdo que mi padre me sacó de la escuela con diez años, o así. Me preguntó un día si yo sabía multiplicar, dividir, sumar y restar, si sabía escribir. Le dije que sí. “Pues ya está, ya no hay más dinero para pagar la escuela y ahora vamos a aprovechar el tiempo para hacer una cosa bien, que es tocar la guitarra”. Mi padre siempre tuvo mucha intuición y yo le agradezco siempre aquella decisión, porque fue una decisión bastante inteligente.

«Uno es lo que fue en su infancia —insistió siempre Paco—. Ahí está la llave. Después te pules o degeneras. Según tu cabeza.» (p. 56).

Estas duras y emotivas palabras, reflexiones de alguien que ha tocado la fama y que se ha instalado en la tranquilidad de su arte, no pueden estar desconectadas de estas otras. El padre como instructor y particular «pedagogo»:

Me obligaba de un modo mucho más psicológico que físico… Y, de hecho, cuando cumplí los doce años ya estaba ganando dinero. A veces pienso que, de no haber nacido en la casa de mi padre, ahora sería un don nadie. No creo en la genialidad espontánea. Un artista es bueno aunque esté escondido debajo de una piedra y nadie se lo reconozca. Pero el talento que uno pueda tener no es suficiente. Uno debe continuar esforzándose siempre como si fuese el primer día […] (p. 74)

Por tanto vemos a un genial guitarrista que no sólo se encontró con un ambiente familiar favorecedor para su arte, desde pequeño, cantando, bailando y tocando, acompañando a su padre y a sus hermanos, viviendo el flamenco desde dentro, sino a un músico consciente de que sin técnica y esfuerzo no se llega a ningún sitio. Eso significa horas y horas de trabajo, horas y horas de ensayo, una predisposición para continuar, para no perder el entusiasmo en el río del éxito y sus suntuosidades. Modestia al fin y al cabo y entereza, tenacidad para afrontar lo que tenga que venir desde la humildad de un artista irrepetible que aquí en este Paco de Lucía, el hijo de la portuguesa podemos paladear en todo su esplendor, y apreciar en su grandeza y complejidad.

[*] Universidad de Granada

Contacto con el autor: jca@ugr.es

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