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EGM.
Marzo 2015 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 16, marzo 2015.

ROMERO, Juan Manuel (2014). Desaparecer, Valencia: Pre-Textos

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Juan Carlos Abril

Desaparecer es el último libro de poemas de Juan Manuel Romero (1974), un libro que supera con creces cualquier expectativa que tuviéramos los lectores que seguimos no sólo la obra de este sevillano, sino en general la poesía española, que de un modo u otro marcha hacia su renovación estilística por trabajos como este, de impecable factura y de absoluta contundencia lírica.

Dividido en 40 breves fragmentos, Desaparecer nos cuenta el relato entrecortado de una existencia que pugna por vivir, dentro de la dialéctica existencia/vida, que podríamos decir que atraviesa el conjunto del libro en su extensión, pero también desde la intensidad. Varios frentes se articulan alrededor de estos 40 textos, estructurados como fragmentos de un discurso más amplio que posee varias historias a través de las cuales se explica el desarrollo argumentativo de lo que se nos narra. Hilo fino, a veces muy delgado, pero lo suficientemente bien cohesionado dentro del texto como para punzarnos, manteniendo ciertos referentes que sirven como argamasa. Tal y como quería T. S. Eliot, la poesía sirve para transmutar emociones. No se trata de que la poesía cuente anécdotas emocionantes —con la subsiguiente falacia patética— o sea capaz de emocionarnos más o menos, sino que la poesía misma sea una emoción, sea una vibración. El poema por tanto no sólo responde a ciertas necesidades expresivas que van más allá de la conexión con el lector, sino que debe presentar —como hacen estos poemas de Juan Manuel Romero— una lógica textual capaz de responderse a sí misma, de explicarse por sí misma.

La vida está presente desde el fragmento «1»: «Tengo más vida ahora / de la que soy capaz de resistir» (p. 9), creando desde el primer momento una tensión entre la realidad y el deseo, la necesidad de ser y la fuerza del existir. En «4» aparece de nuevo en forma de «energía» (p. 12) individual, como una estructuración apolínea del sujeto que lo traza o configura internamente. En el siguiente fragmento queda más claro aún: «toda esta intensidad es para mí / que quiero ser vencido / por impulso de vida que me sobra.» (p. 13).

Las reflexiones son como escalas, se van sucediendo en los fragmentos, acumulando inquietud y profundidad. Los temas van tocándose y entrelazándose, creando conexiones, mirando hacia atrás a la infancia propia y ajena, por ejemplo, o regresando, pero sin descartar otras situaciones. Así se logra, a través de esos fragmentos, la sensación de unidad, ya que todo fragmento que se precie aspira a la unidad perdida. El segmento «6» es realmente sobrecogedor, que reproducimos íntegro: «La violencia es un tránsito, una manera oscura / de ser real. Ahora eres tú / quien cruza un cerco en llamas: / la ciudad apagada, la memoria / que tiene fuerza en mí. / ¿De qué sirve la vida?» (p. 14).

Aunque hay diferentes anécdotas que van veteando el poemario de riqueza temática, con permiso del fragmento «29» en el que se relata un accidente de automóvil, ante todo un suceso angustioso traspasa las páginas de Desaparecer: «Aquel día, / mi amigo iba a morir ahogado en la piscina / y le salvé la vida casi sin darme cuenta.» («21», p. 29). A partir de este momento el lector se encuentra ante la reconstrucción del conjunto de los textos leídos, y como si se tratara de una estrategia, una historia a posteriori despliega una mirada retrospectiva en la que se van encajando algunas de las obsesiones por las que hemos ido discurriendo: «Una fina membrana / separa vida y muerte» (p. 26), nos dirá al inicio de «18», y así uniremos, a veces de manera activa y otras colateral, las matrices temáticas que irán confluyendo, pero también bifurcándose, en ese continuo juego de espejos, nada simétrico, en el que se enmarca la composición del libro. El agua adquiere, por tanto, una dimensión tanática de la que no podremos sustraernos, y en sus múltiples apariciones nos contagiaremos de esa sensación de frialdad y muerte. En el fragmento «27» aparece de nuevo este suceso: «El que salva una vida, ¿qué ha salvado? / Aquel niño se ahogaba la piscina.» Y algo más abajo, en el mismo poema: «(¿el agua piensa en términos de éxito o fracaso?).» (p. 35). La meditación en torno a la vida a través del agua toma cuerpo en este fragmento como quizás en ningún otro momento del libro: «Mirar el agua es un desprendimiento» (ibíd.), nos llegará a decir ya casi al final de la composición.

Ese desprendimiento del ser es lo más similar a la formulación del rema en Desaparecer, o foco del libro. Porque la luz que lo ilumina tiene mucho que ver, quizás en primera instancia, con los abismos del yo, sus alrededores e incógnitas. Hay varios tira y afloja explícitos en torno a ese yo, como en «25»: «El tiempo se diluye / y algo sigue diciéndote: confía.» (p. 33); contrapunto de un fragmento anterior, el cual da título al poemario: «No quiero acumular más pruebas contra mí / […] No creer en mí mismo es otra forma / de seguir adelante: / emborrona el paisaje el viento ahora, / es suficiente un roce / y yo también empiezo a desaparecer.» (p. 27). La voz verbal se acostumbra a vivir casi latiendo, desde la pulsión de quien se halla —refugio a veces— entre bambalinas, fuera de lugar, desustancializado y vacío. Esa es la noción última, del sustrato, que se extrae de Desaparecer. Una asunción estoica por un lado, pero por otro lado una voz baja e íntima que nos habla de las aventuras y desventuras del héroe contemporáneo, contrafigura de los valores. «Si llego a tocar fondo, / puede que nuestra fuerza esté también ahí.», dice allí mismo, suscribiendo que a pesar de los pesares, ese sujeto no demasiado feliz se aferra a la existencia antiheroica como quien lucha por la supervivencia. En la resistencia pero sobre todo en la esperanza.

Supervivencia que el texto, de la mano de una sutil abstracción sobre las palabras como conclusión, podría dejarnos un sedimento poético después de todo. «Las palabras son pulso para estar, / energía de tiempo contra el tiempo. / Al corazón le basta un día blanco.» (fragmento «18», p. 26), aunque el sujeto poemático es muy consciente de que a veces no llegan del todo a decir lo que tienen que decir: «Qué te diría si supiera / palabras que no fueran palabras solamente» (fragmento «20», p. 28). En cualquier caso, el poemario apuesta decididamente por la lírica, por la lógica textual de una poesía que tiene que ser palpitación, y pulsión, y por una palabra que nos sea cercana, sin que por ello se tienda a paternalismos. Y si no, no es. No se trata de llevar al lector a ningún sitio. La voz poética ya se encarga de llevar a su «brote nuevo», como en el final de «36», una de las piezas más sentimentales y conmovedoras —padre e hijo— que podemos leer en Desaparecer, ya casi a oscuras, con la que queremos concluir: «Te llevo en brazos / pero eres tú quien me sostiene.» (p. 44).

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