MENU
EGM.
Marzo 2016 /
Publicación semestral. ISSN:1988-3927. Número 18, marzo 2016.

Autorregulación del comportamiento en contextos de riesgo de pobreza

Aspectos evolutivos. Una revisión bibliográfica
Elena Aguilera García
Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterEmail this to someonePrint this page

Elena Aguilera García1

 

Resumen. El objetivo principal de esta revisión bibliográfica es identificar los factores explicativos que inciden en el proceso de adquisición de la autorregulación en los periodos de la infancia y la adolescencia, y como se relacionan entre sí en contextos de desventaja económica o pobreza, desde un marco ecológico-sistémico. Además, conceptualizados en el marco de las funciones ejecutivas, se evaluará la importancia de los procesos autorregulatorios como pieza clave en la prevención del desarrollo y manifestación de conductas antisociales que pueden derivar en comportamientos que se consideran como predelictivos o delictivos. Desde el punto de vista metodológico se procedió al análisis de 31 artículos sobre estudios empíricos, de revisión y meta-analíticos encontrando que la pobreza estaba asociada, en las familias de los menores, a elevados índices de estrés social, lo que a su vez deriva en la utilización de unas inadecuadas habilidades de crianza por parte de los padres. Asimismo, se observa que ambas variables, estrés familiar y habilidades de crianza ineficaces, afectan al desarrollo de la autorregulación de los hijos, lo que da lugar a déficits en su ejercicio, aumentando entonces el peligro de involucrarse en conductas de riesgo, especialmente llegada la adolescencia. 

Palabras clave: desarrollo infantil, funciones ejecutivas, autorregulación, pobreza relativa, estatus socioeconómico, pautas de crianza, estrés, problemas de conducta 

Abstract. The aim of this review is to identify the explanatory factors which have an impact in the development of the self-regulation process in childhood and adolescence, and to find out their relationship in contexts of economic disadvantage or poverty, from the ecological systems theory. In addition, within the executive function framework, it will be assessed the significance of the self-regulatory processes as a key aspect in the prevention of the development and manifestation of antisocial behaviours which may be associated to some pre-criminal or criminal behaviours. The method used was the analysis of 31 articles about empirical studies, reviews and meta-analysis, finding out that poverty was related, in the child’s family, to high social stress levels that, in turn, are related to an inappropriate parenting. Likewise, the family stress and the inadequate parenting affect the child’s development of self-regulation, which increases the danger of risk behaviours, especially in adolescence.

Keywords: child development, executive functions, self-regulation, relative poverty, socioeconomic status, parenting, stress, behaviour problems

 

Introducción

En los dos últimos años, y a través de los medios de comunicación, UNICEF (2014) ha expuesto que en España —país calificado como desarrollado— 1 de cada 4 niños vive por debajo del umbral de la pobreza debido a la carencia de recursos económicos a la que se enfrentan las familias para cubrir sus necesidades básicas (EFE, 2014). Además, esta cifra varía dependiendo de la Comunidad Autónoma y, en concreto, en el caso de Andalucía ésta se elevaría a 1 de cada 2 niños (Europa Press, 2015).

La pobreza es una condición social considerada como uno de los factores de riesgo para el desarrollo infantil y que afecta a esta población de mayor vulnerabilidad en numerosos aspectos (Chen, Philipsen Hetzner y Brooks-Gun, 2014) siendo su influencia en la adquisición de las capacidades de autorregulación el tema central de la presente revisión. Por tanto, el objetivo principal de este trabajo sería el de identificar los factores que intervienen en dicha relación —pobreza y autorregulación— y como éstos pueden influir en la manifestación de conductas antisociales que, a su vez, podrían derivar en actuaciones consideradas como predelictivas o delictivas.

Con el fin de alcanzar dicho objetivo se llevó a cabo una revisión bibliográfica sistemática de 31 artículos científicos. La búsqueda se realizó tanto en bases de datos nacionales como internacionales y posteriormente se hizo una selección entre los estudios empíricos, de revisión y meta-analíticos encontrados. Una vez seleccionados se procedió a su lectura y al análisis de sus resultados. Así pues, para profundizar en dicho análisis, se partirá de la conceptualización de los dos principales tópicos del trabajo: autorregulación y pobreza.

 

La autorregulación

El concepto de autorregulación ha sido abordado en el ámbito de las Ciencias Sociales y de la Salud desde las líneas de investigación más actuales, las Neurociencias, en el marco de las funciones ejecutivas entendidas éstas, de forma global, como aquellos procesos gracias a los cuales los individuos son capaces de planificar y plantear objetivos, focalizar su atención en actividades concretas, inhibir el poder de las distracciones, retrasar las recompensas, etc., considerándose todos ellos indispensables para lograr controlar la propia conducta en sus aspectos motores, cognitivos, emocionales y sociales. 

Y en el presente trabajo, a la hora de conceptualizar el tema, se ha tomado como referencia el modelo factorial de funciones ejecutivas de Miyake y su grupo quienes describen tres componentes (Navarro, 2015:169):

  • Inhibición (inhibition of dominant or prepotent responses): capacidad para detener de forma deliberada o controlada la producción de respuestas predominantes automáticas cuando la situación lo requiere.

  • Actualización-memoria de trabajo (monitoring and updating of working memory representations): monitorización, manipulación activa y procesamiento de información online en la memoria de trabajo, tanto la novedosa para una tarea como la ya existente para sustituir datos poco eficaces.

  • Flexibilidad mental o cognitiva (shifting between tasks or mental sets): habilidad para cambiar entre distintas operaciones o esquemas mentales; desengancharse de una actividad para afrontar otra.

Estos tres componentes se diferencian entre sí por ser independientes tanto a nivel cerebral como en sus medidas mientras que, a su vez, serían dependientes unos de otros para el buen funcionamiento de la red ejecutiva. Por tanto todos participan en el desarrollo de la autorregulación, definida ésta como «la habilidad para modificar la conducta de acuerdo con las demandas cognitivas, emocionales y sociales planteadas en situaciones específicas» (Carranza, Galián, Fuentes, González y Estévez, 2001: 276).

Al considerarse que los cambios más perceptibles, tanto en funciones ejecutivas como en autorregulación, se producen durante la época escolar y en la adolescencia se llegó a pensar que tenían un desarrollo más bien tardío. Sin embargo, debido a las relevantes aportaciones teóricas y a las innovaciones metodológicas en el campo de las Neurociencias y la Neuropsicología del Desarrollo, se observa que los componentes más simples de las funciones ejecutivas empiezan a tener sus manifestaciones iniciales ya desde el primer año de vida —permanencia del objeto (3-4 meses), recuerdo de representaciones simples (6 meses), mantenimiento y manipulación de información en línea cuando no se encuentra visible (8 meses), supresión de respuestas dominantes (12 meses)  (Portellano y García, 2014; Pérez, Carboni y Capilla, 2012).

Además, a la hora de abordar el desarrollo de la autorregulación es imprescindible tener presente la influencia de diferentes factores sistémicos, tanto individuales como ambientales. Entre los primeros se puede hacer referencia al papel que juegan el temperamento y la adquisición del control voluntario. En cuanto a los segundos destacan por un lado, a nivel microsistémico familiar, las habilidades de crianza, el ambiente en el hogar y el estrés parental; por otro, a nivel mesosistémico, despunta el papel del vecindario o la comunidad. De esta forma el desarrollo de la autorregulación estaría caracterizado por la interacción constante de todos estos factores, es decir, por la interacción bidireccional y recíproca genes-ambiente. 

 

La pobreza

En esta revisión la pobreza ha sido definida en términos relativos. Es decir, contrariamente al concepto de pobreza absoluta, en este caso se evita una mera visión económica de la misma y en su lugar se centra en la idea de que los sujetos analizan y evalúan sus recursos materiales en relación a los que se supone deberían poseer en su contexto social (Belzunegui y Brunet, 2012; Brunet, Belzunegui y Valls, 2013).

Sin embargo, para abordar de manera más comprehensiva la realidad de las personas que sufren situaciones de pobreza se hace necesario recurrir al concepto de exclusión social definida por Castel como una situación que traspasa la privación económica, supone una desventaja generalizada en los ámbitos de la educación, la sanidad, el empleo, la vivienda, la incapacidad para ejercer los derechos sociales, y se caracteriza por un estado de enajenación debido a la ruptura de los vínculos sociales y familiares (Belzunegui y Brunet, 2012).

Así pues, y con el fin de incluir ambos elementos, se utilizará como indicador de pobreza el estatus socioeconómico familiar (SES) que va más allá del nivel de ingresos económicos de un hogar, al incorporar además el nivel educativo y la profesión de los padres.

 

Desarrollo de la autorregulación en contextos de riesgo de pobreza

En la línea del objetivo planteado en la presente investigación, la pobreza se constituiría como uno de los factores explicativos del desarrollo de la autorregulación en la infancia y adolescencia. Sin embargo su influencia sobre el individuo se considera mediada por la capacidad de la familia de actuar como principal contexto de protección material y afectiva de los menores. Por tanto se va a proceder al análisis de los factores que pueden afectar a los menores tanto de forma directa como indirecta —a través de su influencia en los padres—. 

De ahí que, en primer lugar, se detallará la relación entre el nivel socioeconómico y el desarrollo de la autorregulación. En segundo lugar, la atención recaerá en el efecto que tiene el estrés sobre la familia y, en íntima relación con los dos anteriores, en tercer lugar se destacará la relación existente entre el estatus socioeconómico, el estrés y las habilidades de crianza de los padres. Posteriormente se hará hincapié en las capacidades autorregulatorias y en como un desempeño deficitario de las mismas puede derivar en una serie de comportamientos de riesgo en la adolescencia. Finalmente, y para dotar al análisis de una perspectiva más completa, se tendrá en cuenta la comunidad o el vecindario y como éste puede llegar a ser un contexto de riesgo-protección para el desarrollo de conductas antisociales en el periodo de la adolescencia.

 

Familia, pobreza y autorregulación

En la literatura revisada, los estudios que tratan de investigar la influencia de la pobreza sobre los distintos aspectos del desarrollo del menor operacionalizan esta variable como estatus socioeconómico familiar (SES) que, como se describió previamente, se trata de un índice compuesto, habitualmente, por el nivel de ingresos económicos y el nivel educativo o la profesión de los padres.

Así, Conger, Conger y Martin (2010) afirman que, en la mayoría de investigaciones sobre SES y desarrollo humano, la posición social ejerce una gran influencia sobre el funcionamiento familiar en su conjunto y que las desventajas socioeconómicas tienen consecuencias negativas tanto para los adultos como para los niños. Distinguen dos perspectivas explicativas de dicho proceso. La primera es la perspectiva de la causación social por la que se entiende que las condiciones del contexto serían las que dan lugar a las diferencias en salud y en el bienestar general de los sujetos. La segunda es la perspectiva de la selección social en la que las características y disposiciones individuales influyen tanto en las circunstancias ambientales como en las emociones y conductas futuras de las personas. Sin embargo, consideran que no son excluyentes y que para comprender de forma más global la relación existente entre el nivel socioeconómico y el desarrollo de los individuos deberían combinarse ambas, dando lugar a lo que denominan modelo interaccionista. 

Un ejemplo de esta aproximación interaccionista es la investigación realizada por Schoon et al. (2002), quienes mostraron que un bajo SES de la familia de origen del niño era un predictor de menores logros académicos y de un estado de estrés crónico en la infancia y adolescencia —causación social—. Además, la baja competencia académica del niño y el elevado nivel de estrés, a su vez, se relacionaron con un menor nivel socioeconómico cuando estos mismos niños llegaron a la edad adulta —selección social—. Este tipo de estudios, pues, sugieren un proceso recíproco de interacción, por el que el SES en la infancia temprana puede predecir las características personales del niño lo que influirá en su estatus socioeconómico en la adultez, dando lugar a la transmisión intergeneracional de la pobreza. Se observa entonces que este enfoque aporta datos empíricos que avalan la teoría del círculo de pobreza, la cual trata de explicar como las personas llegan a encontrarse en situación de desventaja en su propio contexto social, lo que afecta de manera importante a sus habilidades y condición psicológica. Los factores políticos y estructurales de la teoría cíclica se refuerzan los unos a los otros en relación con las variables sociales y económicas. De este modo se produce la transmisión de una generación a otra de un conjunto de creencias, valores y habilidades creadas socialmente pero que se mantienen a nivel individual construyendo, así, una cultura o subcultura de la pobreza que se perpetúa reflejando la relación entre el individuo y la comunidad (Bradshaw, 2006).

Por tanto, y siguiendo la línea argumental del objetivo planteado, es necesario insistir en que el niño interactúa en su desarrollo, desde un enfoque ecológico, con las influencias de los condicionantes socioeconómicos (y sus correlatos: tipo de vivienda, de vecindario, acceso a servicios públicos sanitarios, académicos, de protección social...) que caracterizan sus microsistemas, el más relevante de los cuales en las etapas vitales tempranas es la familia. Y el tipo de dinámicas y relaciones parento-filiales estarán condicionadas por el SES, es decir, por elementos meso y macrosistémicos. De manera que los ingresos y el nivel educativo de los padres serán los principales marcadores que pueden predecir la forma en la que van a criar y responder a las demandas y necesidades de sus hijos. En este sentido, se pueden identificar diferentes estilos de crianza organizados en torno a dos dimensiones: el nivel de afecto/comunicación y el nivel de control/exigencia de los padres respecto a los hijos (Vicente, 2014):

  • Permisivo: caracterizado por altos niveles de afecto, junto a escaso control, bajo nivel de exigencia y falta de imposición de límites.

  • Autoritario: la obediencia y el respeto a la autoridad son sus principios básicos junto a una comunicación unidireccional en la que el adulto impone las normas. Tampoco existe diálogo, afecto ni cariño de forma manifiesta.

  • Negligente: se caracteriza por una marcada indiferencia, sin normas ni límites y tampoco se proporcionan muestras de afecto o cariño. 

  • Democrático o autoritativo: destaca por la capacidad de estimulación de la madurez de los niños y se define por la comunicación bidireccional, negociación de las normas y los límites, con cariño y afecto explícitos. 

Sin embargo, si bien el SES influye en el tipo de pautas de crianza que adoptan de forma predominante los padres en relación a sus hijos, como veremos en el siguiente apartado, el estrés se identifica como una variable explicativa que ejerce una función mediadora entre ambas: SES y habilidades de crianza. Es decir, el estrés que los cuidadores principales experimentan debido a la situación de privación económica deriva en la utilización de unas estrategias educativas menos favorecedoras del desarrollo normotípico de los niños. A su vez, y dado que el SES tenderá a reproducirse en los hijos —contando de nuevo con altos niveles de estrés— las habilidades de crianza se transmitirán de generación en generación, dando lugar a adultos que utilizarán con sus hijos estilos educativos parecidos a los que sus padres emplearon con ellos. 

El estrés, especialmente el crónico, tiene numerosas consecuencias negativas en todas las edades, sin embargo en la infancia y adolescencia juega un papel muy importante. Asimismo, destacar que es en los periodos prenatales y en los primeros meses de vida cuando se producen los mayores cambios en el desarrollo del cerebro. Experimentar los efectos del estrés en estas etapas puede llegar a inducir, a través de los elevados niveles de cortisol, alteraciones en las expresiones de los genes o modificaciones funcionales y estructurales que incluyan áreas relacionadas con las funciones ejecutivas y, por tanto, con las habilidades de autorregulación (Blair y Raver, 2012); es decir, tal y como se definieron, las capacidades de modificar la conducta de acuerdo con las demandas cognitivas, emocionales y sociales planteadas en situaciones específicas (Carranza, et al., 2001), se postulan relacionadas con el SES y, tanto las habilidades de crianza como el estrés de los padres son las variables mediadoras de esta relación.

De esta manera, un SES bajo se asociaría en los padres a diferentes niveles de estrés que los llevarán a criar a sus hijos siguiendo unas pautas o estilos de crianza que no son los más eficaces de cara al desarrollo de la capacidad de regulación de los niños. A la vez, unas pobres habilidades de autorregulación pueden ser consideradas como predictoras de problemas académicos y fracaso escolar, por tanto de una menor capacitación profesional, conductas de riesgo (p. ej., embarazos adolescentes, abuso de sustancias psicoactivas), e incluso delictivas o predelictivas en el periodo de la adolescencia. 

 

El desarrollo de la autorregulación en familias con bajo estatus socioeconómico

El objetivo de este apartado es mostrar de qué manera se relaciona la pobreza —operacionalizada en la literatura al respecto como SES— con el desarrollo y ejercicio de unas pobres habilidades de autorregulación. Como se ha visto hasta ahora esta relación dista mucho de ser directa, es decir, se produce a través de la influencia de otras variables mediadoras como las que se recogen a continuación. 

 

Nivel socioeconómico y desarrollo de la autorregulación 

El modelo factorial de Miyake y colaboradores (2000) nombrado anteriormente permite abordar el concepto de autorregulación desde el marco general de las funciones ejecutivas; y si bien el componente de inhibición conductual sería el postulado como base principal de las habilidades de autorregulación en los ámbitos cognitivos, motores y emocionales, asimismo se observa relación con el resto de componentes. 

Por ejemplo, Evans y Schamberg (2009) tratan de mostrar como se relaciona la pobreza con el desarrollo de la memoria de trabajo, función que ejerce de soporte para el control inhibitorio y cuyo buen funcionamiento conlleva que disminuyan las posibilidades de que se produzcan errores de carácter impulsivo. Observaron que la duración de la exposición a la pobreza en la infancia se relacionaba con el posterior desempeño de la memoria de trabajo en la etapa de joven adulto. Además encontraron que cuanto más largo fuera dicho periodo, mayores serían los niveles de estrés crónico en el niño y menor el rendimiento en este proceso en edades posteriores. Así indicaron que la relación entre la pobreza y un peor desempeño de la memoria de trabajo estaría mediada por otra variable, la del estrés crónico asociado a dicha exposición a la privación económica. 

Por otra parte, y como se ha expuesto anteriormente, el nivel educativo de los padres es una de las medidas que componen el SES. Más aún, esta variable proporciona información sobre las propias funciones ejecutivas y de autorregulación parental. Un desarrollo más eficaz de las funciones ejecutivas está ligado a un mejor desempeño en la escuela; así, la memoria de trabajo correlaciona con la inteligencia general o su medida: el cociente intelectual (Friedman et al. 2006), lo que se relaciona a su vez con la continuación de la educación a través de estudios superiores, que proporcionan la oportunidad de acceder a mejores trabajos y mayores sueldos —mayor SES—. Y a mayor SES mejor desarrollo de funciones ejecutivas, en un círculo virtuoso.

En esta línea, Ardila, Rosselli, Matute y Guajardo (2005) esperaban encontrar una correlación significativa entre el nivel educativo de los padres y el desempeño de los niños en las medidas de funciones ejecutivas; además añadieron la variable del tipo de escuela privada o pública a la que acudían los menores. Los resultados mostraron que el grado académico de los progenitores predijo mejor el rendimiento de los hijos en funciones ejecutivas que el tipo de escuela. Esto les permitió sugerir que las diferencias entre las escuelas dependían de condiciones externas a las mismas, en este caso el citado nivel educativo de los padres. Sin embargo, covariaban entre sí: el nivel educativo medio de los padres de niños que acudían a la escuela pública correspondió al grado que se alcanza en el instituto, unos 11 años educativos, mientras el de aquéllos cuyos hijos se encontraban en la privada había cursado estudios universitarios, unos 15-16 años. Por tanto, añadirían que cinco años más de educación de los padres hacen una contribución muy significativa a las puntuaciones en funciones ejecutivas de los hijos. 

Los resultados de este estudio son consistentes con la hipótesis de que a mayor nivel educativo y mayor SES, más recursos poseen los padres para proporcionar a sus hijos una educación y un ambiente de estimulación intelectual que les permita alcanzar un óptimo nivel de desarrollo, incluidas las habilidades de autorregulación. Sin embargo, esta relación entre SES y autorregulación tampoco es directa, sino que el ambiente y, en cierta manera, las habilidades de crianza y valores de los padres son los que median dicha relación, como se verá más adelante.

Se ha podido observar, pues, que son diversos los factores que modulan la relación entre el SES y la autorregulación. A continuación se expone qué otras variables podrían explicar dicha relación y cuáles serían las características de esas influencias.

 

El efecto mediador del estrés familiar

Una de las principales variables mediadoras de la relación entre SES y autorregulación es el estrés, como ya se indicó. La relación observada sería inversamente proporcional: un menor SES se asocia a mayores niveles de estrés tanto en los hijos como en los padres. De esta forma el estrés ocupa un lugar privilegiado a la hora de explicar cómo puede verse afectado el desarrollo global de la persona.

Blair y Raver (2012), exponen que el experimentarlo de manera crónica desde edades muy tempranas, incluso en la etapa prenatal, repercute en el neurodesarrollo infantil alterando la misma expresión génica o los patrones de conectividad en las áreas cerebrales implicadas en las respuestas fisiológicas al estrés, perjudicando gravemente los sistemas neurales que sustenta las habilidades de autorregulación. En esta línea, Evans y Kim (2007) examinaron la relación entre el tiempo de exposición a una situación de pobreza desde el nacimiento, la acumulación de riesgos —hacinamiento (persona/habitación), ruido, infravivienda, nivel de confusión familiar, separación del niño de los padres y exposición a la violencia— y el estrés fisiológico en una muestra de adolescentes de 13 años. Sus resultados mostraron que a mayor duración de la situación de pobreza, menor reactividad cardiovascular ante la aparición de un estresor agudo. Los autores establecieron que esto, junto a un patrón de cortisol crónico elevado, era indicativo de daños en los mecanismos regulatorios del estrés, lo cual pronosticaría un alto nivel de morbilidad en el futuro. Asimismo, observaron que los efectos negativos sobre la regulación del estrés se asociaban con un elevado riesgo acumulado que comprometería la habilidad del cuerpo de manejar las demandas del ambiente de forma efectiva y, por tanto, podría dar lugar a problemas de autorregulación tanto emocional como conductual.

Un ambiente sano durante la infancia requiere de patrones de regularidad, consistencia y control en el contexto, sin embargo y como se puede apreciar en el ejemplo anterior, la pobreza está directamente relacionada con el caos que, a su vez, tiene un gran impacto sobre el desarrollo y adaptación socioemocional. La exposición a estresores ambientales incontrolables como el ruido o el hacinamiento inducen indefensión aprendida en humanos, es decir, incapacidad de reaccionar ante situaciones dolorosas o estresantes debido a que las acciones que se han emprendido con anterioridad para hacerles frente no han surtido efecto. De esta manera, los adolescentes de bajos ingresos económicos se enfrentan a mayores niveles de caos en sus vidas que sus equivalentes de mayores ingresos (Evans, Gonnella, Marcynyszyn, Gentile y Salpekar, 2005); y el hecho de estar bajo el efecto de una serie de estresores crónicos e incontrolables parece estar, de manera significativa, relacionado con el sentimiento de desesperación y la idea de la imposibilidad de escapar de su situación en los jóvenes pobres que viven en las ciudades (Landis et al., 2007). 

Estos sentimientos de desesperación e impotencia afectarán a las percepciones sobre el entorno y sobre ellos mismos, dotándoles de una visión negativa de la realidad. Por tanto, la forma en la que los jóvenes interpretan el mundo que les rodea puede resultar de gran relevancia en los procesos en los que se relaciona el SES, el estrés, los estados psicológicos y la autorregulación. Un ejemplo de la importancia de dichas percepciones de los adolescentes se puede encontrar en Goodman, McEwen, Dolan, Schafer-Kalkhoff y Adler  (2005) quienes mostraron que el hecho de encontrarse en una situación de desventaja social estaba relacionado con un aumento del estrés. Sin embargo, lo que destaca en este estudio es la utilización de la medida de SES percibido, encontrando que serían tales percepciones sobre el estatus social las predictivas de las vivencias de estrés, lo que podría convertirlas en un parámetro más útil incluso que el propio SES tomado como indicador objetivo al ser producto de la integración de muchos factores elegidos por el individuo para definir su relación con el contexto social. 

En la misma línea, Finkelstein, Kubzansky, Capitman y Goodman (2007) investigaron si los recursos psicológicos de los adolescentes podrían modular la relación entre el nivel educativo de los padres y el estrés percibido. En este caso, los resultados mostraron que los adolescentes con padres de menor nivel educativo puntuaron más alto en niveles de estrés percibido mientras que el optimismo —un rasgo psicológico— fue mediador parcial de esta relación. Se sugiere así que los jóvenes que crecen en una familia de bajo SES son menos optimistas que los pertenecientes a familias con un SES superior. Indican que éste puede ser un hallazgo importante ya que unos mayores niveles de optimismo están vinculados a una mejor salud mental y una menor involucración en comportamientos de riesgo, pudiendo utilizarse el grado de optimismo como un marcador de protección. Sin embargo, y contrariamente a lo esperado, la relación entre las técnicas de afrontamiento y el estrés parece no estar asociada con el SES, si bien exponen que puede establecerse que los jóvenes de menor SES dispondrían de menos recursos psicológicos para hacerle frente.

Asimismo y a pesar de que los jóvenes de SES más bajo posean menos recursos psicológicos para afrontar el estrés, parecería que dentro de este grupo se encontrarían diferencias significativas. Por ejemplo, en el trabajo de 2009 de Buckner, Mezzacappa y Beardslee se recoge que dentro de una muestra de sujetos de bajo SES, aquellos con puntuaciones más elevadas en autorregulación respondieron de manera más adaptativa al estrés, tanto ante sucesos estresantes recientes reales como cuando se les ponía bajo supuestos hipotéticos. Estos resultados contribuyen a entender como las capacidades de autorregulación pueden ayudar a los niños y adolescentes a lidiar con la adversidad de manera que permite aliviar su sufrimiento y aumentar su habilidad de resolución de problemas, a la vez que inciden en la complejidad de las relaciones entre las tres variables, que requerirían de otros factores explicativos, como las pautas de crianza parentales.

 

Estatus socioeconómico, estrés y habilidades parentales de crianza

Como se ha visto en los apartados previos, un bajo SES se encuentra íntimamente ligado a mayores niveles de estrés, lo que a su vez tiene efectos directos sobre la autorregulación de los menores así como sobre sus estados de ánimo y percepciones sociales. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones la influencia del estrés en los niños y jóvenes no es directa, sino que aparece a través de la relación de éstos con sus progenitores. La capacidad parental para la regulación del estrés, el ambiente en el hogar y las habilidades de crianza son los factores principales que intervienen en los procesos de interacción entre los padres y los hijos y como tales influyen en la evolución del menor. 

 

Habilidades de crianza y conducta del niño. Ahora bien, a la hora de estudiar la relación entre las habilidades de crianza parentales y el desarrollo de la autorregulación del niño se han de tener en cuenta también las variables individuales de éste. En este sentido Kochanska, Aksan y Carlson (2005), por ejemplo, examinaron el temperamento del niño —centrado en la tendencia a la ira—y las cualidades de la relación temprana padres-hijo como factores que debilitan o mejoran la cooperación receptiva del bebé. Los resultados mostraron que en la diada madre-niño, la adaptación inicial entre ambos —en términos de sensibilidad maternal y de seguridad en el niño a los 15 meses— estuvo fuerte y directamente relacionada con una alta cooperación receptiva del niño con la madre: en los casos en los que las madres fueron más sensibles a las demandas y necesidades de sus hijos, aquellos que eran más propensos a la ira llegaron a ser muy cooperativos con ellas. Este estudio es relevante además porque no sólo evalúa la citada diada madre-hijo, sino que también tiene en cuenta la relación con la figura paterna. En este caso, la combinación de inseguridad e ira o de ésta y un bajo grado de cuidado paterno —habilidades de crianza inconsistentes, apego inseguro— tuvo como resultado en el niño una baja disposición a cooperar hasta el segundo año de vida. Sin embargo, un dato aún más relevante es que la sensibilidad de las madres y su habilidad de proporcionar una base segura mejoraron la disposición del hijo hacia la socialización fomentada por parte de ambos progenitores; en cambio no hubo una reacción similar en relación a la figura paterna. Los autores explican este patrón de resultados exponiendo que quizás, en el primer año de vida, las madres y su estilo de cuidado tienen un rol único en proveer al niño del sentido de seguridad y confianza. 

Por esto mismo es más probable encontrar que los estudios se centran fundamentalmente en la figura materna a la hora de explicar la influencia de los cuidadores en el desarrollo temprano de los hijos. Aun así, Eisenberg et al. (2005), en un estudio longitudinal, utilizaron medidas centradas en el cuidador principal —sin especificarse el sexo— y se encontró que la calidez/expresividad positiva parental —observada en la mitad del ciclo de la escuela primaria— predijo el control voluntario o regulación de los niños dos años después, lo que a su vez se relacionó con bajos niveles de problemas externalizantes en la adolescencia. En cuanto al SES, es preciso añadir que no se encontró evidencia de su papel moderador en este estudio lo que podría deberse al hecho de que la muestra incluía principalmente a familias trabajadoras de clase media. Este patrón de resultados fue consistente con los presentados previamente por los autores que indicaban que los padres cálidos y expresivamente positivos con sus hijos contribuyen al desarrollo del control del yo lo que, a su vez, modula el nivel de expresividad emocional de los niños, ambas dimensiones integradas en el concepto de autorregulación (Eisenberg et al., 2003). 

El grupo de Ato en nuestro país (2004; 2005) sí evalúa en concreto la influencia de la madre en relación a diferentes variables temperamentales (propensión a la ira, miedo social, sentimiento de malestar) y cognitivas del niño y al desarrollo de estrategias de autorregulación —que van desde las más independientes a las más dependientes: implicación positiva en el juego, uso pasivo de los objetos, autotranquilización física, autotranquilización simbólica, búsqueda de contacto o proximidad con otros y la búsqueda de la madre—. Los resultados de estos dos estudios muestran que la disponibilidad de ayuda por parte del adulto permite al niño el uso de estrategias más autónomas y sofisticadas de autorregulación que cuando éste se encuentra solo. Además el tipo de estrategias de regulación puestas en marcha por parte de la madre estuvo asociado con el de las propias conductas autorregulatorias en el hijo y con los niveles de malestar presentados, es decir, ante la regulación autónoma materna los niños exhibían también estrategias autónomas y bajos niveles de malestar y, por el contrario, la regulación dependiente materna se vinculó al uso de estrategias dependientes filiales y un malestar directamente proporcional a la frecuencia de uso de las mismas. El grado de autonomía o dependencia de la estrategia de autorregulación, pues, influye sobre la intensidad de la expresión de la respuesta emocional de los niños, siendo ésta más intensa cuanto más dependiente es la estrategia. En cuanto a la capacidad cognitiva del niño, también detectaron mayores niveles de desarrollo relacionados con un elevado empleo de estrategias que implican autonomía e independencia y menos uso de estrategias dependientes y pasivas. En definitiva, los factores estudiados —temperamento, capacidad cognitiva y tipo de regulación del cuidador— y sus relaciones se han mostrado relevantes en la explicación de las diferencias individuales en intensidad de la respuesta emocional y desarrollo de estrategias de autorregulación en los niños.

Estos datos proporcionan una evidencia fundamentada de que la presencia de la madre y la utilización por parte de ésta de estrategias autónomas son más beneficiosas para la reconducción de la emocionalidad negativa —propensión a la ira, miedo y malestar— y el desarrollo de la autorregulación de los niños que otro tipo de estrategias de carácter más dependiente. De esta forma las madres suponen para sus hijos modelos que éstos interiorizan poco a poco y usan para hacer frente a los estresores externos, ayudándolos a ejercer por sí mismos las formas de regulación más positivas. Sin embargo, cuando las estrategias que se transmiten a los hijos tienen un carácter más negativo, no son consistentes —utilizan de manera aleatoria diferentes tipos de estrategias— o no sirven para hacer frente a los estresores ambientales los menores pueden llegar a desarrollar sentimientos y conductas escasamente eficaces e incluso perjudiciales para su óptimo desarrollo. 

El ejercicio de estas prácticas de crianza negativas puede verse relacionado con o potenciado por la influencia de variables antes señaladas, como el estrés parental asociado o no a un bajo SES. Así, Guajardo, Snyder y Petersen (2009) analizaron la relación entre las habilidades de crianza, el estrés parental, el comportamiento y el desarrollo social y cognitivo del niño. Los resultados mostraron que unas habilidades de crianza negligentes y una vida estresante predijeron peores resultados en tareas de teoría de la mente en el niño —la capacidad de representar internamente el estado mental de otra persona, muy cercano al concepto de empatía, cognición social, funciones ejecutivas en general o autorregulación en particular—. También que un patrón de apego inseguro y un estilo de disciplina inconsistente incrementan la probabilidad de que los niños fallen en el desarrollo de sus capacidades de interacción social y se encuentren en un mayor riesgo de tener problemas conductuales (externalizantes) y del estado de ánimo (internalizantes). Por tanto, unas prácticas de crianza negligentes o permisivas de los padres pueden alterar significativamente la trayectoria del desarrollo cognitivo de los niños. Estos resultados son consistentes con los observados en otros estudios; sin embargo, y contrariamente a lo esperado, los comportamientos internalizantes y externalizantes de los niños no estuvieron relacionados con el desempeño en la prueba de teoría de la mente. Según los datos, los niños con un mayor índice de problemas externalizantes mostraron un mejor entendimiento de las causas de las emociones que los niños con menores índices de dicho comportamiento, lo que concuerda con la posibilidad de que los niños con comportamientos externalizantes provengan de un contexto en el que aprenden que las emociones de los otros difieren de las suyas propias.

 

Estilos educativos. Los padres son, pues, los que proporcionan al niño a través de sus estilos educativos los modelos y estrategias de regulación, desde las etapas más tempranas, para hacer frente a los obstáculos y dificultades que se encuentren a lo largo de su proceso evolutivo. Si bien estos estilos y estrategias educativas pueden verse afectadas por el estrés experimentado en relación a padecer situaciones de pobreza o de un menor SES. Pinderhughes, Dodge, Zelli, Bates y Pettit (2000), analizaron las posibles asociaciones entre estas variables de SES, nivel de estrés y estilos de disciplina, desde las creencias sobre la crianza y los procesos cognitivo-emocionales implicados en el ejercicio de tales estilos. Los resultados mostraron unas relaciones muy significativas, tanto directas como mediadas por los factores atribucionales, entre el SES y el tipo de disciplina ejercida por los padres. Aquellos con bajos ingresos económicos fueron más propensos a adoptar un estilo disciplinar más autoritario y punitivo —incluso con manifestaciones de castigo físico— que los de ingresos medios; estilo vinculado a los elevados niveles de estrés experimentados por los primeros, lo que a su vez estuvo relacionado con una perspectiva más negativa del niño y un proceso cognitivo-emocional más intenso. 

El estrés económico entonces puede llevar a los padres a utilizar prácticas de crianza negativas para el buen funcionamiento psicológico, emocional y social del niño lo que se traduciría en la aparición de conductas y problemas tanto externalizantes como internalizantes. Anthony et al. (2005) evaluaron las relaciones entre dos aspectos de la crianza de los padres —el estrés en el rol de cuidador y las propias conductas de crianza— y el funcionamiento social y conductual del niño. Los resultados mostraron que hubo una relación fuerte y directa entre el estrés de los padres y la competencia social y los comportamientos externalizantes de los niños —medidos en la clase por el profesor—. No obstante, se encontró que los comportamientos de los padres mediaron muy poco dicha relación, de manera que concluyeron que el estrés incidiría directamente sobre los niños. 

Sin embargo en un estudio anterior (Assel et al., 2002) se recogió que el mayor nivel de estrés emocional maternal se relacionaba significativamente con sus habilidades de crianza lo que, a su vez, incidía de forma directa en la eficacia de las primeras interacciones sociales de los hijos. De igual forma, Crnic, Gaze y Hoffman (2005) observaron que el estrés acumulado por la crianza en los padres afectó a sus comportamientos y a la calidad de las interacciones con los hijos; asimismo, el estrés experimentado por los niños estuvo relacionado con sus niveles de negatividad así como con sus propios problemas de conducta. Anthony et al. (2005) atribuyen estas diferencias en los resultados al uso de valoraciones de los profesores sobre el nivel de competencia social y problemas conductuales de los niños frente a los otros trabajos en los que eran los padres los informantes. El clima comportamental y emocional en la clase podría minimizar la influencia de los comportamientos parentales de manera que no exhiban las mismas conductas en la escuela que en el hogar.

 

Composición familiar. En relación al ambiente de desarrollo infantil es necesario hacer mención al peso que puede tener la estructura familiar en los procesos objeto de análisis. En este sentido, Lorenzo (2012) establece que existen ciertos fenómenos que acompañan o van de la mano de la pobreza infantil e identifica a las familias monoparentales como uno de los tipos de estructura más vulnerables y proclives a la misma y a la exclusión social debido a la disminución de la capacidad económica del hogar al existir solamente un cuidador y sustentador. Además, los menores recursos económicos no son el único factor que puede influir en el desarrollo de los hijos, sino que el hecho de que el sustentador y el cuidador principal sean la misma persona conlleva mayores niveles de estrés parental, una menor atención al niño y unas prácticas de crianza más deficientes. 

Sarsour et al. (2011) estudiaron la posible relación entre el SES y la monoparentalidad como predictores de las funciones ejecutivas según el modelo de Miyake (2000), junto a las habilidades expresivas del lenguaje y el ambiente en el hogar como posibles mediadores de dicha relación. Los resultados mostraron una clara asociación entre el SES y los tres procesos incluidos de las funciones ejecutivas. Además, los niños de familias de una sola figura parental se desempeñaron peor en los test cognitivos en comparación con los de similar SES pero con familias en las que estaban presentes ambas figuras. Así, estas familias se encuentran con más dificultades a la hora de proporcionar a sus hijos los recursos estimulares necesarios para el enriquecimiento de su desarrollo y tampoco tienen la posibilidad de dedicarles el tiempo apropiado para responder de forma adecuada a sus necesidades —responsividad o «responsivity»—. En relación al ambiente en el hogar se encontró que ciertos campos de esta variable mediaron la relación entre el SES familiar y el control inhibitorio del niño y la memoria de trabajo, pero no la flexibilidad cognitiva. Estos campos comprenden tanto las variables parentales (responsividad y compañía familiar) como los recursos materiales (enriquecimiento del desarrollo). 

Además se puede observar que los efectos de la desigualdad económica se extienden más allá de la infancia, de manera que se ha observado un mayor nivel de síntomas depresivos en adolescentes y jóvenes de hogares monoparentales y reconstituidos en comparación con otras estructuras familiares (Barret y Turner, 2005). De esta forma los resultados sacan a relucir la importancia de las variables psicosociales, parentales y los recursos materiales en relación al SES, las funciones ejecutivas y demás aspectos de la salud.

 

Transmisión intergeneracional. De la misma manera, estas experiencias en la infancia que mantienen efectos a largo plazo se han relacionado con las propias habilidades a la hora de criar a los hijos, siguiendo así un modelo de trasmisión intergeneracional o de ciclo de la pobreza. Assel et al. (2002) estudiaron las historias de crianza de las madres y su influencia sobre las habilidades de crianza propias y el comportamiento de sus hijos. Los resultados mostraron que las madres que evocaron más recuerdos de conductas punitivas y negligentes acerca de cómo fueron criadas informaron de mayores niveles de estrés emocional, lo que a su vez se asoció significativa y directamente con sus actuales habilidades de crianza, mostrándose más autoritarias y exhibiendo menores niveles de calidez y flexibilidad en las interacciones con sus hijos. Éstas también describieron a sus hijos con mayores problemas en las relaciones interpersonales y en procesos atencionales, especialmente si había nacido prematuramente, lo que suponía un mayor número de demandas de cuidado. Este estudio amplía el conocimiento sobre el rol de la salud mental y emocional de la madre para predecir los comportamientos de crianza y la conducta de los niños. 

Más aún, este mismo patrón de transmisión podían alcanzar a tres generaciones diferentes como recogen Hammen, Shih y Brennan (2004) al indicar que la depresión de la abuela se asoció con la depresión de la madre y a su propio contexto de vida estresante; asimismo, la depresión de la abuela y la de la madre se vincularon a la depresión del adolescente. El modelo indica que la depresión materna constituye un importante factor de riesgo para los hijos y que su influencia opera a través de los mecanismos de estrés crónico y calidad de la crianza —que es percibida por el menor como negativa—. La exposición a dificultades interpersonales y de crianza de la madre predice la depresión en el adolescente y afectan a su competencia social. 

 

Capacidades autorregulatorias y comportamientos de riesgo en la adolescencia

Como se ha visto hasta el momento el SES ejerce su influencia sobre el desarrollo afectivo, cognitivo y social de los niños en general y sobre las capacidades autorregulatorias en particular, a través del papel modulador del estrés asociado a la falta de recursos económicos familiares y del tipo de prácticas de crianza, así como de las interrelaciones entre tales factores.

Una peor autorregulación en los niños y adolescentes puede traducirse en una serie de comportamientos de riesgo como pueden ser el consumo y adicción a diferentes tipos de drogas, o la manifestación de conductas disruptivas, violentas, antisociales y delictivas. 

En relación al primero de los aspectos, el consumo o abuso de sustancias psicoactivas, los jóvenes con un SES inferior —definido objetiva (educación de los padres) y subjetivamente (estatus social del menor en la escuela) — presentaron un mayor riesgo de consumo de tabaco. Un alto nivel de estrés percibido se relacionó también con una mayor vulnerabilidad tanto de inicio temprano como de consumo actual. Además, cabe destacar que la asociación sería más significativa con la medida subjetiva que con la objetiva. Como se ha indicado, las percepciones que tienen los adolescentes sobre sí mismos en ocasiones son mejores predictoras (Goodman et al., 2005; Finkelstein et al., 2007). Por otro lado, y como era de esperar, un estatus social escolar subjetivo más alto actuaría como protector frente al consumo, lo que enfatiza el valor de esta medida en las conductas saludables en tanto que puede que se encuentre mediado por la participación en actividades e instituciones que son apreciadas por los pares —p. ej., equipos deportivos, voluntariado— y que, a la vez, disuaden de dicho consumo (Finkelstein, Kubzansky y Goodman, 2006).

También existen evidencias de que factores como el estrés, la pobreza y las habilidades de crianza parentales durante la niñez están relacionados con el consumo de tabaco en la adolescencia. Por ejemplo en Lee, McClernon, Kollins, Prybol y Fuemmeler (2013) se encontró que el estrés económico en la temprana infancia puede incrementar el riesgo del consumo habitual de tabaco en los jóvenes adultos, relación que estuvo mediada parcialmente por el autocontrol, es decir, a mayor exposición a la pobreza mayor predisposición al consumo habitual, predisposición que se atribuyó a un peor autocontrol durante la adolescencia. Los jóvenes con un pobre autocontrol son más propensos a exhibir impulsividad y comportamientos de búsqueda de sensaciones y, por tanto, pueden encontrar un mayor reforzamiento en el consumo de sustancias. En cuanto a la variable de las habilidades de crianza de los padres, se observó su relación con el autocontrol, sugiriendo que unas positivas habilidades de crianza pueden reducir el riesgo del consumo de sustancias al facilitar el autocontrol en los adolescentes. Por el contrario, unas habilidades de crianza negativas y un modelado parental inadecuado pueden llevar a los adolescentes de menor SES a ser más propensos a este consumo que los de mayor SES (Hanson y Chen, 2007). Por tanto se puede establecer con cierto fundamento que los jóvenes de SES bajo se encuentran en un mayor riesgo de ser consumidores de tabaco, siendo en este caso la autorregulación o el autocontrol la variable mediadora de la relación entre ambas.

Otra cuestión interesante en el trabajo de Lee et al. (2013) es que las positivas habilidades de crianza durante la adolescencia fueron independientes del estrés económico durante la infancia. Como se ha indicado hasta ahora, son muchos los estudios en los que se ha encontrado que unas habilidades de crianza deficientes podrían ser consecuencia del estrés económico. En este caso la ausencia de relación puede deberse a que utilizaran diferentes dimensiones de las habilidades de crianza y por tanto los resultados deban observarse solamente desde la perspectiva del modelo utilizado.

En cuanto a la relación de una peor autorregulación con conductas disruptivas, violentas, antisociales, delictivas o predelictivas se han encontrado resultados bastante interesantes. Por un lado, en esta revisión se parte de la posición en la que el SES influye en las prácticas de crianza de los padres —a través del efecto del estrés— y esto, a su vez, influye en el desarrollo de la autorregulación de los niños. Desde esta base, se postularía que unas peores habilidades de autorregulación en los niños y adolescentes aumentan la probabilidad de que se vean involucrados con mayor frecuencia en actividades delictivas o predelictivas que aquellos con unos niveles de autorregulación mayores y que los factores familiares serían de alguna manera mediadores de estas relaciones. 

Sin embargo, desde una parte de la literatura se sugiere que la mayoría de características de la familia sólo se relacionan modestamente con la probabilidad de una conducta antisocial. Si el constructo familiar es importante en el desarrollo del comportamiento antisocial, entonces es necesario considerar que, por sí mismo, la mayoría de factores familiares no incrementan la probabilidad de tener un comportamiento antisocial, sino que se requiere de la presencia de otras condiciones para producirlo (Derzon, 2010; Petrosino, Derzon y Lavenberg, 2009).

En este contexto se recoge la posibilidad de que un factor juegue tanto un rol protector como de riesgo en el desarrollo de características inadaptadas. Así, Derzon (2010) pone como ejemplo la falta de calidez por parte del cuidador principal que puede, en sí mismo, incrementar modestamente la probabilidad de la conducta antisocial en jóvenes. Sin embargo, en presencia de otro factor de riesgo (abuso de drogas, bajo control de impulsos, pertenecer a una banda, etc.) la relación de calidez entre el cuidador y el niño reduciría la influencia de estos factores, mientras que su ausencia puede amplificar significativamente su impacto. A modo de conclusión el autor afirma que los factores de protección familiar sólo muestran su «verdadero valor» bajo condiciones de adversidad, por tanto, el valor aislado de los mismos al predecir el comportamiento antisocial se minimiza.

Por el contrario, otros autores como Tuvblad, Grann y Lichtenstein (2006) sí recogen la existencia de una correlación significativa entre las características familiares —el ambiente compartido y el estatus ocupacional de los padres— y el comportamiento antisocial en los hijos varones. Además, sus resultados mostraron que el ambiente familiar es más importante en áreas con un menor SES y con un bajo nivel de disposición a intervenir para prevenir actos ilegales, lo que incrementaría las posibilidades de que el menor se vea envuelto en tales comportamientos antisociales. Mientras que en áreas socioeconómicas más aventajadas se pueden encontrar otros factores que compensan unas pobres habilidades de crianza —sistema de valores morales y sociales de la comunidad, influencia del grupo de pares y de la institución escolar, etc.—, en áreas más deprimidas estos factores no es que no existan, sino que por el contrario, son los que pueden llegar a propiciar un incremento de las conductas antisociales. 

Asimismo Ross (2008) quien trabajó con una muestra formada por delincuentes a los que aplicó un cuestionario que proporcionaba información sobre experiencias individuales de autorregulación, autocontrol, inhibición y evitación voluntaria en situaciones amenazadoras o de frustración, observó, en primer lugar, que los delincuentes violentos mostraron más déficits en autorregulación y autocontrol que los delincuentes no violentos. Cuando se les comparó con el grupo de control, los delincuentes informaron, por un lado, de más problemas de autorregulación de su mundo interno y, por otro, de mayores niveles de inhibición voluntaria y evitación voluntaria a la hora de enfrentarse a situaciones aversivas o que ofrecían un reto para ellos. Otro dato interesante que ofrece este estudio es el que se obtuvo con una sub-muestra de delincuentes sexuales cuando se compararon sus estrategias de autorregulación con las de otros individuos que no eran delincuentes sexuales, pues los primeros presentaban más dificultades para adaptar su estado de ánimo en situaciones estresantes y también para aplicar de forma adecuada estrategias de relajación; asimismo, reconocían una menor autorregulación emocional y puntuaron más alto en rasgos de personalidad dependientes que los delincuentes no sexuales.

Estos resultados inciden en el valor predictivo de las habilidades de autorregulación deficientes en la manifestación de la conducta antisocial y delincuente. Por tanto, la autorregulación pasa de ser considerada una variable dependiente a poseer una gran influencia como factor de riesgo a la hora de abordar la delincuencia, y en concreto la delincuencia juvenil.

 

La comunidad como contexto de riesgo para el desarrollo de conductas antisociales en los adolescentes

Siguiendo la teoría de la localización geográfica de la pobreza se puede establecer que la pobreza —en términos absolutos y relativos— es más intensa en unas áreas que en otras. Las condiciones generadoras de pobreza o las consecuencias de ésta —inadecuados servicios sociales, falta de recursos materiales, exclusión, criminalidad, etc.— producen a su vez más pobreza, mientras que las áreas privilegiadas siguen creciendo económicamente al atraer más empresas y negocios, dejando a las zonas deprimidas sin posibilidad de competir por dichos recursos (Bradshaw, 2006). Además, esta concentración de pobreza en zonas concretas en muchas ocasiones se ve acompañada de otros factores de riesgo como la violencia. Es decir, en este tipo de contexto de escasos recursos económicos, el vecindario o la comunidad puede ser un factor de vulnerabilidad para el desarrollo de la autorregulación y, en consecuencia, para la involucración de los preadolescentes y adolescentes en actividades delictivas. Por tanto es pertinente establecer cuáles serán las variables que pueden ejercer efectos protectores y cuáles pueden incrementar el riesgo de que los jóvenes que crecen en este tipo de ambientes desarrollen conductas antisociales.

Rosario, Salzinger, Feldman y Ng-Mak (2003), en un trabajo llevado a cabo en el barrio neoyorkino del Bronx, un contexto en el que la presencia de la violencia en la comunidad es bastante habitual, encontraron que el apoyo del cuidador principal fue un factor significativo en la protección frente a las conductas delictivas, especialmente para las chicas, moderando el impacto de la violencia en los menores. Si bien indicaron que la continuidad en los efectos protectores de este factor depende del cambio en el curso las relaciones parento-filiales y del grupo de pares, ya que lo más común es que los adolescentes, progresivamente, tiendan a ir alcanzando mayores grados de independencia y, por tanto, la influencia de los padres disminuya y aumente la del grupo de iguales. En referencia al apoyo por parte de los pares los resultados apuntan tanto a efectos beneficiosos como de riesgo respecto a la aparición de la conducta delincuente, puesto que permite hacer frente de forma efectiva a la experiencia de haber presenciado actos violentos en la comunidad, pero puede hacer también que tanto chicos como chicas respondan a esta violencia de manera antisocial. Además de la influencia de los apoyos sociales se tuvieron en cuenta las estrategias de afrontamiento individual frente a la violencia en la comunidad y su relación con conductas antisociales. Los resultados mostraron que el «afrontamiento de confrontación» —resolver las situaciones violentas de forma directa— incrementó el riesgo de conductas delictivas tanto en chicas como en chicos. Esto se podría traducir como combatir la violencia con más violencia y, por tanto, los autores resaltan que esta estrategia sería la que más se relacionaría con la involucración en conductas delictivas. 

En la misma línea de estudiar las características individuales en el afrontamiento y la autorregulación en los adolescentes, en el trabajo de Kliewer et al. (2006) se exponen las estrategias que los padres sugirieron a sus hijos para hacer frente a la violencia comunitaria. Uno de los datos más destacables es que las «estrategias agresivas» fueron propuestas por un 11% de los cuidadores, lo cual no sería sorprendente debido a los retos asociados a vivir en una comunidad violenta y la comprensión de que un comportamiento agresivo puede ser adaptativo en este contexto. Por el contrario, recogen que otros padres se quedaron paralizados cuando sus hijos afirmaron que utilizarían la agresividad para enfrentarse a los estresores ambientales. Sin embargo, los autores explicaban que los jóvenes que eran más propensos a tratar sus problemas con comportamientos agresivos tendía a ser porque (1) tenían el beneplácito de los cuidadores, porque (2) sus propios cuidadores presentaban esos comportamientos impulsivos—modelado— o porque (3) los cuidadores no mantenían una relación positiva con los hijos. Por otro lado, el afrontamiento centrado en el problema estuvo relacionado con un descenso de conductas internalizantes y un incremento de la autoestima, aunque también se relacionó con menos habilidades sociales y un aumento de conductas externalizantes. Este patrón de resultados tiene sentido cuando los intentos de solucionar los problemas de forma directa resultan infructuosos; de esta forma, pueden llegar a enfadarse o frustrarse, lo que deriva en un incremento de comportamientos agresivos, delictivos, con un manejo deficiente de las relaciones interpersonales. 

Además de la violencia, la escasez de los recursos comunitarios del vecindario predice una mayor cantidad de problemas sociales. Estas desventajas afectan, pues, no sólo a la delincuencia y al crimen, sino que contribuyen al desarrollo de dificultades en otros terrenos como puede ser el estado psicológico de los individuos: menores niveles de educación y mayores niveles de pobreza en el contexto inmediato sumados a un alto grado de cambio de domicilio resultan tóxicos para la salud mental de las familias de escasos recursos económicos (Santiago, Wadsworth y Stump, 2011). 

Si el tipo de vecindario o comunidad en el que se crece influye en el futuro desarrollo de los niños y adolescentes, cuando los menores viven en comunidades caracterizadas por la pobreza y la violencia es imprescindible centrar la atención en el papel protector y preventivo que ejercerían tanto la familia como el grupo de pares, siendo la relación entre padres e hijos la más relevante. Si a pesar de la desventaja socioeconómica, la familia es capaz de responder a las necesidades afectivas, psicológicas y sociales de sus hijos, de utilizar en el día a día de su relación unas habilidades de crianza positivas y de proporcionar unos modelos adecuados para afrontar los estresores derivados de su situación, los efectos negativos del contexto social pueden minimizarse.

 

Conclusiones

En primer lugar se ha podido observar la importancia que, de cara al ajuste psicosocial del menor y a la prevención de comportamientos pre o delincuenciales, tiene el óptimo desarrollo de las habilidades autorregulatorias dentro del marco explicativo de las funciones ejecutivas en las etapas de la infancia y la adolescencia, habilidades que emergen y evolucionan a raíz de la interrelación de los factores individuales con el contexto inmediato —relación genes-ambiente—. 

Se podría llegar a pensar que la autorregulación, especialmente en su vinculación con el temperamento, podría venir definida por las características individuales de corte biológico y que, por tanto, tendría un carácter definitivo. Sin embargo, esta perspectiva se ha quedado totalmente obsoleta. Las evidencias empíricas muestran que tales predisposiciones genéticas pueden variar en sus manifestaciones dependiendo de los contextos de desarrollo vía mecanismos epigenéticos.

En el caso concreto de la autorregulación se han identificado varios factores ambientales explicativos distinguiéndose entre los microsistémicos —la familia— y los mesosistémicos —vecindario o comunidad—. En esa línea, la familia no representa un núcleo aislado de influencia sino que sus características también se establecen a partir de sus interacciones bidireccionales y recíprocas con el entorno. Entre las variables mediadoras de la relación entre estos niveles ecológicos se encuentra la del SES. 

El objetivo principal del trabajo era identificar qué factores intervienen en el proceso de desarrollo de la autorregulación en contextos de riesgo de pobreza y cómo se relacionan entre sí. Así, las dos variables principales quedan establecidas: autorregulación y pobreza/exclusión —operacionalizada como SES—. 

Ahora bien, la situación de pobreza o exclusión social no influye de forma directa sobre el desarrollo de la autorregulación del niño sino que lo hace a través de otra variable mediadora, la familia. 

El hecho de presentar un SES bajo actúa sobre la familia produciendo en los padres grandes niveles de estrés crónico derivados de la exposición continuada a factores negativos como la falta de recursos económicos, de apoyo social, situaciones de desempleo o precariedad laboral, etc. Así, el estrés afecta a los niños y adolescentes tanto de forma directa como indirecta:

Directamente, influyendo en su neurodesarrollo y llegando a alterar la propia expresión génica o los patrones de conectividad en las áreas cerebrales que se encuentran implicadas en las respuestas fisiológicas al estrés, perjudicando gravemente los sistemas neurales que sustenta las habilidades de autorregulación. De esta forma, la exposición al estrés crónico en etapas muy tempranas puede llevar a los menores a desarrollar sentimientos de desesperación e indefensión —debido a la incapacidad para hacerles frente de forma efectiva—, problemas de autorregulación —tanto emocional como conductual— además de pronosticar altas tasas de problemas de salud en el futuro. 

Indirectamente, a través de su efecto en las figuras paternas. Un SES bajo y altos niveles de estrés crónico afectan a la calidad de las habilidades de crianza, al tipo de estilo educativo que ejercen con sus hijos y en general al ambiente en el hogar. 

En este punto la familia se convierte, a la vez, en un factor de protección y de riesgo. Se ha comprobado que unas habilidades de crianza positivas —ser sensible a las demandas y necesidades de los hijos, la calidez, el empleo de estrategias autónomas de regulación y el ejercicio de un estilo educativo consistente— favorecen el buen desarrollo de las habilidades autorregulatorias —menor riesgo de problemas conductuales (externalizantes) y del estado de ánimo (internalizantes)—, el uso de estrategias de autorregulación más autónomas e independientes y propician el desarrollo de unas óptimas habilidades de interacción y competencia social.

En cambio, unas habilidades de crianza negativas —la poca sensibilidad a las demandas y necesidades de los niños, unos bajos niveles de calidez, el empleo de estrategias dependientes de regulación y el ejercicio de estilos educativos inconsistentes, negligentes o punitivos— comprometerían gravemente las habilidades autorregulatorias de los hijos —mayor riesgo de problemas conductuales y del estado de ánimo—, propiciarían estrategias autorregulatorias dependientes y pasivas, generarían mayores niveles de negatividad e interferirían en el funcionamiento social del niño.

En cuanto a la variable familia es necesario tener en cuenta también el factor de la monoparentalidad que, en contextos de riesgo de pobreza, suma la falta de recursos económicos con la carencia de disponibilidad del cuidador principal lo que en conjunto puede afectar al desarrollo integral del menor y, por tanto, a su capacidad de autorregulación. 

Otra característica que tienen en común estas variables —estatus socioeconómico, estrés, habilidades de crianza y estilos educativos— es su transmisión intergeneracional. Se trata de procesos circulares en las que dichas condiciones pasarían de generación en generación perpetuando de esta forma situaciones de pobreza y estrés crónico que deriva en una falta de recursos —tanto materiales como psicológicos y emocionales—, favoreciendo el uso por parte de los cuidadores de unas ineficaces habilidades de crianza y unos estilos educativos inadecuados, los cuales a su vez, lo transmitirían mediante el aprendizaje y el modelado. 

Los factores mencionados producen graves deterioros en las habilidades autorregulatorias y de autocontrol de los niños y adolescentes. El hecho de vivir en una familia caracterizada por un SES bajo, altos niveles de estrés, unos estilos de crianza inconsistentes e incluso negligentes y, además, tener problemas de autorregulación provoca que los menores no sean capaces de hacer frente de forma exitosa a la diversidad de estresores cotidianos ni de controlar efectivamente sus reacciones emocionales. Lo que puede llevar, en ocasiones, a que se vean involucrados en conductas de riesgo como puede ser el consumo de diversos tipos de drogas o la manifestación de conductas disruptivas, violentas, antisociales y delictivas. 

Por último, se hace imprescindible tener en cuenta el contexto social en el que el niño y la familia están inmersos. Las características de la comunidad o vecindario son otro factor que influye considerablemente en la aparición de la conducta delictiva. Al igual que la familia, la comunidad puede actuar como factor protector o de riesgo frente al comportamiento antisocial. Por tanto, para los menores, el habitar en zonas deprimidas —falta de recursos generalizada: económicos, formativos, sanitarios, laborales, etc. — y con altos índices de violencia; además del hecho de no contar con el apoyo de una familia capacitada para minimizar los efectos negativos de dicho contexto, aumentaría exponencialmente las probabilidades de verse inmerso en este tipo de conductas de riesgo. 

De este modo, las variables anteriores —de forma directa o mediacional— influyen en el desarrollo de la autorregulación y, en el peor de los escenarios, pueden llevar a los menores a la comisión de delitos. Será necesario identificar su potencial como factor de riesgo o protección lo que facilitaría la intervención por parte de los profesionales en tareas de prevención bien primaria, secundaria o terciaria. 

Los cambios producidos en el Estado de Bienestar, es decir, el traspaso de un gran número de los recursos del ámbito público hacia el sector privado sumado a la crisis económica que padece España desde hace varios años ha provocado que la pobreza y la exclusión social —factores que se reducían a zonas delimitadas de la geografía del país y a grupos concretos de personas— se hayan extendido a otros estratos de la sociedad. Esto ha provocado el empobrecimiento generalizado de las escalas más bajas de la pirámide social y ha puesto en situación de riesgo a un gran número de familias que hasta hace muy poco tiempo contaban con cierto grado de estabilidad económica.

La intervención política hace imprescindible la inversión en infancia y familia por parte de las instituciones públicas, proporcionando un mayor número de recursos con los que los profesionales podrían contar para trabajar en los distintos niveles: comunitario, familiar e individual. Además, tales políticas dirigidas a la infancia se convertirían en una estrategia social de prevención al estar reduciendo la situación de desventaja social y económica que sufre un gran número de menores en nuestro país, que ven comprometido su desarrollo físico, cognitivo, emocional y académico; y que transmitirán a la siguiente generación. 

 

Bibliografía

Anthony, L. G., Anthony, B. J., Glanville, D. N., Naiman, D. Q., Waanders, C. y Shaffer, S. (2005). The relationships between parenting stress, parenting behaviour and preschooler’s social competence and behaviour problems in the classroom. Infant and Child Development, 14(2), 133-54. 

Ardila, A., Rosselli, M., Matute, E. y Guajardo, S. (2005). The influence of the parent’s educational level on the development of executive functions. Developmental Neuropsychology, 28(1), 539-60. 

Assel, M. A., Landry, S. H., Swank, P. R., Steelman, L., Miller-Loncar, C. y Smith, K. E. (2002). How do mother’s childrearing histories, stress and parenting affect children’s behavioural outcomes? Child: Care, Health and Development, 28(5), 359-68. 

Ato, E., Carranza, J. A., González, C., Ato, M. y Galián, M. D. (2005). Relación de malestar y autorregulación emocional en la infancia. Psicothema, 17(3), 375-81.

Ato, E., González, C., Carranza, J. A. y Ato, M. (2004). Malestar y conductas de autorregulación ante la situación extraña en niños de 12 meses de edad. Psicothema, 16(1), 1-6. 

Barrett, A. E. y Turner, R. J. (2005). Family structure and mental health: The mediating effects of socioeconomic status, family process, and social stress. Journal of Health and Social Behavior, 46, 156-69. 

Belzunegui, A. y Brunet, I. (2012). Los lugares sociales de la pobreza. En A. Belzunegui (coord.). Socialización de la pobreza en España. Género, edad y trabajo en los riesgos frente a la pobreza (pp. 11-34). Barcelona: Icaria. 

Blair, C. y Raver, C. C. (2012). Child development in the context of adversity. Experiential canalization of brain and behavior. American Psychologist, 67(4), 309-18. 

Bradshaw, T. K. (2006). Theories of poverty and anti-poverty programs in community development. Working Paper Series, 06-05, 2-21.

Brunet, I., Belzunegui, A. y Valls, F. (2013). Pobreza y exclusión social de la juventud en España. Valencia: Tirant Humanidades. 

Buckner, J. C., Mezzacappa, E. y Beardslee, W. R. (2009). Self-Regulation and its relations to adaptive functioning in low income youths. American Journal of Orthopsychiatry, 79(1), 19-30. 

Carranza, J. A., Galián, M. D., Fuentes, L. J., González, C. y Estévez, A. F. (2001). Mecanismos atencionales y desarrollo de la autorregulación en la infancia. Anales de Psicología, 17(2), 275-86. 

Chen, J. J., Philipsen Hetzner, N. y Brooks-Gunn, J. (2014). Growing up in poverty in developed countries. En J. G. Bremner y Th. D. Wachs (coords.). The Wiley-Blackwell Handbook of Infant Development, 2ª ed. (pp. 769-93). Chichester (UK): Wiley Blackwell.

Conger, R. D., Conger, K. J. y Martin, M. J. (2010). Socioeconomic status, family processes, and individual development. Journal of Marriage and Family, 72, 685-704. 

Crnic, K. A., Gaze, C. y Hoffman, C. (2005). Cumulative parenting stress across the preschool period: Relations to maternal parenting and child behaviour at age 5. Infant and Child Development, 14, 117-32. 

Derzon, J. H. (2010). The correspondence of family features with problem, aggressive, criminal, and violent behavior: a meta-analysis. Journal of Experimental Criminology, 6(3), 263-92. 

EFE. (25 de octubre, 2014). Unicef asegura que la pobreza infantil ya existía en España antes de la crisis. eldiario.es.

Eisenberg, N., Zhou, Q., Losoya, S. H., Fabes, R. A., Shepard, S. A., Murphy, B. C., et al. (2003). The relations of parenting, effortful control, and ego control to children’s emotional expressivity. Child Development, 74(3), 875-95. 

Eisenberg, N., Zhou, Q., Spinrad, T. L., Valiente, C., Fabes, R. A. y Liew, J. (2005). Relations among positive parenting, children’s effortful control, and externalizing problems: A three-wave longitudinal study. Child Development, 76(5), 1055-71. 

EUROPA PRESS. (10 de junio, 2015). Más de la mitad de los niños andaluces está en riesgo de pobreza o exclusión social, según Unicef. eldiario.es. 

Evans, G. W., Gonnella, C., Marcynyszyn, L. A., Gentile, L. y Salpekar, N. (2005). The role of chaos in poverty and children’s socioemotional adjustment. Psychological Science, 16(7), 560-5.

Evans, G. W. y Kim P. (2007). Childhood poverty and health. Cumulative risk exposure and stress dysregulation. Psychological Science, 18(11), 953-7. 

Evans, G. W. y Schamberg, M. A. (2009). Childhood poverty, chronic stress, and adult working memory. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 106(16), 6545-9. 

Finkelstein, D. M., Kubzansky, L. D., Capitman, J. y Goodman, E. (2007) Socioeconomic differences in adolescent stress: The role of psychological resources. Journal of Adolescent Health, 40, 127-34.

Finkelstein, D. M., Kubzansky, L. D. y Goodman, E. (2006). Social status, stress, and adolescent smoking. Journal of Adolescent Health, 39, 678-85. 

Friedman, N. P., Miyake, A., Corley, R. P., Young, S. E., Defries, J. C. y Hewitt, J. K. (2006). Not all executive functions are related to intelligence. Psychological Science, 17(2), 172-9. 

Goodman, E., McEwen, B. S., Dolan, L. M., Schafer-Kalkhoff, T. y Adler, N. E. (2005). Social disadvantage and adolescent stress. Journal of Adolescent Health, 37, 484-92. 

Guajardo, N. R., Snyder, G. y Petersen, R. (2009). Relationships among parenting practices, parental stress, child behaviour, and children’s social cognitive development. Infant and Child Development, 18, 37-60. 

Hammen, C., Shih, J. H. y Brennan, P. A. (2004). Intergenerational transmission of depression: Test of an interpersonal stress model in a community sample. Journal of Consulting and Clinical Psychology, 72(3), 511-22. 

Hanson, M. D. y Chen, E. (2007). Socioeconomic status and health behaviors in adolescence: A review of the literature. Journal of Behavioral Medicine, 30(3), 263-85. 

Kliewer, W., Parrish, K. A., Taylor, K. W., Jackson, K., Walker, J. M. y Shivy, V. A. (2006). Socialization of coping with community violence: Influences of caregiver coaching, modeling, and family context. Child Development, 77(3), 605-23. 

Kochanska, G., Aksan, N. y Carlson, J. J. (2005). Temperament, relationships, and young children’s receptive cooperation with their parents. Developmental Psychology, 41(4), 648-60. 

Landis, D., Gaylord-Harden, N. K., Malinowski, S. L., Grant, K. E., Carleton, R. A. y Ford, R. E. (2007). Urban adolescent stress and hopelessness. Journal of Adolescence, 30, 1051-70. 

Lee, C. T., McClernon, F. J., Kollins, S. H., Prybol, K. y Fuemmeler, B. F. (2013). Childhood economic strains in predicting substance use in emerging adulthood: Mediation effects of youth self-control and parenting practices. Journal of Pediatric Psychology, 38(10), 1130-43. 

Lorenzo, F. J. (2012). Génesis de la pobreza y exclusión en la infancia: diferentes enfoques para abordar una misma realidad. En I. E. Lázaro y N. L. Mora. Pobreza y exclusión social de la infancia. Construcción de la equidad… desarrollo de la infancia (pp. 15-44). Madrid: Universidad Pontificia Comillas. 

Miyake, A., Friedman, N. P., Emerson, M. J., Witzki, A. H., Howerter, A. y Wager, T. D. (2000). The unity and diversity of executive functions and their contributions to complex «frontal lobe» tasks: a latent variable analysis. Cognitive Psychology, 41, 49-100. 

Navarro, I. (2015). Síndrome del cromosoma X frágil. En M. Arnedo, A. Montes, J. Bembibre y M. Triviño (coords.). Neuropsicología infantil. A través de casos clínicos (pp. 165-80). Madrid: Médica Panamericana. 

Pérez, E., Carboni, A y Capilla, A. (2012). Desarrollo anatómico y funcional de la corteza prefrontal. En J. Tirapu, A. García, M. Ríos y A. Ardila. Neuropsicología de la corteza prefrontal y las funciones ejecutivas (pp. 177-95). Barcelona: Viguera. 

Petrosino, A., Derzon, J. y Lavenberg, J. (2009). The role of the family in crime and delinquency: Evidence from prior quantitative reviews. Southwest Journal of Criminal Justice, 6(2), 108-32. 

Pinderhughes, E. E., Dodge, K. A., Zelli, A., Bates, J. E. y Pettit, G. S. (2000). Discipline responses: Influences of parent’s socioeconomic status, ethnicity, beliefs about parenting, stress, and cognitive-emotional processes. Journal of Family Psychology, 14(3), 380-400. 

Portellano, J. A. y García, J. (2014). Neuropsicología de la atención, las funciones ejecutivas y la memoria. Madrid: Editorial Síntesis. 

Schoon, I., Bynner, J., Joshi, H., Parsons, S. Wiggins, R. D., y Sacker, A. (2002). The influence of context, timing, and duration of risk experiences for the passage from childhood to midadulthood. Child Development, 73(5), 1486-504. 

Rosario, M., Salzinger, S., Feldman, R. S. y Ng-Mak, D. S. (2003). Community violence exposure and delinquent behaviors among youth: the moderating role of coping. Journal of Community Psychology, 31(5), 489-512. 

Ross, T. (2008). Current issues in self-regulation research and their significance for therapeutic intervention in offender groups. International Journal of Behavioral Consultation and Therapy, 4(1), 68-81. 

Santiago, C. D., Wadsworth, M. E. y Stump, J. (2011). Socioeconomic status, neighborhood disadvantage, and poverty-related stress: Prospective effects on psychological syndromes among diverse low-income families. Journal of Economic Psychology, 32, 218-30. 

Sarsour, K., Sheridan, M., Jutte, D., Nuru-Jeter, A., Hinshaw, S. y Boyce, W. T. (2011). Family socioeconomic status and child executive functions: The roles of language, home environment, and single parenthood. Journal of the International Neuropsychological Society, 17, 120-32. 

Tuvblad, C., Grann, M. y Lichtenstein, P. (2006). Heritability for adolescent antisocial behavior differs with socioeconomic status: gene-environment interaction. Journal of Child Psychology and Psyquiatry, 47(7), 734-43. 

UNICEF. (2014). La infancia en España 2014. El valor social de los niños: Hacia un Pacto de Estado por la Infancia. Madrid: UNICEF Comité Español.

Vicente, M. H. (2014). Perspectiva ecológica del desarrollo del control de impulsos. Variables individuales, familiares e influencias recíprocas. El Genio Maligno, 14, 1-42.

 

1

 Máster en Criminalidad e Intervención Social con menores. Universidad de Granada.

Contacto con la autora: elena_91_17@hotmail.com

 

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterEmail this to someonePrint this page

Comments are closed.